Mensaje de Navidad, 21 de Diciembre del 2008.

Amados hermanos y hermanas:

Hace más de dos mil años, el Verbo de Dios se hizo carne en el seno purísimo de la Virgen María, para la salvación de la humanidad; como anuncia el profeta Isaías: “El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una gran luz y los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció...” (Is 9, 1ss). Esa luz es Jesús, el hijo del Padre, engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo, disipando las tinieblas del pecado y de la muerte, derramando en el mundo abundantes dones celestiales.

MENSAJE DE NAVIDAD DEL SR. CARD. DN. NORBERTO RIVERA CARRERA Y SUS OBISPOS AUXILIARES,
“HACIA EL VI ENCUENTRO MUNDIAL DE La Familia” PRINCIPE DE JUSTICIA Y DE PAZ “PAZ SIN FIN...” (Zac 9, 9).

21 de Diciembre del 2008, Mensaje de Navidad

Amados hermanos y hermanas:

Hace más de dos mil años, el Verbo de Dios se hizo carne en el seno purísimo de la Virgen María, para la salvación de la humanidad; como anuncia el profeta Isaías: “El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una gran luz y los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció...” (Is 9, 1ss). Esa luz es Jesús, el hijo del Padre, engendrado por obra y gracia del Espíritu Santo, disipando las tinieblas del pecado y de la muerte, derramando en el mundo abundantes dones celestiales.

En este tiempo especial de gracia que el Señor nos regala, estamos celebrando el año dedicado a San Pablo el apóstol de los gentiles, un año jubilar que ha sido bendecido por el Sínodo de los Obispos realizado en el mes de octubre pasado en Roma, y ya en las cercanías de celebrar el VI Encuentro Mundial de las Familias en el mes de Enero del 2009; unidos a la Misión Continental, la Palabra de Dios continúa encarnándose en cada uno para actualizar sus proyectos de salvación.

Hoy más que nunca surge de lo más profundo de nuestro ser, el grito de auxilio implorando la paz. Cuando se lucha por la defensa de la vida desde la fecundación hasta la muerte natural, cuando se defienden los valores y derechos de la persona, cuando se busca un justo equilibrio entre ciencia y fe, cuando nos preguntamos ¿Por qué tanta violencia, odios, muerte y destrucción? ¿Por qué se infiltra la corrupción a precio de dinero manchado con sangre, producto de vidas inocentes que son sacrificadas por mezquinos intereses, nefastas venganzas y ajustes de cuentas? Cuando nuestra sociedad está marcada por la violencia.

Nos preguntamos ¿Por qué esto, por qué aquello? ¿Es que se trata del drama de la humanidad caída en donde impera en todas partes la ley del más fuerte?

Ya en la esperanza mesiánica de Israel, el eco de los profetas resonaba con insistencia para cantar la paz y la justicia en la voz de aquel salvador que liberaría a su pueblo de la opresión y de la muerte. “Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, se le pone en el hombro el distintivo de rey y proclaman su nombre: Este es consejero admirable, héroe divino, Padre que no muere, príncipe de la Paz” (Is 9, 5). ¿Pero quién es ese niño denominado “Príncipe de la Paz” que infunde anhelos de esperanza?

Esta esperanza es, sin duda, la necesidad de vivir en concordia con Dios, con nosotros mismos, con toda la humanidad y con todas las criaturas del universo. Ansiamos la paz desde lo más profundo de nuestro ser; y para conseguirla, hay que buscar ante todo los caminos de Dios y no el de los hombres que, con frecuencia, se nos abren con mayor amplitud y nos conducen al sendero contrario o equivocado; la guerra, destrucción, rencor, envidias, venganzas, y lo que lleva a apartarse del camino recto. La paz es identificada como felicidad perfecta, el bienestar, el desenfreno, la salud física etc. Se confronta también con la justicia, pues la una no se concibe sin la otra ya que ambas son dones de Dios.

Qué hacer? ¿Hacia dónde dirigirnos? Es urgente comprometernos con el Señor de la justicia y de la paz, para poder conseguir lo que ahora nos parece como un sueño, y un día no muy lejano llegue a convertirse en una auténtica y gozosa realidad.

Isaías nos presenta una paz escatológica que llegará con el “Príncipe de la Paz” (Is, 9,6). Y ese príncipe será también para Zacarías (Zac 9, 6), quien nos dará “una paz sin fin” y abrirá un nuevo paraíso porque “él será la paz” (Miq 5,4) y ese príncipe de la paz conseguirá que las naciones se reconcilien y vivan en paz. Con ello la resistencia a construir la paz y a vivir la justicia es sin lugar a duda, consecuencia de los pecados de los hombres y de la mala voluntad de no querer rectificar a tiempo.

Así la esperanza a la que los profetas aluden se hace realidad en Jesús, Señor y Mesías. Él es quien nos libera del pecado y de la muerte, como nos dan a conocer los evangelios y las enseñanzas de San Pablo, contenidas en sus cartas. Un texto de Santiago nos lo confirma diciendo: “El fruto de la justicia se siembra en la paz por los que practican la paz” (Sant 3, 18) inspirado en aquel texto del profeta Isaías: “La obra de la justicia será la paz y fruto de la justicia será la tranquilidad y la seguridad para siempre” (Is 32, 17). Dios, por tanto nos exhorta a vivir la esperanza de la ya cercana liberación.

San Lucas presenta aquellas palabras de Jesús tan extrañas que se escuchan en el contexto de su misión: “Piensan que he venido a traer la paz en la tierra? No, sino la división” (Lc 12, 51) Con ello se nos indica que hay que luchar siempre contra esa paz engañosa para conseguir la justa. Es necesario entonces, reconocer que ese niño de Belén que nos ha nacido como “rey pacífico” y que será “príncipe de justicia y de paz” implantará plenamente la justicia y la paz en la humanidad entera cuando ésta reconozca su señorío universal. El recién nacido establecerá la paz definitiva basada en “la justicia divina” como fundamento de la paz, al suprimir todo pecado, origen de toda división. Como cantamos en este salmo: “La justicia marchará delante de Él y la paz en la huella de sus pasos” (Sal 85, 14).En este ambiente, hermanos y hermanas, mis Obispos Auxiliares y su servidor, queremos felicitarlos con motivo de la Navidad de Nuestro Señor Jesucristo y del Nuevo año 2009, y elevando juntos a Dios nuestra súplica pidámosle que ayude a nuestra nación a que cese la violencia desatada por el crimen organizado, transforme los corazonesde piedra en corazones de carne, y nos ilumine a todos para que podamos construir la tan ansiada paz, cimentada en la justicia y solidaridad.

Que Sta. María de Guadalupe, la Señora de la esperanza, la misionera incansable del Señor, quien hizo de San Juan Diego, el portavoz de su Hijo Jesucristo; nos aliente para que lo sigamos anunciando en la Navidad sin fin, como los nuevos Juan Diego, cultivando las rosas celestiales donde pueda florecer su Hijo el Emmanuel. !Muchas Felicidades!

Norberto Card. Rivera Carrera

Arzobispo Primado de México

Carlos Briseño Arch

Obispo Auxiliar de México

Felipe Tejeda García

Obispo Auxiliar de México

Antonio Ortega Franco

Obispo Auxiliar de México

Francisco Clavel Gil

Obispo Auxiliar de México

Jonás Guerrero Corona

Obispo Auxiliar de México

Víctor Sánchez Espinosa

Obispo Auxiliar de México

Florencio Armando Colin Cruz

Obispo Electo

Back to top