San Juan Diego, 9 de Diciembre del 2008.

En este día que celebramos la fiesta de nuestro amado hermano san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, es una gran alegría presidir esta Eucaristía en este lugar, ya que estamos colocados precisamente a un lado de donde se le construyó a este humilde macehual una pequeña choza para que pudiera atender a la ermita que se erigió aquí en el llano del Tepeyac, como lo pidió nuestra Madre, Santa María de Guadalupe.

Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera,
Arzobispo Primado de México, en la Fiesta de San Juan Diego.

9 de Diciembre del 2008, San Juan Diego

En este día que celebramos la fiesta de nuestro amado hermano san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, es una gran alegría presidir esta Eucaristía en este lugar, ya que estamos colocados precisamente a un lado de donde se le construyó a este humilde macehual una pequeña choza para que pudiera atender a la ermita que se erigió aquí en el llano del Tepeyac, como lo pidió nuestra Madre, Santa María de Guadalupe.

San Juan Diego un hombre laico, el primer indígena canonizado de nuestro Continente Americano, en su vida ejerció una de las más importantes virtudes: la humildad. El día de hoy, la Palabra de Dios nos habla de esta gran virtud que debe existir en cada corazón dispuesto a encontrarse con Dios.

En aquella mañana fría del sábado 9 de diciembre de 1531, Juan Diego caminaba cerca de este cerro del Tepeyac cuando escuchó cantos de hermosos pájaros y contempló la transformación de este cerro pedregoso, árido y salitroso en un maravilloso ambiente celestial, como lo describe el Nican Mopohua: “las piedras y rocas como que lanzaban rayos como de jades preciosos, como joyas relucían. Como resplandores del arco iris en la niebla reverberaba la tierra. Y los mezquites y los nopales y las demás variadas yerbitas que allí se suelen dar, parecían como plumajes de quetzal, como turquesas aparecía su follaje y su tronco, sus espinas, sus espinitas, relucían como el oro”. Los cantos maravillosos embellecían esta atmósfera divina, es por ello que el humilde indígena exclamó: “¿Por ventura soy digno, soy merecedor de lo que escucho? ¿Tal vez estoy sólo soñando? ¿Quizá solamente lo veo como entre sueños? ¿Dónde estoy? ¿Dónde me veo? ¿Acaso allá, donde dejaron dicho los ancianos, nuestros antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las flores, en la tierra del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento, acaso en la tierra celestial?” Efectivamente, Juan Diego estaba entrando en el paraíso. Por ello, el Papa Juan Pablo II determinó que la fiesta de san Juan Diego fuera precisamente en un día como hoy: 9 de diciembre, pues es cuando Juan Diego entró por primera vez a la gloria, ingresó al ámbito de lo divino, que siempre tendrá como fuente al mismo Señor Jesucristo, como nos lo enseña el Santo Padre Benedicto XVI cuando nos dice: “los santos son como un oasis en torno a los cuales surge la vida, en torno a los cuales vuelve algo del paraíso perdido. Y, en definitiva, es siempre Cristo mismo la fuente que se da en abundancia.”

San Juan Diego tuvo la gracia de tocar la gloria aún antes de morir, tuvo el privilegio de encontrarse con el Dios Creador del Universo, por medio de Santa María de Guadalupe; el alma de este macehual se encontraba preparada por la humildad, su vida tuvo sus momentos de contemplación y sus momentos de actividad, fue discípulo y misionero; siempre se manifestó como el hombre sincero, o como dijeran nuestros antepasados: “hombre de un solo rostro, un solo corazón”; como también lo señaló el documento llamado el Nican Motecpana, donde nos informa que Juan Diego, aparte de barrer el templo, profundizaba cada día en las cosas de Dios y era un verdadero modelo de santidad, pues: “Se postraba delante de la Señora del Cielo y la invocaba con fervor; frecuentemente se confesaba, comulgaba, ayunaba, hacía penitencia, se disciplinaba, se ceñía cilicio de malla y se escondía en la sombra para poder entregarse a solas a la oración y estar invocando a la Señora del Cielo.”

Dios Padre es quien atrae al humilde, es quine atrae a san Juan Diego para encontrarse con Él, por medio de la Virgen María, pues es el Padre celestial quien toma la iniciativa, y es junto con el Hijo que se nos hace partícipes del Espíritu Santo. Como dice el Papa Benedicto XVI: “El Hijo quiere implicar en su conocimiento de Hijo a todos los que el Padre quiere que participen de él: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado», dice Jesús […] Pero ¿a quién atrae el Padre? «No a los sabios y entendidos», nos dice el Señor, sino a la gente sencilla.”

Así que es Dios mismo, por medio de Santa María de Guadalupe, quien se encuentra con san Juan Diego y le encomienda una misión tan grande que rebasaba sus fuerzas, era imposible para él, pero no para Dios, para que se manifestara con nítida claridad que la misión no viene de los hombres sino del mismo Dios, quien viene a encontrase con todos sus hijos por medio de la humilde sierva de Nazaret, su Madre, Santa María de Guadalupe, quien ha depositado en san Juan Diego toda su confianza. María llegó al punto de rogarle al humilde laico que fuera su intercesor para que su deseo fuese cumplido, así le dijo: “«es necesario que tú, personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad»”; nada menos que la Madre del Dueño del cielo y de la tierra le pide a un laico humilde y sencillo que fuera su intercesor para que se tuviera esa casita sagrada en donde Ella nos entregaría al Salvador.

Es por esto que ha sido providencial que san Juan Diego haya sido canonizado en nuestro tiempo, pues es un modelo laico de santidad que nuestra Iglesia y nuestro mundo tanto necesitan hoy; nunca antes ha sido tan valorada la participación del laico dentro de la Iglesia como en nuestros días e incluso se ha expresado: “este es el tiempo de los laicos”; de hecho la Iglesia ruega “a todos los laicos que respondan con ánimo generoso y prontitud de corazón a la voz de Cristo, que en esta hora invita a todos con mayor insistencia”. Es un encuentro que se da en un corazón humilde y sencillo, que abre sus puertas a Dios y en donde Santa María de Guadalupe hace hogar, familia de Dios, “mucho quiero, mucho deseo, que aquí me levanten mi casita sagrada”; es un Acontecimiento maravilloso que por medio del indígena es para el mundo entero; por ello, la Virgen María ha elegido a un macehual y Ella le habla en su lengua náhuatl y estampa su bendita Imagen en su tilma indígena, para lanzar este mensaje a todos los seres humanos del orbe, de que el Amor quiere habitar entre nosotros y que de igual forma todos podamos ser capaces de construir la Cultura de la Vida desde el mismo corazón humilde de Dios.

Por ello, en la primera lectura del eclesiástico se nos exhorta a proceder siempre con humildad y así tener gracia ante Dios y ser iluminados por su sabiduría divina que trasciende la razón humana, y de esta manera no extraviar el camino. Pues Dios ha elegido a los sencillos y humildes. Y es tal el agrado de Dios para con los humildes que los hace ser su propio signo y testimonio; por ello exalta de júbilo el Señor y se dirige a su Padre con una inmensa alegría: “¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!” (Mt 11, 25); porque así es el Señor Jesucristo, como él mismo lo señala: “aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. (Mt 11, 29)

Hay que seguir siendo los “Juan Diegos” del Nuevo Mundo que proclamen, especialmente, con el testimonio de vida, que es el Señor, nuestro Dios el único Salvador, que su amor es tan grande que puede trasformar nuestra tristeza en inmensa alegría, que puede convertir los corazones de piedra en corazones que sepan amar, que puede transformar todo temor y miedo en una confianza y certeza a toda prueba; que puede trasformar nuestro mundo enfermo de injusticias y maldad en un mundo en donde se toque la gloria. Es éste nuestro Dios y Señor que es el Humilde por excelencia y que nos ama tanto que no dudó en entregar su propia vida en una cruz y desde ella exclamar a su Padre: “Perdónalos Señor, porque no saben lo que hacen”, es precisamente desde esta cruz que Jesucristo, el Humilde, se da en abundancia y nos entrega a su propia Madre. Y ahora la humilde doncella de Nazaret, nuestra Morenita, nuestra Señora de Guadalupe, ha venido a entregarnos a su propio Hijo, y en esta gran misión ha elegido como modelo de santidad e intercesor a este humilde macehual, san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, para que juntos vivamos en la plenitud del amor.

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