Año Nuevo, 31 de Diciembre del 2009

Las lecturas bíblicas que hemos escuchado evocan la celebración de temas muy variados: la bendición de Dios para el nuevo año que estamos por comenzar y la celebración de la "jornada de la paz", están insinuadas en la primera lectura en la famosa "bendición sacerdotal": "El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz". La solemnidad de María Madre de Dios que celebramos en este primer día del año está presentada en la segunda lectura: "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer"; y también en el Evangelio cuando San Lucas nos presenta a María como la que concibe en su seno, da a luz, presenta en el templo a Jesús y "guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón". La fiesta de la circuncisión y la imposición del nombre de Jesús nos la narra el evangelista: "Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el nombre de Jesús". 

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana


31 de Diciembre del 2009, Año Nuevo



Las lecturas bíblicas que hemos escuchado evocan la celebración de temas muy variados: la bendición de Dios para el nuevo año que estamos por comenzar y la celebración de la "jornada de la paz", están insinuadas en la primera lectura en la famosa "bendición sacerdotal": "El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz". La solemnidad de María Madre de Dios que celebramos en este primer día del año está presentada en la segunda lectura: "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer"; y también en el Evangelio cuando San Lucas nos presenta a María como la que concibe en su seno, da a luz, presenta en el templo a Jesús y "guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón". La fiesta de la circuncisión y la imposición del nombre de Jesús nos la narra el evangelista: "Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el nombre de Jesús".

Todos queremos estrenar el calendario con un deseo en los labios: "Feliz Año Nuevo". Y con un propósito que invada los más variados aspectos de nuestra vida: "Año nuevo, vida nueva". Está bien que la esperanza de felicidad y de renovación no se marchiten con el paso del tiempo. Pero si queremos que nuestras frases inaugurales no se queden en meras fórmulas trilladas o palabras que el viento pronto se lleva, aceptemos y construyamos la "vida nueva" que nos ha traído Cristo Jesús con su Navidad. En el cristianismo es esencial la novedad. Jesús es "el Hombre nuevo", contrapuesto al viejo Adán. Nos trae la Buena Nueva del Reino, nos ha traído el Evangelio, y nos ha promulgado con dichos y hechos un nuevo mandamiento: el amor. Dejemos que esa novedad del amor penetre en nuestros corazones, dejémonos amar por Dios que tanto nos ha amado que nos ha dado a su Hijo Único. Construyamos la civilización del amor ahí en el pequeño mundo donde Dios nos ha plantado.

Porque Dios es amor, porque Cristo me amó y se entregó por mí, lo podemos proclamar "príncipe de la Paz". El saludo habitual del resucitado es: "La paz sea con ustedes". Una paz que quiso se prolongara a toda la historia al desearnos poco antes de su muerte: "Mi paz les dejo, mi paz les doy. No como la da el mundo", basada en el temor y la amenaza, sino en la justicia y el respeto mutuo. La paz de Jesús es una paz que anida en el corazón humano y que por su dinámica se extiende a todas las relaciones entre los hombres. La Jornada Mundial de la Paz, promovida por el Santo Padre desde 1968. Ahora S.S. Benedicto XVI nos dice:

El tema que he elegido para esta XLIII Jornada Mundial de la Paz es: Si quieres promover la paz, protege la creación. El respeto a lo que ha sido creado tiene gran importancia, puesto que "la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios" [1], y su salvaguardia se ha hecho hoy esencial para la convivencia pacífica de la humanidad. En efecto, aunque es cierto que, a causa de la crueldad del hombre con el hombre, hay muchas amenazas a la paz y al auténtico desarrollo humano integral – guerras, conflictos internacionales y regionales, atentados terroristas y violaciones de los derechos humanos-, no son menos preocupantes los peligros causados por el descuido, e incluso por el abuso que se hace de la tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado. Por este motivo, es indispensable que la humanidad renueve y refuerce "esa alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos"[2].

La búsqueda de la paz por parte de todos los hombres de buena voluntad se verá facilitada sin duda por el reconocimiento común de la relación inseparable que existe entre Dios, los seres humanos y toda la creación. Los cristianos ofrecen su propia aportación, iluminados por la divina Revelación y siguiendo la Tradición de la Iglesia. Consideran el cosmos y sus maravillas a la luz de la obra creadora del Padre y de la redención de Cristo, que, con su muerte y resurrección, ha reconciliado con Dios "todos los seres: los del cielo y los de la tierra" (Col.1,20). Cristo, crucificado y resucitado, ha entregado a la humanidad su Espíritu santificador, que guía el camino de la historia, en espera del día en que, con la vuelta gloriosa del Señor, serán inaugurados "un cielo nuevo y una tierra nueva" (2 P.3,13, en los que habitarán por siempre la justicia y la paz. Por tanto, proteger el entorno natural para construir un mundo de paz es un deber de cada persona.

La fiesta que hoy celebramos, La Maternidad de María, es una de las fiestas más bellas y más profundas de María, aunque no sea la más conocida. Maternidad que no es sólo "divina", sino humana, porque Jesús es Dios y Hombre al mismo tiempo. Maternidad que evidentemente dice relación a Cristo, pero también dice relación a nosotros, ya que Cristo cabeza no puede estar separado de nosotros sus miembros, que somos la Iglesia. Esto no es sólo una reflexión piadosa o un bonito sentimiento, sino la expresión del más puro evangelio, pues bastó que el Concilio de Nicea, definiera que Jesús era "verdadero Dios" para que el Concilio de Éfeso declarara que María es "Madre de Dios", ya que María concibió a Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo, lo dio a luz y lo presentó en el templo.

Precisamente porque el Hijo de María es Hijo de Dios, podemos los hombres ser sus hijos adoptivos. Así nos lo ha enseñado hoy San Pablo, el nacimiento temporal del Hijo de Dios tuvo lugar "para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos". Si Jesús fuera solamente hombre, aún el hombre más relevante de la historia, los hombres no seríamos hijos de Dios, sino sólo criaturas suyas. Pero, "Ya que son ustedes hijos, Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abbá, es decir ¡Padre! Así que ya no eres siervo, sino hijo". Nobleza que nos eleva al rango divino y nos obliga a vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo, y si hermanos de Cristo también hijos de su Madre Santísima.

Nuestra celebración se cierra con broche de oro presentándonos a José y María que llevan a su hijo al templo para circuncidarlo e imponerle un nombre, el nombre de Jesús, "aquel mismo que había dicho el ángel, antes de que el niño fuera concebido. El nombre para el semita es la realidad misma de la persona que lo lleva. Jesús, significa y es "El Señor Salva". En esta circuncisión está el verdadero Salvador que conquista, con la alianza de su sangre, al pueblo y a la humanidad con quien se vincula por la sangre que está derramando ahora simbólicamente y después real y completamente en la cruz. "Tú lo llamarás Jesús: ya que Él salvará a su pueblo de sus pecados", dijo el ángel a José. Jesús es llevado al templo no para ser consagrado sino para consagrar, no para ser purificado sino para purificar, no para ser absorbido por la humanidad sino para divinizar la humanidad y así hacernos hijos y herederos. En la bendición sacerdotal que mencionábamos eran los sacerdotes los que tenían la función de bendecir. Ahora el que nos bendice y nos consagra plenamente para hacer de nosotros "un reino de sacerdotes y una nación santa", no es un sacerdote "que ofrece sacrificios por sus propios pecados", sino el Sacerdote perfecto, Cristo el Señor, que se ofrece a sí mismo para que nosotros tengamos vida nueva.

 

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