Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, 4 de Diciembre del 2009

En el camino del Adviento brilla la estrella de María Inmaculada, «señal de esperanza cierta y de consuelo» (Lumen Gentium, 68). Para llegar a Jesús, luz verdadera, sol que disipó todas las tinieblas de la historia, necesitamos luces cercanas a nosotros, personas humanas que reflejen la luz de Cristo e iluminen así el camino por recorrer. ¿Y qué persona es más luminosa que María? ¿Quién mejor que ella, aurora que anunció el día de la salvación (cf. Spe salvi, 49), puede ser para nosotros estrella de esperanza?

 

 

 

 

 

Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en el Seminario Conciliar de México.


4 de Diciembre del 2009, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María



En el camino del Adviento brilla la estrella de María Inmaculada, «señal de esperanza cierta y de consuelo» (Lumen Gentium, 68). Para llegar a Jesús, luz verdadera, sol que disipó todas las tinieblas de la historia, necesitamos luces cercanas a nosotros, personas humanas que reflejen la luz de Cristo e iluminen así el camino por recorrer. ¿Y qué persona es más luminosa que María? ¿Quién mejor que ella, aurora que anunció el día de la salvación (cf. Spe salvi, 49), puede ser para nosotros estrella de esperanza?

Por eso la liturgia nos permite celebrar hoy, en ambiente de Adviento cerca de la Navidad, la fiesta solemne de la Inmaculada Concepción de María: el misterio de la gracia de Dios que envolvió desde el primer instante de su existencia a la criatura destinada a convertirse en la Madre del Redentor, preservándola del contagio del pecado original. Al contemplarla, reconocemos la altura y la belleza del proyecto de Dios para todo hombre: ser santos e inmaculados en el amor (cf. Ef 1, 4), a imagen de nuestro Creador. (Benedicto XVI, Ángelus, 8 de diciembre de 2007)

Cuando hablamos, escribimos y meditamos sobre la Santísima Virgen María, descubrimos que Ella es la Madre de Jesús y también nuestra Madre, y ejerce su maternidad espiritual para toda la humanidad. Pero antes de ser nuestra Madre, Madre de la Iglesia, María es de Dios: a Él pertenece totalmente, vive sólo para Él. Es inmaculada porque desde el primer momento de su creación toda ella es totalmente de Dios, inmersa totalmente en Dios, Ella busca sólo la gloria de Él y lo consigue en plenitud.

En la historia de la Iglesia, los primeros indicios de la celebración de este privilegio de la Virgen María aparecen en Oriente entre los siglos VII y VIII. Tarda en llegar al occidente europeo, hasta que encontramos la festividad en el calendario litúrgico de Roma en 1476. La Concepción Inmaculada de María fue solemnemente declarada como verdad de fe definida por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854. Veinticinco años después, el Papa León XIII elevó la fiesta a la máxima categoría litúrgica. La fecha elegida está en relación con el 8 de septiembre, la fiesta de la Natividad de la Virgen. Tenemos que desde la Inmaculada Concepción hasta la Natividad de la Virgen transcurren nueve meses, así como sucede desde la Anunciación del Señor hasta el día de la Navidad.

El misterio de la Inmaculada Concepción de María nos recuerda dos verdades fundamentales de nuestra fe: ante todo el pecado original y, después, la victoria de la gracia de Cristo sobre él, victoria que resplandece de modo sublime en María santísima. Es una evidencia dolorosa la existencia de lo que la Iglesia llama "pecado original", basta mirar nuestro entorno y sobre todo dentro de nosotros mismos.

Si Dios, que es Bondad absoluta, lo ha creado todo, ¿de dónde viene el mal? Las primeras páginas de la Biblia, en el libro del Génesis, responden a esta pregunta fundamental, que interpela a cada generación humana, con el relato de la creación y de la caída de nuestros primeros padres: Dios creó todo para que exista; en particular, creó al hombre a su propia imagen; no creó la muerte, sino que ésta entró en el mundo por envidia del diablo, el cual, rebelándose contra Dios, engañó también a los hombres, induciéndolos a la rebelión. Es el drama de la libertad, que Dios acepta hasta el fondo por amor, pero prometiendo que habrá un hijo de mujer que aplastará la cabeza de la antigua serpiente (Gn 3, 15), como lo hemos escuchado en la primera lectura.

Para ser la Madre del Salvador, María fue "dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante" El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como "llena de gracia" (Lc 1,28). En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios. A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María "llena de gracia" por Dios había sido redimida desde su concepción.

Pío IX, ante una posición racionalista fuertemente influida por el naturalismo que despreciaba toda verdad sobrenatural, llevando a las inteligencias por las sendas del error, habiendo consultado el sentir de la Iglesia en voz de los obispos de todo el mundo, proclama el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen, y así pone sólidas bases para afirmar y consolidar la certeza de la primacía de la gracia y de la obra de la Providencia en la vida de los hombres.

Es lo que confiesa este dogma en la Bula Ineffabilis Deus: ...la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano.

Esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la que ella fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción", le viene toda entera de Cristo: ella es "redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo".

El Padre la ha "bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef. 1,3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha "elegido en él, antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor" (Ef. 1,4).

En el evangelio de san Lucas, el ángel Gabriel dijo a la Virgen: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1, 28). El saludo del ángel sitúa a María en el corazón del misterio de Cristo; en efecto, en ella, llena de gracia, se realiza la encarnación del Hijo eterno, don de Dios para la humanidad entera.

Con la venida del Hijo de Dios todos los hombres son bendecidos; el maligno tentador es vencido para siempre y su cabeza aplastada. En Cristo —escribe el apóstol san Pablo a los Efesios— el Padre celestial nos bendice con toda clase de bienes espirituales, nos elige para una santidad verdadera, y nos hace sus hijos adoptivos (cf. Ef 1, 3-5). En él nos convertimos en signo de la santidad del amor y de la gloria de Dios en la tierra.

Pienso en los jóvenes, en los sacerdotes y consagrados, en los esposos, en todos los hijos de Dios que hemos recibido la imagen de Dios en nuestras vidas. ¡Cuánto dolor de la Iglesia por ver arrebatada la inocencia y la pureza de los corazones de sus hijos! ¡Cuánta falta hace la presencia de la Inmaculada en tantos corazones!

Pero nos conforta y llena de esperanza el contemplar a la “llena de gracia”. ¡Qué gran don tener por madre a María Inmaculada! Una madre resplandeciente de belleza, transparente al amor de Dios, fuente de pureza y alegría espiritual.

¡Cuánto agradecimiento al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo que nos presentan en María el proyecto divino para todos los hombres: ser santos e inmaculados en el amor!

Les deseo a todos que vivan este tiempo de adviento de la mano de María, para que nos prepare a recibir a su divino Hijo en la ya próxima Navidad.

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