La Sagrada Familia, 28 de Diciembre del 2008.

Queridos hermanos y hermanas

Los días de navidad son de una gran alegría. Una alegría que nos gusta compartir con los más cercanos a nosotros, con los que componen nuestra familia. Por ello, la Iglesia en estos días nos propone una contemplación muy especial: la contemplación de la Sagrada Familia de Nazaret, la contemplación del hogar humano en que vino a nacer el Hijo Unigénito de Dios. El que es Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, quiso compartir la comunidad de vida que conlleva un hogar, quiso compartir las alegrías y las penas de la vida cotidiana.

Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana.

28 de Diciembre del 2008, La Sagrada Familia

Queridos hermanos y hermanas

Los días de navidad son de una gran alegría. Una alegría que nos gusta compartir con los más cercanos a nosotros, con los que componen nuestra familia. Por ello, la Iglesia en estos días nos propone una contemplación muy especial: la contemplación de la Sagrada Familia de Nazaret, la contemplación del hogar humano en que vino a nacer el Hijo Unigénito de Dios. El que es Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, quiso compartir la comunidad de vida que conlleva un hogar, quiso compartir las alegrías y las penas de la vida cotidiana.

El hogar en que el Hijo de Dios quiso nacer se nos presenta como un modelo para todos los hogares cristianos que a veces en un mundo tan confuso pueden encontrarse perdidos. ¿Cuáles serían las características centrales del hogar cristiano?

La primera de todas es el respeto. La lectura del libro del Eclesiástico, escrita muchos años antes del nacimiento de Jesús resume las relaciones familiares en la palabra honor, honra, que es sinónimo de respeto. Honra y respeta a tus padres, es una llamada que nos viene desde el Antiguo Testamento a nuestra sociedad que ha perdido el sentido de la dignidad que nos merece la generación anterior a nosotros y todo ser humano.

Cuando uno pierde el respeto al propio padre o a la propia madre por las fragilidades que en ellos descubre, acaba perdiendo el respeto a sí mismo, porque acaba negando la propia esencia, los valores que se nos entregaron con la vida. El mundo moderno nos dice sé tú mismo, pero no nos dice que no podemos ser nosotros mismos, sino desde la raíz que nos da origen que son nuestros padres. Por eso dice el Eclesiástico: “cuida de tu padre… aunque se debilite su razón, ten paciencia con él y no lo menosprecies”.

El segundo elemento del hogar cristiano nos es hermosamente descrito por San Pablo en su carta a los colosenses que es la segunda lectura del día de hoy. Dice el apóstol de las gentes: “Sobre todas las virtudes tengan amor, que es el vínculo de la perfecta unión”. La raíz de toda la familia está en el amor, es el amor lo que le da origen, es el amor lo que hace que un hombre y una mujer se comprometan en el matrimonio para toda la vida, es el amor lo que les hace buscar prolongar su existencia en los hijos. Las familias actuales tienen necesidad de volver al amor que les dio origen, al amor que les hizo descubrirse uno al otro como personas únicas en medio de una multitud de hombres y mujeres.

La cultura moderna tiende a despersonalizarnos, a convertirnos en un número. La cultura moderna tiende a incluirnos a todos en una masa gris. Lo único que nos hace ser de nuevo nosotros mismos es el amar y el ser amados. El amor nos purifica del egoísmo que nos aísla y nos hace perder lo mejor de nosotros. El amor no ignora el mal que puede rodearnos, pero al mismo tiempo es más grande que ese mal.

Finalmente, el evangelio nos lleva a la raíz del amor y del respeto que se da en el hogar de Nazaret: A través del episodio de la presentación del niño en el templo y de la vida cotidiana de José y María con Jesús, nos describe cuál era la vida espiritual de la Sagrada Familia. El amor y el respeto son muy importantes, pero necesitan de una sólida relación con Dios en el corazón para vivirse con autenticidad.

José y María vivían con sencillez su relación con Dios en una doble dimensión: por un lado frecuentaban el templo del Señor y por otro vivían la vida espiritual en las cosas sencillas de cada día. En el hogar de Nazaret no había nada extraordinario, como ángeles revoloteando o voces misteriosas, en el hogar de Nazaret se vivía el amor y el respeto en la presencia de Dios. José fue un hombre fervoroso que hacia de la oración el alimento de los valores que vivía en su jornada diaria. María fue una mujer judía de honda espiritualidad que llenaba todas las cosas del hogar de la fe en el Dios de Israel. De estos dos ríos espirituales, se nutría el corazón humano de Jesús, que como nos dice el evangelio, crecía y se fortalecía, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él.

Esta es la esencia de la familia cristiana: que los esposos ofrezcan a los hijos un espacio para crecer y hacerse fuertes, para llenarse de sabiduría y de gracia de Dios. Estos rasgos son cuatro puntos cardinales de la educación en la familia cristiana. Crecer significa no dejar que los hijos sean mediocres, sino que, con prudencia, vayan dando lo mejor de sí en el hogar, la escuela, el trabajo, las virtudes y valores humanos. Cada hijo será diferente en su crecimiento, pero a todos tenemos que animarlos para que den el ciento por ciento. En segundo lugar, fortalecerse es estar listo para las pruebas que la vida depara a cada ser humano: fortalecer la voluntad, para que no sea débil ante el mal, y siempre busque el bien; fortalecer la psicología para que resista al miedo, al resentimiento o la adicción; fortalecer la afectividad para que sea firme ante las tentaciones del falso amor que hoy se proponen a nuestros jóvenes a través de una excesiva promiscuidad y una sexualidad desbordante. En tercer lugar, llenarse de sabiduría, significa inculcar en la casa los principios fundamentales que tienen que regir la vida: la honestidad, la laboriosidad, la justicia, la rectitud de la conciencia, entre otros. En cuarto lugar, llenarse de la gracia de Dios, es decir, enseñar a los hijos a tener una relación con Dios basada en la amistad del trato personal, por medio de la oración y de la eucaristía, una relación que, poco a poco, va conociendo la palabra del Señor en la Sagrada Escritura, una relación, que permite descubrir el camino concreto para cada jornada y para toda la vida que el Señor propone en lo íntimo del corazón.

Recientemente nos ha tocado conocer lastimosos sucesos que cortan vidas humanas, así como anuncios que nos hablan de una crisis que afectará a muchas personas. No siempre está en manos de cada uno de nosotros el solucionar los problemas, a veces angustiantes, de nuestra sociedad. Pero podemos hacer una mejor sociedad, haciendo mejores a nuestras familias, librando a nuestras familias del mal, alejando a nuestras familias de la tentación, enseñando desde el hogar la importancia de la rectitud frente a la corrupción, la importancia de la autenticidad frente a la hipocresía, la importancia de los valores del espíritu frente al consumismo y al ansia por tener más cosas. Dice la Escritura “quien honra a su padre encontrará alegría en sus hijos”, es decir, quien mantiene los valores familiares, será capaz de infundir valores en la generación posterior y la relación entre los seres humanos será una relación de alegría, una relación que llena de gozo el corazón.

Del 14 al 18 del próximo mes de enero, viviremos en México la experiencia del VI Encuentro Mundial de Familias, en el que seremos anfitriones de miles de familias que desde nuestra patria y desde todo el mundo, se reunirán en nuestra ciudad. Busquemos participar de modo activo, pero sobre todo, busquemos que nuestras familias generen una sociedad mejor en que no haya camino hacia la violencia, la delincuencia, el abuso de la mujer y de los niños, la corrupción, o la indiferencia a la hora de elegir entre el bien y el mal. Hagamos de nuestra familia una auténtica transmisora de valores humanos y cristianos para el bien de todos.

Que por intercesión de María de Guadalupe, Madre de Dios y Madre nuestra, el año nuevo que comienza el próximo día primero, sea para todos un año en el que construyamos respeto, construyamos amor y sobre todo construyamos un corazón lleno de Dios en cada uno de nuestros hogares.

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