II domingo de Adviento, 7 de Diciembre del 2008.

Durante el adviento la liturgia nos va preparando para la doble venida del Señor: Primero nos prepara para celebrar la Navidad, la venida histórica de Jesús, que se hace presente y la renovamos litúrgicamente cada año; Segundo nos prepara para la venida definitiva del Señor que se realizará al final de los tiempos. El objetivo de este fuerte tiempo litúrgico es prepararnos para encontrarnos con Jesucristo vivo que continuamente viene a nuestra vida: viene en la Navidad, vendrá al final de los tiempos y está viniendo aquí y ahora pidiéndonos que lo aceptemos, que le demos posada, que pueda nacer en nosotros.

Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

7 de Diciembre del 2008, II domingo de Adviento

Durante el adviento la liturgia nos va preparando para la doble venida del Señor: Primero nos prepara para celebrar la Navidad, la venida histórica de Jesús, que se hace presente y la renovamos litúrgicamente cada año; Segundo nos prepara para la venida definitiva del Señor que se realizará al final de los tiempos. El objetivo de este fuerte tiempo litúrgico es prepararnos para encontrarnos con Jesucristo vivo que continuamente viene a nuestra vida: viene en la Navidad, vendrá al final de los tiempos y está viniendo aquí y ahora pidiéndonos que lo aceptemos, que le demos posada, que pueda nacer en nosotros.

En este segundo domingo de adviento, la liturgia nos presenta un trío impresionante de preparadores de la venida del Señor: Isaías, el gran profeta; Pedro, cabeza de la primera comunidad cristiana, y Juan el Bautista, "el mayor entre los nacidos de mujer". Todos ellos, de diversas maneras, nos invitan a la conversión para que podamos recibir a Cristo. Juan e Isaías nos gritan con fuerte voz: "Preparen el camino del Señor en el desierto, construyan en el desierto una calzada para nuestro Dios. Que todo valle se eleve, que todo monte y colina se rebajen; que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane: entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán". San Pedro refuerza esta idea afirmando que Dios "tiene mucha paciencia con nosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos nos convirtamos".

Esta conversión que se nos pide es un cambio de mentalidad y de vida, necesaria no sólo para los que consideramos grandes pecadores, sino más necesaria aún para los que creemos que andamos "más o menos bien". Renovar nuestra vida, rectificar el rumbo debe ser una tarea diaria y universal, como el respirar y alimentarse son una tarea necesaria a todos y siempre para poder vivir. Cuando decimos que estamos en el camino correcto, que no tenemos nada de que arrepentirnos, cuando nos instalamos en nuestras seguridades y no sentimos la necesidad de cambio y de rectificación es cuando vienen nuestros más profundos fracasos.

Isaías y el Bautista se nos presentan como "la voz que clama en el desierto", ya que el desierto en toda la Escritura es un símbolo sugestivo para el encuentro con Dios y para dirigirse a la tierra prometida. El desierto nos invita a pensar en lo esencial: el agua, el alimento y el camino. Los elementos fundamentales para la existencia. El adviento nos invita a recuperar lo substancial, lo esencial de nuestra fe. Nos invita al desierto para encontrarnos con Dios, nos invita a rectificar el camino para poder llegar así a nuestra plena realización. Todos tenemos mucho quehacer para que nuestros caminos se parezcan a los caminos de Dios, ya que hasta ahora el Señor nos puede decir: Mis caminos no son los caminos de ustedes.

El camino que nos puede conducir a encontrar lo esencial y fundamental de nuestra fe nos lo indica el Bautista: escuchar la Palabra de Dios, la conversión, el bautismo y conducta moral conforme al proyecto de Dios. De otra manera somos cañas dobladas por el viento o personas que nos dejamos llevar por los vientos que soplan y no creyentes edificados sobre la roca firme que es Cristo. San Pedro exclama en su carta de hoy: "piensen con cuánta santidad y entrega deben vivir ustedes esperando y apresurando el advenimiento del día del Señor... pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con él, sin mancha ni reproche... porque esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia". Programa de conversión que bien vale la pena meditar, porque es el camino concreto para recibir a Jesús, aquí y ahora, en esta Navidad y en el Juicio Final.

La meta que debemos alcanzar en este adviento no es el encuentro con un ser humano, por importante que éste sea, sino con Jesucristo el Hijo de Dios. Para esto necesitamos redescubrir la pureza de nuestra fe a fin de no hacernos un Dios adaptado a nuestro antojo, a nuestros sentimientos o a nuestro estado de ánimo, sino encontrarnos con el Dios que nos ha venido a revelar Jesucristo nacido en Belén. Maravilloso Jesús que, al mismo tiempo que es la Meta de nuestra vida, es "el Camino" para llegar a Dios, porque reúne en sí los dos extremos del itinerario: la humanidad y la divinidad. El Jesús que viene Niño en Navidad nos servirá de guía para llegar al Cristo que volverá con gloria.

Por decirlo de alguna manera, Jesús tuvo necesidad de que Juan el bautista preparara su llegada. Hoy en día Jesús sigue teniendo necesidad de precursores que preparen su encuentro con los hombres, su entrada a muchas realidades humanas. Para esto fuimos elegidos y consagrados nosotros los cristianos desde el día de nuestro bautismo y de nuestra confirmación. Jesús visitó y consagró a Juan desde que estaba en el seno de su madre Santa Isabel. La mayoría de nosotros, a los pocos días de nacidos, fuimos santificados y enviados para anunciar la Buena Nueva, para ser testigos y mensajeros de Cristo el Salvador. Tenemos que ser la voz que clama en el desierto, tenemos que preparar el camino del Señor.

Juan el bautista, el precursor por excelencia, nos ayudará a comprender cómo podemos ser precursores de Cristo. Hoy hemos escuchado que Juan comenzó a predicar diciendo: "Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca". Convertirse, significa originalmente cambio de espíritu y de corazón. Es dejar el camino equivocado y seguir un camino mejor: el de Aquél que dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Convertirse no puede consistir sólo en "dejar de portarse mal", sino en emprender una vida nueva. Convertirse implica un profundo cambio de mentalidad, en donde se dejan los criterios del mundo y se abrazan los criterios del evangelio. La conversión auténtica nos debe llevar a rechazar la injusticia, la violencia y el odio para implantar la justicia, la paz y la reconciliación.

Sin duda alguna, el momento mas feliz de Juan el bautista, fue cuando se encontró con el Maestro, cuando lo vio venir a su encuentro y pudo exclamar: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, este es de quien yo les he hablado". También para nosotros el momento más feliz debe ser el encuentro con Cristo que se hace presente en nuestra vida, cada vez que nos acercamos a su Palabra y a la Cena que nos ha preparado con su Cuerpo y con su Sangre, cada vez que podemos decir a los demás: "este es de quien yo les he hablado".

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