Todos los Fieles Difuntos, 2 de Noviembre del 2008.

No podemos ver la celebración de este día separada de la celebración de ayer. Ayer celebrábamos a Todos los Santos, es decir, celebrábamos a todos los hermanos que ya han llegado al término del camino, a los que, ya gloriosos, reinan con Cristo.

Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana.

2 de Noviembre del 2008, Todos los Fieles Difuntos

No podemos ver la celebración de este día separada de la celebración de ayer. Ayer celebrábamos a Todos los Santos, es decir, celebrábamos a todos los hermanos que ya han llegado al término del camino, a los que, ya gloriosos, reinan con Cristo.

Hoy conmemoramos a los hermanos difuntos: parientes, amigos, todos los cristianos de quienes la muerte nos ha separado. Pero esta separación la vemos a la luz de nuestra fe. Esta conmemoración es, pues, una fiesta muy eclesial, expresa en gran medida la unidad de la comunidad de Cristo: los que estamos luchando nos sentimos unidos en la alegría con los que lograron ya la palma del triunfo e intercedemos para que todos nuestros difuntos la alcancen.

Para el que no tiene fe la celebración de los fieles difuntos no tiene ningún sentido o a lo más tiene un sentido folklórico o de recuerdos del pasado. Para los cristianos esta fiesta tiene fuertes raíces en la resurrección de Cristo y nos lanza con esperanza al futuro. Desde los primeros siglos del cristianismo ha existido entre los seguidores de Jesús la piadosa costumbre de rezar al Padre misericordioso por los hermanos que se durmieron en el Señor. Los primeros cristianos bautizaron con el hombre de “dormitorio” a los cementerios y panteones, precisamente porque estaban convencidos que el sueño de la muerte no es el término de la existencia sino la entrada a la verdadera vida. Hermanos, hermanas: “No queremos que ignoren lo que pasa con los difuntos, para que no vivan tristes, como los que no tienen esperanza. Pues, si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que, a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con él, y así estaremos siempre con el Señor. Consuélense, pues, unos a otros, con estas palabras”.

Así queda claro que la convicción de los cristianos no se basa en palabras bonitas y consoladoras ni en mitos de mucho colorido, sino se funda en la muerte y resurrección de Jesús, que nos autoriza a esperar la misma suerte a todos los que somos miembros de su cuerpo, porque si Cristo nuestra cabeza ha resucitado, también nosotros, los que fuimos injertados en su cuerpo por el bautismo, resucitaremos con Él. Por esto, ante la realidad de la muerte no debemos esconder la cabeza como las avestruces, pensando que así va a desaparecer, tampoco debemos enfrentar la muerte llenos de temor y pesimismo, como los que no tienen fe, pensando que la sepultura es el final de todo.

El misterio de la muerte, ante el que esta celebración nos coloca, suscita en nosotros sentimientos de tristeza que son naturales, respetables y de los que no debemos avergonzarnos. La muerte causa una separación entre nosotros y las personas que amamos. Esta separación nos duele.

En el momento de su venida entre nosotros, Jesús tomó totalmente nuestra condición humana. No se sustrajo ni al dolor causado por la muerte de los seres queridos (Él lloró ante la tumba de su amigo Lázaro), ni a su propia muerte, que Él sabía que sería humillante y dolorosa y que, naturalmente, le repugnaba (“Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”).

A la muerte no la podemos considerar como un hecho aislado, sino como culminación de toda la vida. Por eso Jesús dice antes de morir: “Todo está cumplido”. Con qué serenidad y paz esperaríamos la muerte si nuestro alimento fuera “hacer la voluntad de Dios nuestro Padre”. El pensamiento de la muerte siempre será saludable si nos hace crecer humanamente, si nos alienta a vivir esta etapa de la vida en plenitud, si nos impulsa a cumplir con la vocación por la que estamos en este mundo.

Pero la misericordia de Dios es más grande que nuestra capacidad de cumplir su voluntad, por eso Jesús ante la muerte nos enseña a decir: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu”. Ante la llegada de la muerte violenta e injusta Jesús el inocente, y en plenitud de fuerzas, no reacciona con rebeldía, sino con una actitud de plena confianza en su Padre. Son muchos los pecados y miserias humanas que tenemos y que nos pueden llenar de miedo ante la muerte: Confiemos plenamente en la misericordia de Dios. Son muchos los motivos de rebeldía y desesperación que nos pueden invadir cuando la muerte se ha hecho presente en nuestra vida: confiemos plenamente en la sabiduría de Dios nuestro Padre. Son muchos los juicios que podríamos hacer de aquellos que han muerto: pongámoslos confiadamente en las manos del Padre que es rico en clemencia y lleno de misericordia.

Ante un acontecimiento tan trascendente y difícil como es la muerte, las dudas y cuestionamientos son saludables, por eso nos preguntamos: ¿Y si todo termina con la muerte? ¿Y si todo termina en el sepulcro? San Pablo nos diría a los que creemos en Cristo que somos los más infelices de los hombres si Cristo no resucitó. Por eso para nosotros el punto fundamental es la Resurrección de Cristo, porque si Cristo resucitó también nosotros resucitaremos con Él.

La fiesta de los fieles difuntos la celebramos con la Santa Misa y en el momento central decimos: “Este es el sacramento de nuestra fe” y todo el pueblo aclama: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven Señor Jesús”. De verdad este es el mensaje central del cristianismo: “hay vida después de la vida” y hay vida después de la vida porque Cristo resucitó, porque Él venció a la muerte, porque Él vino a darnos vida y vida en abundancia, porque Él es el agua viva que salta hasta la Vida Eterna. “Él es el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de ese pan vivirá para siempre. Y el pan que Él nos da es su carne, para que el mundo tenga vida”.

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