FIESTA DE SAN JUAN DIEGO CUAUHTLATOATZIN, 9 de Diciembre del 2009

En este maravilloso Evangelio que hemos escuchado, contemplamos como Jesús agradece a su Padre con estas palabras: “¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!” La Verdad de Dios sólo puede ser conocida por un corazón sencillo y humilde, como se puede observar con toda claridad en su misma Madre, María, la humilde doncella de Nazaret, quien proclamó: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38); así pues, comprendemos que sólo en un corazón humilde es donde Dios hace su morada, su casa, su hogar; sólo en un corazón sencillo es donde Dios quiere residir. Un corazón humilde y sencillo nunca será débil, al contrario, será fuerte y valeroso, entregado y sin temor, pues participa de la auténtica fuerza que sólo viene de Dios, es el Dios Omnipotente quien se manifiesta de una manera clara y nítida en un corazón humilde.

HOMILÍA PRONUNCIADA POR EL SEÑOR CARDENAL NORBERTO RIVERA C.
ARZOBISPO PRIMADO DE MÉXICO, FIESTA DE SAN JUAN DIEGO CUAUHTLATOATZIN, EN LA CAPILLA DE INDIOS


9 de Diciembre del 2009, FIESTA DE SAN JUAN DIEGO CUAUHTLATOATZIN, EN LA CAPILLA DE INDIOS



En este maravilloso Evangelio que hemos escuchado, contemplamos como Jesús agradece a su Padre con estas palabras: “¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!” La Verdad de Dios sólo puede ser conocida por un corazón sencillo y humilde, como se puede observar con toda claridad en su misma Madre, María, la humilde doncella de Nazaret, quien proclamó: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38); así pues, comprendemos que sólo en un corazón humilde es donde Dios hace su morada, su casa, su hogar; sólo en un corazón sencillo es donde Dios quiere residir. Un corazón humilde y sencillo nunca será débil, al contrario, será fuerte y valeroso, entregado y sin temor, pues participa de la auténtica fuerza que sólo viene de Dios, es el Dios Omnipotente quien se manifiesta de una manera clara y nítida en un corazón humilde.

En este mundo y en este tiempo más que nunca necesitamos “defender la verdad”, defender los verdaderos valores humanos-cristianos, y defenderlos con gran valor y fuerza desde un corazón humilde, y la mejor defensa de la verdad es vivirla, vivir la verdad es vivir el Evangelio, dar testimonio del Hijo de Dios que nos amó hasta el extremo. Ya lo dijo el recordado Papa Pablo VI en su Exhortación Apostólica Evangeli Nuntiandi: “La Buena Nueva debe ser proclamada en primer lugar, mediante el testimonio” (EN, 21); así que, necesitamos que todo católico tenga un corazón humilde y sencillo, valiente y fuerte para vivir la verdad, para dar un testimonio auténtico de la verdad plena de Dios. El mismo Señor Jesucristo es quien nos enseña y nos forma en la humildad.

Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el indígena de origen tolteca-texcocano, es uno de los grandes ejemplos de fortaleza, de valentía y de profunda humildad, él nos da un verdadero testimonio de la verdad; el humilde indígena vivió en la verdad de Dios y siempre dio testimonio de esta verdad, vivió el Evangelio, la Buena Nueva de este Dios que ha amado tanto que ha venido a encontrarse con nosotros por medio de la humilde doncella de Nazaret, y nos entrega precisamente a su Madre en el momento del más espantoso sufrimiento en la cruz, nos entrega a María como nuestra Madre exhalando su último aliento por amor a nosotros, el humilde por excelencia que desde esa cruz le dijo a Dios: “Padre, perdónalos, porque no saben o que hacen” (Lc 23, 34). Es el humilde Jesucristo quien ha vencido a la muerte, ha resucitado para que nosotros también pudiéramos resucitar con Él; para que tuviéramos vida en abundancia.

No cabe duda que Dios elige al humilde, al sencillo, al que tiene el corazón abierto, puro, para que Él, que es la Verdad, se manifieste, se haga presente, en un mundo que tanto rechaza la verdad y que tanto necesita de ella; en un mundo que, tal parece, se afana en el engaño, en la mentira, en la traición, en la hipocresía, en la mentira despiadada; y que al mismo tiempo busca desesperadamente la felicidad, ansía la realización integral y total, sediento y hambriento de amor; y el único que puede satisfacer esto es Jesucristo, nuestro Señor, quien es el Camino, la Verdad y la Vida, Él, quien nos dice: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio”.

Dentro del corazón humano, Dios ha puesto la semilla de la eternidad; todos nosotros hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios. El ser humano busca, suspira, está sediento por ser feliz, plenamente feliz; y sin embargo, no logra entender que es solamente Dios quien puede dar la plenitud de la felicidad; no capta que es sólo en Jesucristo Nuestro Señor en quien puede obtener la realización plena y sigue empeñado en la anticultura de la muerte, de la destrucción, del egoísmo, de la maldad y de la soberbia; siendo que en realidad está llamado a la verdad, está llamado a la plenitud de la vida, está llamado a la santidad.

Qué gran verdad lo que se proclama en la Palabra de Dios el día de hoy, que Dios se manifiesta sólo en los humildes, en los sencillos de corazón, pues sólo en la humildad se puede reconocer la mirada de Dios; sólo en la humildad se puede vivir en la verdad plena de Dios, es sólo en la humildad cuando podemos entender y experimentar que es el Omnipotente Dios, el Verdadero Dios por quien se vive, quien actúa con su fuerza y su poder para favorecer al ser humano, para llegar a vivir una felicidad plena.

Qué distinto, cuando un corazón humilde y sencillo, como el de Juan Diego, pone toda su persona como instrumento del poder del Amor de Dios. Juan Diego se hace instrumento del Creador del cielo y de la tierra; Juan Diego abre su corazón, su alma y su ser y se dispone a ser instrumento de Dios Omnipotente. Juan Diego es el mejor modelo del hombre humilde lleno de la fuerza de Dios, como todavía resuenan las palabras del Eclesiástico que hoy se proclamaron: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso. Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor; hay muchos grandes y gloriosos, pero a los humildes les revela sus secretos, porque sólo él es poderoso y sólo los humildes le dan gloria”.

Así pues, Juan Diego Cuauhtlatoatzin es modelo de santidad para todos nosotros. Es el modelo de humildad, de sencillez, de verdadera fortaleza y plenitud; de verdadera sabiduría y conocimiento; de verdadera libertad y plenitud para dar el mensaje del Omnipotente Dios a todo ser humano. Juan Diego, un laico humilde, sencillo, quien buscó siempre vivir la verdad, ser testigo de la verdad, ser instrumento de la verdad, y fue Santa María de Guadalupe quien lo eligió como su mensajero fiel para llevar el mensaje de la verdad al obispo, cabeza de la Iglesia. María de Guadalupe eligió a este macehual; María, la humilde niña de Nazaret, eligió la lengua náhuatl, para comunicarse con Juan Diego; eligió su humilde tilma para plasmar su bendita Imagen, sagrario inmaculado de la Verdad, para que el hombre dejara las tinieblas del engaño y pudiera ser plenamente feliz en la verdad, flor y canto de la Verdad Divina.

Hermanos míos, todo estamos llamados a ser santos, y esto no quiere decir ser débiles, al contrario, como dice la segunda lectura, la fuerza de Dios se manifiesta más claramente en el humilde: “En efecto, por obra de Dios, ustedes están injertados en Cristo Jesús, a quien Dios hizo nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación y nuestra redención”. Así pues, necesitamos de cada uno de los miembros vivos de esta nuestra amada Iglesia católica para poner todo nuestro esfuerzo, bajo la intercesión de la humilde Morenita del Tepeyac y de su humilde mensajero San Juan Diego, en quien depositó toda su confianza, y luchar contra la maldad, la injusticia, la corrupción, la mentira, el engaño, y poder vivir la justicia, la paz y el amor; ¡dar un verdadero testimonio viviendo la Verdad de Dios!

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