Solemnidad del Nacimiento del Señor, 24 de Diciembre del 2009

Esta noche hemos comenzado nuestra celebración diciendo: “Dios nuestro, que hiciste resplandecer esta noche santísima con el nacimiento de Cristo, verdadera luz del mundo, concédenos que, iluminados en la tierra por la luz de este misterio, podamos también disfrutar de la gloria de tu hijo”. En el credo que recitaremos esta noche profesaremos: “creo en un sólo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, luz de luz”. De verdad Jesucristo es la luz del mundo, por eso “hoy brillará una luz sobre nosotros, porque ha nacido el Señor, y el pueblo que camina en tinieblas verá una gran luz, una luz grande brillará”. Ojalá y que de nosotros nunca se pueda decir lo que se afirmó en otros tiempos: “la luz vino a las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron”. Que las luces que iluminan nuestra gran ciudad y las luces de todos los hogares nos recuerden el misterio de la luz que esta noche celebramos y nos inviten a recibir a Aquél que es la luz verdadera.

 

 

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera,
C. Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana


24 de Diciembre del 2009, Solemnidad del Nacimiento del Señor



Esta noche hemos comenzado nuestra celebración diciendo: “Dios nuestro, que hiciste resplandecer esta noche santísima con el nacimiento de Cristo, verdadera luz del mundo, concédenos que, iluminados en la tierra por la luz de este misterio, podamos también disfrutar de la gloria de tu hijo”. En el credo que recitaremos esta noche profesaremos: “creo en un sólo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, luz de luz”. De verdad Jesucristo es la luz del mundo, por eso “hoy brillará una luz sobre nosotros, porque ha nacido el Señor, y el pueblo que camina en tinieblas verá una gran luz, una luz grande brillará”. Ojalá y que de nosotros nunca se pueda decir lo que se afirmó en otros tiempos: “la luz vino a las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron”. Que las luces que iluminan nuestra gran ciudad y las luces de todos los hogares nos recuerden el misterio de la luz que esta noche celebramos y nos inviten a recibir a Aquél que es la luz verdadera.

Aceptar en nuestra vida al recién nacido es aceptar la luz verdadera que puede transformar toda nuestra existencia. Aceptar al Verbo de Dios que es la luz verdadera que alumbra a todo hombre es aceptar el fulgor de su doctrina divina, proclamada con dichos y hechos en el evangelio. La luz de Jesús no sólo es ilustración de la inteligencia ya que su luz es contraposición al pecado que son las tinieblas, aceptar su luz es aceptar que se disipen también las tinieblas morales de nuestro corazón, es pasar de las tinieblas del pecado a la luz de los auténticos valores evangélicos.

Jesucristo, luz del mundo, nos revela al Padre ya que “a Dios no lo ha visto nunca nadie. El Hijo que está en su seno nos lo ha revelado”. Por esto, confesamos: “tu Hijo, haciéndose hombre, nos manifestó al Dios invisible”. Por Jesús sabemos que Dios es, no sólo nuestro creador, sino también nuestro Padre. A cuantos reciban a Jesús, Él les da poder para ser hijos de Dios y les da capacidad para dirigirse a Dios de una manera inimaginable, llamándole “Padre”.

Con el nacimiento de Jesucristo, no sólo se nos da una luz para nuestra vida, no sólo se nos revela a Dios como nuestro Padre, sino que se nos da una nueva vida es decir, nos hacemos hijos en el Hijo único de Dios: “a cuantos lo reciban, les da el poder de transformarse en hijos de Dios”. Por esto celebrar el nacimiento de Jesús, también es celebrar nuestro nacimiento a una vida nueva. Cuando Dios dice: “Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado”, evidentemente se refiere a su Hijo Jesucristo, pero también se refiere a cada uno de nosotros. Esta noche nos debemos sentir amados por Dios nuestro Padre porque tanto nos ha amado que nos ha dado a su Hijo único.

Nadie está excluido de la alegría de esta noche; que no se sienta excluido el pecador, ni el anciano cargado de años, ni aquél que en su vida diaria se ha olvidado de Dios. A todo aquél que reciba a este Niño recién nacido que Dios nos envía, Dios le da el poder de transformarse en Hijo de Dios, es decir de renacer a una vida nueva, independientemente de la edad o de los méritos personales. De inmediato nos viene a la mente la objeción de Nicodemo: ¿Cómo puede un hombre nacer de nuevo cuando ya es viejo? Es claro que no se trata de un nacimiento de la carne, sino del Espíritu. En Navidad tenemos el derecho de descargar nuestros años, nuestros pecados, nuestros remordimientos y de sentirnos “como niños recién nacidos, capaces de lanzarnos a la alegría y a la esperanza. Hagámonos niños y acerquémonos con confianza al pesebre para adorar al Verbo Eterno de Dios hecho niño.

Recibir la gran luz que es Cristo nuestro Salvador, descubrir el misterio de Dios nuestro Padre que Él nos viene a revelar, comenzar una vida nueva que el Hijo único de Dios nos otorga, todo esto, nos crea un compromiso reconfortante: “reconoce, cristiano, tu dignidad y consciente de participar de la naturaleza divina, no quieras volver a las aberraciones de otro tiempo con una conducta indigna. Recuerda quién es tu cabeza, de quién eres miembro. Recuerda siempre de qué padre eres hijo, recuerda estas palabras: “Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado”. Recuerda de quién eres hermano y nunca olvides que eres hermano de muchos hermanos, recuerda que eres hijo de la luz y que la luz no se esconde, sino que debe iluminar a todos los que están en la casa”.

Feliz Navidad para todos ustedes y todas sus familias.

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