Santa María de Guadalupe, 12 de Diciembre del 2009

 El recordado y amado Siervo de Dios Juan Pablo II siempre declaró la gran importancia del Acontecimiento Guadalupano como el hecho histórico que ha dado inmensos frutos de salvación.

 

Juan Pablo II proclamó a Santa María de Guadalupe como la Estrella de la evangelización y forjó nuestra nación, nuestro pueblo, nuestra patria, decía el Santo Padre: “Desde que el indio Juan Diego hablara de la dulce Señora del Tepeyac, Tú, Madre de Guadalupe, entras de modo determinante en la vida cristiana del pueblo de México.”

 

 

 

 

HOMILÍA PRONUNCIADA POR EL CARDENAL NORBERTO RIVERA C.
ARZOBISPO PRIMADO DE MÉXICO EN LA INSIGNE BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE


12 de Diciembre del 2009, HOMILÍA



El recordado y amado Siervo de Dios Juan Pablo II siempre declaró la gran importancia del Acontecimiento Guadalupano como el hecho histórico que ha dado inmensos frutos de salvación.

Juan Pablo II proclamó a Santa María de Guadalupe como la Estrella de la evangelización y forjó nuestra nación, nuestro pueblo, nuestra patria, decía el Santo Padre: “Desde que el indio Juan Diego hablara de la dulce Señora del Tepeyac, Tú, Madre de Guadalupe, entras de modo determinante en la vida cristiana del pueblo de México.”

Esto lo constatamos a cada momento en la historia de nuestra gran nación; Ella acompaña a nuestro pueblo en los momentos trascendentales de su historia, como en 1810 cuando fue enarbolada como estandarte por el cura Miguel Hidalgo y Costilla; o cuando el cura José María Morelos y Pavón la proclamó como la devoción más importante para unir a todo un pueblo en busca de caminos de libertad; Ella estuvo presente en la Revolución Mexicana como sucedió en los ejércitos de Emiliano Zapata; y años más tarde, numerosos testimonios del amor inconmensurable de tantos mexicanos que dieron testimonio de su fe proclamando a voz en cuello: ¡Viva Cristo Rey, Viva la Virgen de Guadalupe!

Sí, efectivamente, la Virgen de Guadalupe es la Madre y la forjadora de nuestra amada nación; sin embargo, ahora nos damos cuenta que no es sólo forjadora de esta patria, sino que su mensaje trasciende tiempos y espacios.

El Papa Juan Pablo II confirmó la magnitud de este mensaje de Dios por medio de la Estrella de la evangelización y su indudable y contundente repercusión en todos los pueblos: “La aparición de María al indio Juan Diego –reafirmó el recordado Santo Padre– en la colina del Tepeyac, el año de 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente. [...] María Santísima de Guadalupe es invocada como «Patrona de toda América y Estrella de la primera y de la nueva evangelización».”

Confirmamos pues que la fuerza y la magnitud del mensaje guadalupano no es sólo para México, tampoco es sólo para América Latina o el Continente Americano; sino que es para todo ser humano. No importando distancias ni divisiones; ya que Ella forma la nueva Civilización desde esta casita sagrada del Tepeyac hogar del Dueño del cielo y de la tierra.

No cabe duda, Santa María de Guadalupe nos ofrece un mensaje que trasciende cualquier frontera y toca el corazón de todo ser humano de cualquier cultura, raza o condición. Por ello, en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, se comprende que es signo de su maternidad universal. Ella trae en su inmaculado vientre a Jesucristo Nuestro Señor. Por lo que el Acontecimiento Guadalupano, en realidad, es un encuentro de Dios mismo con todos los seres humanos por medio de su Madre, Santa María de Guadalupe; Ella es el “Arca viviente de la Alianza”, como dice el Santo Padre Benedicto XVI. Por lo que podemos decir que Ella está centrada en Jesucristo Nuestro Señor; Ella se manifiesta como una mujer encinta, embarazada, portadora de Jesús; Ella es una mujer de Adviento, de Espera. Es la Navidad Guadalupana, pues por medio de Ella se nos da al Salvador, en el humilde pesebre del Tepeyac; y desde aquí, Dios irradia su amor a todos los hombres de buena voluntad.

Esto nos confirma con inmensa alegría que todos, absolutamente todos, estamos llamados a la paz, a la unidad, a la armonía, al perdón, al amor pleno de Jesucristo Nuestro Señor en Santa María de Guadalupe. Todos los que integramos los cinco Continentes podemos hacer nuestras las palabras de Santa María de Guadalupe: “«porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno, y de las demás variadas estirpes de hombres, los que me amen, los que a mí clamen, los que me busquen, los que confíen en mí, porque ahí escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores».” (Nican Mopohua, vv. 29-32).

Y es verdad, Ella viene para entregarnos a Jesucristo, que Él nazca en nuestros corazones y que nosotros también participemos con nuestra libertad y nuestra responsabilidad, Él quiere que nosotros hagamos lo que nos corresponde, que quitemos de nuestro corazón toda cadena que nos esclaviza, esos egoísmos y odios, esas envidias y deshonestidades, Él quiere que conquistemos la verdadera libertad, que nos apartemos de corrupciones e injusticias, alcoholismo y drogadicción, asesinatos secuestros y narcotráfico, prostitución y hedonismos, que dejemos los ídolos del poder y del dinero, que cambiemos de vida, que nos alejemos de todo lo que nos mata y nos destruye; que luchemos por una vida donde no haya racismos ni discriminaciones; donde podamos amarnos como verdaderos hermanos, donde respetemos la vida desde su concepción hasta cuando Dios Padre nos llame a su presencia.

Este es el tiempo de trabajar y entregarnos unidos todos los que integramos este amado país, esta amada Iglesia Católica, tiempo para proclamar el inmenso amor de Dios dentro de su Iglesia para el mundo entero. Como todos los obispos de este esperanzador Continente Americano, desde Aparecida, Brasil, lanzamos la voz diciendo: “Todos los bautizados estamos llamados a «recomenzar desde Cristo», a reconocer y seguir su Presencia con la misma realidad y novedad, el mismo poder de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo su encuentro con los primeros discípulos, a las orillas del Jordán, hace 2000 años, y con los «Juan Diegos» del Nuevo Mundo. Sólo gracias a ese encuentro y seguimiento, que se convierte en familiaridad y comunión, por desborde de gratitud y alegría, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y salimos a comunicar a todos la vida verdadera, la felicidad y la esperanza que nos ha sido dado experimentar y gozar.”

María, Madre nuestra, tú que has dicho “sí” al Señor, tú que proclamaste: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”, ayúdanos a cumplir la misión de forjar una nueva cultura de la vida y civilización del amor en el mundo entero. Santa María de Guadalupe, mi morenita, mi muchachita, mi niña, la más pequeña de mis hijas, que Jesús nazca en todo corazón humilde y sencillo; tú sabes que somos parihuela, somos cola, somos ala; “pesebre insignificante”, pero estamos deseosos de estar abiertos al amor omnipotente de Dios. Tómanos de la mano y llévanos al amor pleno de tu Hijo Jesucristo, ilumínanos tú, Estrella de la Evangelización, para llegar con Aquél por quien se vive, Jesucristo, razón de nuestro existir. Madre mía, encauza todo nuestro ser en ese amor pleno de Dios y danos la fuerza necesaria para cumplir con alegría nuestras responsabilidades, como tú le dijiste a san Juan Diego: “«Ya escuchaste, hijo mío el menor, mi aliento mi palabra; anda, haz lo que esté de tu parte»”. Que cada uno de nosotros y nuestra Patria toda se llene de Esperanza, tú que viniste a sembrar estas tierras de Esperanza cuando parecían que nada tenía futuro. AMEN.

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