Fiesta de la Sagrada Familia, 27 de Diciembre del 2009

Navidad es un tiempo de alegría en la iglesia y en la sociedad. Un tiempo en que sentimos vibrar en nuestro corazón el gozo de volver a encontrarnos con nuestra familia, con nuestros padres, con nuestros hermanos, con los que amamos. Sin embargo también la navidad es un tiempo de nostalgia, de una cierta tristeza, por todos los que nos faltan, por los que este año ya no pudieron estar entre nosotros, por los que se nos fueron.

 

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana, Fiesta de la Sagrada Familia.


27 de Diciembre del 2009, Fiesta de la Sagrada Familia



Navidad es un tiempo de alegría en la iglesia y en la sociedad. Un tiempo en que sentimos vibrar en nuestro corazón el gozo de volver a encontrarnos con nuestra familia, con nuestros padres, con nuestros hermanos, con los que amamos. Sin embargo también la navidad es un tiempo de nostalgia, de una cierta tristeza, por todos los que nos faltan, por los que este año ya no pudieron estar entre nosotros, por los que se nos fueron.

Navidad es también un tiempo de buenos deseos, de desearles a los otros lo mejor y de saber que los demás me desean buenas cosas.
En los días de navidad, la Iglesia contempla maravillada el misterio de la presencia del hijo de Dios entre nosotros, El que todos esperábamos, el mejor de los seres humanos.

Como todos los años, el primer domingo posterior a la solemnidad de Navidad, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia. Esta fiesta nos enseña a contemplar el nacimiento de Cristo dentro del contexto humano y espiritual en el que se llevó a cabo la encarnación del Hijo de Dios. Jesús quiso nacer y crecer en una familia humana; tuvo a la Virgen María como madre; y san José le hizo de padre. Ellos lo criaron y educaron con inmenso amor. La familia de Jesús merece de verdad el título de "santa", porque su mayor anhelo era cumplir la voluntad de Dios, encarnada en la adorable presencia de Jesús. Celebrar a la sagrada familia de Nazaret es celebrar todo esto, y estas fiestas están llenas de eventos que nos recuerdan el contexto en el que el hijo de Dios vino al mundo. El contexto de una familia formada por un padre y una madre, por un hombre y una mujer que construían cada día una comunidad de vida y de amor.

Las lecturas que hemos escuchado nos presentan la familia como el lugar en el que cada ser humano descubre y desarrolla su condición de hijo de Dios y es llamado a alcanzar la plenitud de su persona. No hay ser humano sin familia, y cuando se pierde la noción verdadera del ser humano, se pierde el sentido de la familia. El mundo de hoy necesita que se le proclame el evangelio de la familia, porque necesita que se le proclame la dignidad del ser humano.

¿Cuál es la buena nueva para el matrimonio y la familia? Es la que Jesús nos propone en el evangelio: la familia que surge del principio: por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne (Gen 2,24) y los bendijo Dios diciendo: crezcan y multiplíquense (Gen 1,28). El evangelio de la familia se enraíza en la comunidad que brota de la unión estable por amor entre el hombre y la mujer y que se prolonga en la vida de los hijos.

La cultura moderna pretende presentar este modelo de familia como algo simplemente religioso, fruto de una concepción devota de la existencia. Sin embargo, la iglesia, como el mismo Jesús, no hace sino poner delante de los ojos de sus contemporáneos la verdad de la familia. Una familia que había sido desfigurada por la dureza del corazón, que en la poligamia agredía la dignidad de la persona y en el adulterio atentaba contra la fidelidad. Una familia que había olvidado la maravillosa dignidad que tiene cada niño sin importar su edad y condición.

Hoy, además de estos ataques, la familia es agredida en su esencia por la equiparación de las uniones homosexuales con el matrimonio entre el hombre y la mujer, hasta el punto de permitir la adopción de niños y niñas en el seno de este tipo de uniones. La Iglesia enseña que el respeto hacia las personas homosexuales no puede en modo alguno llevar a la legalización de las uniones homosexuales. El bien común exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión matrimonial como base de la familia, célula primaria de la sociedad. Reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas al matrimonio, significaría ofuscar valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de la humanidad. La Iglesia no puede dejar de defender tales valores, para el bien de los hombres y de toda la sociedad.

Estos valores (la unidad, la indisolubilidad, la orientación hacia la responsable y sana educación de los hijos, la formación de auténticos ciudadanos) son la esencia de la familia. No solo de la familia cristiana, sino de la familia humana en su verdadera dignidad.

Ahora bien, el evangelio de la familia es más que la oposición negativa a ciertos comportamientos e ideologías de la sociedad moderna. El evangelio de la familia es una maravillosa propuesta que el Creador del ser humano hace a cada persona que viene a este mundo. ¿Y en qué consiste esta buena nueva que se anuncia a cada familia? Esta buena noticia no es una doctrina, o una ideología, es una comunidad de personas, es una familia, es la Sagrada Familia. La buena noticia es que la familia no está esclavizada al mal, al egoísmo, a la angustia. La buena noticia es que la familia puede construirse en el camino del bien, del amor y de la felicidad. ¿No es esto algo ingenuo? No, porque el modelo de la Sagrada Familia nos manifiesta la posibilidad real de construir este tipo de familia. ¿Cómo lo hicieron ellos?

El evangelio de hoy nos enseña tres cosas al respecto:

Nos enseña que la familia tiene siempre que tener a Cristo consigo, que no bastan las buenas intenciones. Cuando la familia pierde a Cristo, se ve, como José y María, privada del sentido que la sostenía. Este sentido sólo lo podrán recuperar regresando a Jerusalén, es decir, regresando al centro de la propia familia. El evangelio nos describe el ánimo de la familia sin Cristo con tres pinceladas: José y María se quedan atónitos, angustiados e incapaces de comprender. Tres adjetivos que nos hablan del corazón de tantas familias agobiadas por la falta de sentido que promueve el materialismo y el relativismo de la cultura actual.

Lo segundo que nos enseña este evangelio es que lo central de la familia es el encuentro con el plan de Dios, el plan que hace feliz de modo verdadero a la familia. La felicidad de la familia no viene por la abundancia de bienes materiales, ni por las buenas relaciones sociales que se tengan. La felicidad de la familia brota del encuentro con Jesús en las realidades cotidianas de la vida, en las tareas del hogar, en las pequeñas alegrías que dan los hijos, en el esfuerzo por salir a trabajar cada día para traer el sustento a casa.

Lo tercero que nos enseña el evangelio es que cada miembro de la familia está llamado a la superación integral, en inteligencia, gracia y edad, es decir en las facultades humanas, en las relaciones con Dios y en el desarrollo material de la vida, salud, alimentación. Esta superación se da cuando la familia sabe vivir en la obediencia al plan de Dios. La obediencia al plan de Dios no mutila al ser humano, al contrario, le da la verdadera sabiduría de la vida para afrontar, desde la propia dignidad humana y de hijo de Dios, todas las circunstancias de la existencia. ¿Cómo podemos adquirir esta sabiduría que nace de la obediencia?: a través de la reflexión, del examen personal, de la meditación ante Dios de las cosas que nos pasan todos los días. Porque como dijo San Agustín, en el interior del hombre habita la verdad.

La sociedad en que vivimos reta a la familia cristiana a dar testimonio, porque, en cierto sentido, hoy se ha olvidado la luz que brota de la casa de Nazaret. Por eso en este domingo de la Sagrada Familia, cada uno de ustedes queridos hermanos y hermanas tiene que tomar en su corazón el compromiso serio de volver a ser evangelio para los que les rodean, para sus vecinos, para sus compadres, para sus hijos, para su familia política. Evangelio que habla con el ejemplo de la honestidad, de la veracidad, de la caridad, de la servicialidad a todos los que les rodean. Evangelio que no se deja derrotar por las leyes que van en contra de la dignidad humana de las personas y en especial de los niños. Evangelio que influye a su alrededor, para que las familias con las que convivimos vuelvan a encontrar la esperanza, la alegría, los valores familiares.

De este modo, cada uno de ustedes, en su familia, será testigo de la verdadera dignidad humana que surge de su condición de hijo de Dios, que germina del respeto al don que Dios ha puesto en cada uno al hacernos inteligentes y libres. El amor de Dios es lo que da origen al ser humano. El ser humano necesita de la comunidad de amor de Dios para existir. El ser humano no puede dejar de lado la comunidad de amor y de vida que es la familia para ser pleno. Todos nosotros tenemos hoy más que nunca un compromiso: hacer sagrada nuestra familia, hacer sagrada cada familia mexicana.

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