2º. Domingo de Adviento, 6 de Diciembre del 2009

El canto de repatriación que meditamos después de la primera lectura nos da la pauta para entender la palabra de Dios que hoy hemos escuchado: "Cuando el Señor nos hizo volver del cautiverio, creíamos soñar; entonces no cesaba de reír nuestra boca, ni se cansaba entonces la lengua de cantar". Verdaderamente es un himno a la alegría. Alegría que siente el profeta Baruc "Porque el Señor guiará a Israel en medio de la alegría y a la luz de su gloria, escoltándolo con su misericordia y su justicia". Alegría que siente San Pablo cuando reza por los nuevos cristianos: "Lo hago con gran alegría, porque han colaborado conmigo en la causa del Evangelio... Convencido de que aquel que comenzó en ustedes esta obra, la irá perfeccionando siempre hasta el día de la venida de Cristo Jesús". Alegría que expresa Juan el Bautista porque "Todos los hombres verán la salvación de Dios". El Cristianismo es una Buena Nueva, es un Anuncio Gozoso. No podemos ignorar "lo tortuoso del camino ni lo áspero del sendero", pero tampoco podemos dejar que nos quiten la esperanza y la alegría que nos produce la venida del Señor.

 

Homilía Pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C.
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana


6 de Diciembre del 2009, 2º. Domingo de Adviento

 

El canto de repatriación que meditamos después de la primera lectura nos da la pauta para entender la palabra de Dios que hoy hemos escuchado: "Cuando el Señor nos hizo volver del cautiverio, creíamos soñar; entonces no cesaba de reír nuestra boca, ni se cansaba entonces la lengua de cantar". Verdaderamente es un himno a la alegría. Alegría que siente el profeta Baruc "Porque el Señor guiará a Israel en medio de la alegría y a la luz de su gloria, escoltándolo con su misericordia y su justicia". Alegría que siente San Pablo cuando reza por los nuevos cristianos: "Lo hago con gran alegría, porque han colaborado conmigo en la causa del Evangelio... Convencido de que aquel que comenzó en ustedes esta obra, la irá perfeccionando siempre hasta el día de la venida de Cristo Jesús". Alegría que expresa Juan el Bautista porque "Todos los hombres verán la salvación de Dios". El Cristianismo es una Buena Nueva, es un Anuncio Gozoso. No podemos ignorar "lo tortuoso del camino ni lo áspero del sendero", pero tampoco podemos dejar que nos quiten la esperanza y la alegría que nos produce la venida del Señor.

Un periodista Inglés, Edmund Foldes, entrevistó al célebre compositor finlandés Jean Sibelius, y le preguntó entre otras cosas, a qué atribuía su éxito como músico. Sibelius le respondió: "Siempre he considerado la vida como un gran bloque de mármol, hay que tomar el cincel de la buena voluntad y esculpir en el mármol. Pero es necesario, antes de comenzar, tener un diseño o un modelo y también el cincel bien afilado. Para lograr esa alegría grande que el mundo no puede quitar, esa esperanza que no defrauda, la liturgia de hoy nos ha presentado un diseño, un modelo, que podemos seguir y nos ofrece la fortaleza de Dios para que el cincel logre su objetivo.

La gran figura de Juan el Bautista se nos presenta como el modelo o diseño a seguir, se nos presenta como el portavoz divino: "Vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan, hijo de Zacarías. Entonces comenzó a recorrer toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados". A quienes pensemos que esta palabra, "conversión", es poco apta para prepararnos a la Navidad, o que es poco grata a los oídos actuales, nos conviene deshacer el malentendido de que "convertirse" es algo negativo. Todo lo contrario, no hay nada más positivo que deshacerse de lo malo, de lo que estorba, de lo que va en contra de nuestra dignidad.
"Ha resonado una voz en el desierto: Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos los hombres verán la salvación de Dios". El mensaje de Juan el Bautista, ya sin metáforas, se sintetiza en pocas palabras: igualdad, equilibrio, quitar todo lo que estorbe para que el Señor llegue a nuestra vida. A nivel personal esta nivelación del terreno consiste en rebajar nuestra soberbia y orgullo, por la humildad; y en elevar nuestro ánimo, desterrando el desaliento y el derrotismo y confiando más en nosotros mismos y sobre todo confiando más en Dios. En el plano social, se trata de rebajar las diferencias tan escandalosas, por la justicia; y subir los niveles infrahumanos de miseria, hambre, incultura, hasta llegar a los derechos humanos para todos, no en el papel o en una ley, sino en la realidad de la vida. Sólo así prepararemos la venida del Señor, sólo así sentiremos el gozo y la alegría, sólo así veremos la salvación de Dios.

Si en el Adviento no provocamos el cambio, si no enderezamos el camino, si no nivelamos el terreno a nivel personal y social, si no quitamos los muros que nos separan, la Navidad pasará con pena y sin gloria. Porque, aunque haya muchas luces en las calles, mejor comida en algunos hogares, intercambio de felicitaciones y regalos, todo eso es sólo fachada exterior. Lo principal está en el cambio de corazón y de costumbres, de actitudes y estructuras, que hagan más real entre nosotros la filiación divina que vino a regalarnos el Hijo de Dios, la fraternidad que vino a darnos Jesús al encarnarse.

Los seres humanos somos como una ciudad hermosa pero invadida, hasta por debajo de los muros, por la arena del desierto; nos hemos encerrado en nosotros mismos, en nuestro egoísmo; somos como un castillo, rodeados por una fosa profunda y con los puentes levantados. Peor aún, hemos complicado por el pecado los caminos de comunicación con Dios, con la naturaleza, con nuestros semejantes y nos hemos perdido en el laberinto que nosotros mismos hemos construido. Isaías y Juan el Bautista con metáforas nos han hablado de caminos torcidos que hay que enderezar, de baches y barrancas que hay que rellenar, de montañas y colinas que hay que rebajar, etc. Quitando las metáforas y llamando a las cosas con su nombre sabemos que todos esto se llama: orgullo, pereza, abuso, violencia, envidia, mentira, hipocresía, impureza, superficialidad, adicción. Todos tenemos algo que corregir, algo de que liberarnos, algo en que progresar. Si negamos esto y enterramos nuestra cabeza en la arena, no veremos la salvación de Dios que nos está llegando en Jesucristo en esta Navidad.

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