Solemnidad de la Inmaculada Concepción, 5 de Diciembre del 2008.

Un marco precioso para colocar esta solemnidad de la Inmaculada Concepción nos lo da el solemne himno de San Pablo en su carta a los Efesios. Con su cuidadoso vocabulario San Pablo nos describe: “la decisión del que lo hace todo según su voluntad”. Este proyecto maravilloso de la historia y de la humanidad que Dios ha diseñado se desarrolla a través de una trama bien articulada: “Él nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos, por el amor, y determinó, porque así lo quiso, que por medio de Jesucristo, fuéramos sus hijos, para que alabemos y glorifiquemos la gracia con que nos ha favorecido por medio de su Hijo amado”.

Homilía pronunciada  por el Cardenal Norberto Rivera,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana.

5 de Diciembre del 2008, Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Un marco precioso para colocar esta solemnidad de la Inmaculada Concepción nos lo da el solemne himno de San Pablo en su carta a los Efesios. Con su cuidadoso vocabulario San Pablo nos describe: “la decisión del que lo hace todo según su voluntad”. Este proyecto maravilloso de la historia y de la humanidad que Dios ha diseñado se desarrolla a través de una trama bien articulada: “Él nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos, por el amor, y determinó, porque así lo quiso, que por medio de Jesucristo, fuéramos sus hijos, para que alabemos y glorifiquemos la gracia con que nos ha favorecido por medio de su Hijo amado”.

Este proyecto que Dios quiso realizar en la historia y que Jesús llama en su Evangelio “Reino de Dios”, es descrito con colores más vivos, con símbolos más llamativos y con un lenguaje teológico diverso, desde la primera página de la Biblia. Una corriente viva de reflexión, de fe, de catequesis, llamada comúnmente Tradición Yavista, nos narra casi visiblemente “el plan” de Dios que el himno paulino ha cantado: un proyecto de armonías en las cuales Dios quiere comprometer a Adán, es decir al hombre de todos los tiempos y de toda la tierra; armonía entre el hombre y el mundo, en donde los animales dominados por Adán simbolizan la ciencia y la técnica de la civilización desarrolladas y controladas por el hombre; armonía del hombre con su semejante encarnado en la relación de amor matrimonial, prototipo de toda relación humana; armonía entre el hombre y “Dios que se pasea por el jardín a la hora de la brisa” para dialogar, como un soberano oriental, con su criatura más digna y más amada.

A este proyecto de armonía y de luz se opone lo que acabamos de escuchar parcialmente en el libro del Génesis: el hombre y la mujer quieren prescindir del mapa que Dios les ha trazado, quieren realizar un proyecto alternativo, como se dice hoy, y que dramáticamente llamamos “pecado original, radical, que penetra toda la realidad humana”. El panorama cambia totalmente, se rompen las armonías anunciadas; el hombre abandonado al destino que ha elegido se enajena en el trabajo sin atractivo y sufre la explotación y la opresión, la mujer se convierte de compañera y semejante sólo en objeto, y alejado del “jardín” del diálogo con Dios siente a éste como hostil y lejano.

En este contexto se coloca la celebración de María Inmaculada. Las palabras de la Anunciación son decisivas: “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”. A la Eva “madre de todos los viviente”, que con el Adán de todos los tiempos, había elegido un proyecto distinto al divino, le sustituye ahora una mujer nueva que decide entregarse totalmente al “beneplácito” de Dios. La autodefinición de María como “esclava” no es en el lenguaje bíblico una expresión de humildad, sino más bien, la alegre y solemne decisión de adherirse radicalmente, sin reservas ni reticencias, a su Señor. En el corazón de María están y se cruzan las dos grandes líneas de la Historia de la Salvación: la vertical de la gracia y de la elección en expresión de San Pablo, y la horizontal de la decisión, adhesión y donación total con que responde a la Anunciación de la Encarnación del Verbo Eterno. María la Madre del Mesías se convierte, como lo espera el Génesis, en el principio de esa descendencia, los “pobres de Yahvé”, que se opondrán al mal, adhiriéndose totalmente al proyecto divino de salvación. María, engendrando a Cristo, pone en nuestra tierra “la semilla” indestructible del bien, de la justicia y de la esperanza, semilla que enraizará y transformará a la humanidad entera.

La figura de María Inmaculada es signo luminoso de la totalidad del amor y de la entrega. La vocación que hemos recibido para anunciar y construir el Reino de Dios debe estar acompañada de esta “pureza de corazón” y de esta “sencillez” que consagra al amor, a la justicia, a la verdad, no solo el tiempo libre o los instantes de entusiasmo, sino la persona íntegra y completa. No podemos poner entre paréntesis horarios, espacios, realidades. No podemos concebir la vocación que hemos recibido como una profesión que ejercemos solo en determinadas condiciones y mucho menos esperando una paga o recompensa. Nuestro bautismo es como la nervadura que sostiene y alimenta nuestro ser y quehacer por el Reino, y el bautismo es inmersión total y definitiva en el misterio de Cristo y de la Iglesia.

La Inmaculada Concepción es también signo de la irrupción de Dios en el tejido humano. El mundo divino “en el cual no hay mutación ni cambio alguno”, penetra en el mundo frágil, contradictorio, limitado, del hombre. Dios, por decirlo de algún modo, saliendo de sí, busca al hombre para establecer con él amistad y familiaridad e invitarlo a realizar en común un proyecto de salvación. Dios y el hombre condividiendo la existencia y un mismo proyecto. Se revoluciona la teología del absoluto y de la inamobilidad de Dios y nace la teología de la comunión, de la cercanía y del diálogo. En María se nos presenta la posibilidad de que el hombre y el cosmos sean revestidos y exaltados en la presencia divina. Por María se hace posible la comunión que hoy podemos tener con el Verbo Encarnado, comiendo y bebiendo el cuerpo y la sangre del Señor. Inspirados en María Inmaculada podemos dar el “sí” sostenido hasta llegar a la cruz, con su ayuda podemos permanecer fieles ya que ella sabe comunicar el Espíritu de su Hijo, permaneciendo con ella, el poder del Altísimo nos cubrirá con su sombra, el Espíritu de Pentecostés en nosotros será una realidad.

Back to top