XXXI Domingo del Tiempo Ordinario, 1 de Noviembre del 2009

En la historia de la humanidad siempre se nos han presentado ejemplos sobresalientes de hombres y mujeres que han brillado en el ejercicio del poder, en el deporte, en acumular riquezas, en el espectáculo, en el arte, o dicho de otro modo, se nos presentan a los triunfadores en las distintas actividades humanas. La Iglesia hoy nos presenta en la pantalla de la liturgia a esos "ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de los hijos de Israel" y a ese "gentío inmenso imposible de contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua que está de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de blanco". Los santos son los que han triunfado en el arte más divino, son los que han triunfado en la competición más humana. Pero la Iglesia no nos presenta a Todos los Santos, simplemente para que los contemplemos desde nuestras butacas o graderíos, sino para que nos entusiasmemos y nos decidamos a imitarlos con la convicción de que "sí se puede ser santo"

 

Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C.
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana


1 de Noviembre del 2009, XXXI Domingo del Tiempo Ordinario

En la historia de la humanidad siempre se nos han presentado ejemplos sobresalientes de hombres y mujeres que han brillado en el ejercicio del poder, en el deporte, en acumular riquezas, en el espectáculo, en el arte, o dicho de otro modo, se nos presentan a los triunfadores en las distintas actividades humanas. La Iglesia hoy nos presenta en la pantalla de la liturgia a esos "ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de los hijos de Israel" y a ese "gentío inmenso imposible de contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua que está de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de blanco". Los santos son los que han triunfado en el arte más divino, son los que han triunfado en la competición más humana. Pero la Iglesia no nos presenta a Todos los Santos, simplemente para que los contemplemos desde nuestras butacas o graderíos, sino para que nos entusiasmemos y nos decidamos a imitarlos con la convicción de que "sí se puede ser santo"

En el Antiguo Testamento la expresión "santo" es por excelencia una definición de Dios mismo y así lo seguimos expresando en nuestras celebraciones: "Santo eres en verdad Señor", "Santo eres en verdad Padre". Pero ya en el mismo Antiguo Testamento se expresa la posibilidad de que el ser humano participe de esa santidad de Dios, es más, Dios mismo invita a los hijos de Israel: "sean santos porque yo soy santo". La vocación del Pueblo Elegido es llegar a ser "un reino de sacerdotes y un pueblo santo". La base de la organización del Nuevo Pueblo de Dios, que es la Iglesia, es "la comunión de los santos". Ser santo, en la comunidad formada por Jesús, no es la excepción, sino la exigencia fundamental.

"Santo eres en verdad Señor, fuente de toda santidad". La multitud de santos que hoy veneramos, admiramos y que queremos imitar, necesariamente nos llevan a la fuente misma de la santidad que es Dios, revelado en Cristo, nos llevan a meditar y a dejarnos invadir por la fórmula infalible de santidad, patentada por Jesús y practicada por los santos de ayer y hoy: Las Bienaventuranzas. Jesús, como un nuevo Moisés, desde el monte, proclama los criterios con los cuales se debe edificar la nueva comunidad, la nueva alianza. Son criterios que van al fondo del corazón humano, al fondo de la existencia cristiana, no para poner como modelo de santidad a un ser humano, sino al mismo Padre Celestial, porque "hay que ser perfectos como el Padre Celestial es perfecto".

Las Bienaventuranzas, que son como la Carta Magna de los cristianos, expresan los criterios básicos para alcanzar la santidad que Dios quiere comunicarnos. Los que lloran, los pacientes, los que tienen hambre y sed de justicia, los compasivos, los limpios de corazón, los constructores de la paz, los perseguidos, son concretizaciones, son especificaciones, de la primera y principal Bienaventuranza: "Dichosos los pobres de espíritu". Evidentemente Jesús está hablando de la "pobreza" en sentido bíblico, que quiere decir, apertura y disposición total y absoluta del ser humano al proyecto de salvación que Dios está realizando en la historia. Por supuesto Jesús no se está refiriendo a la pobreza en sentido sociológico y mucho menos en sentido ideológico. No podemos ir por el camino reduccionista diciendo que son "felices, dichosos, bienaventurados" los que nada tienen, a no ser que ellos así lo hayan decidido por amor al Reino de los cielos Son Bienaventurados, los que rechazando la tentación de la autosuficiencia y de la riqueza idolátrica, abren su corazón a Dios y a sus hermanos.

La santidad no es una vocación para unos cuantos privilegiados. En la visión del Apocalipsis que se nos ha presentado, había, además del número emblemático de la perfección, de ciento cuarenta y cuatro mil, una multitud inmensa, que nadie podía contar. Son los que están delante del cordero, son los santos que hoy queremos venerar y cuya intercesión pedimos. La santidad no es otra cosa más que la participación de la vida divina que se obtiene por la práctica de la fe y el ejercicio del amor. Ya es hora de que entendamos que la santidad no está asociada a la exentricidad o a la anormalidad, al contrario, está asociada a la sencillez, a la normalidad, a la alegría de ponernos totalmente en las manos del Padre.

Una fiesta íntimamente ligada a la de Todos los Santos es la fiesta de nuestros Fieles Difuntos. Es una fiesta de la esperanza, porque esperamos que nuestros seres queridos, que ya han muerto, tengan la vida divina, tengan la felicidad que tanto anhelaron, tengan la santidad a la que fueron llamados y que consiste, como nos lo ha dicho hoy San Juan, "en llegar a ser semejantes a Dios y a verlo tal cual es". La fiesta de los Fieles Difuntos es la fiesta de la esperanza, de la esperanza que nace de la fe en la Pascua. La muerte siempre será para nosotros un momento oscuro, una lucha, una agonía, un misterio, pero al mismo tiempo, esa muerte, la podremos ver a la luz de la resurrección de Cristo y con la seguridad de que si Cristo resucitó, también resucitaremos nosotros, porque somos miembros de su Cuerpo. Celebremos pues esta fiesta con la actitud que manifestamos en la aclamación que hacemos al terminar la Consagración: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. "¡Ven, Señor Jesús!"

Hoy celebramos a Todos los Santos, es decir, celebramos a todos los hermanos que ya han llegado al término del camino, a los que, ya gloriosos, reinan con Cristo.

Mañana conmemoraremos a los hermanos difuntos: parientes, amigos, todos los cristianos, de quienes la muerte nos ha separado. Pero esta separación la vemos a la luz de nuestra fe. Esta conmemoración es, pues, una fiesta muy eclesial, expresa en gran medida la unidad de la comunidad de Cristo: los que estamos luchando nos sentimos unidos en la alegría con los que lograron ya la palma del triunfo e intercedemos para que todos nuestros difuntos la alcancen.

Para el que no tiene fe la celebración de los fieles difuntos no tiene ningún sentido o a lo más tiene un sentido folklórico o de recuerdo del pasado. Para los cristianos esta fiesta tiene fuertes raíces en la resurrección de Cristo y nos lanza con esperanza al futuro. Desde los primeros siglos del cristianismo ha existido entre los seguidores de Jesús la piadosa costumbre de rezar al Padre misericordioso por los hermanos que se durmieron en el Señor. Los primeros cristianos bautizaron con el nombre de “dormitorio” a los cementerios y panteones, precisamente porque estaban convencidos que el sueño de la muerte no es el término de la existencia sino la entrada a la verdadera vida. Hermanos, hermanas: “No queremos que ignoren lo que pasa con los difuntos, para que no vivan tristes, como los que no tienen esperanza. Pues, si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera debemos creer que, a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con Él, y así estaremos siempre con el Señor. Consuélense, pues, unos a otros, con estas palabras”. Celebremos pues la Eucaristía con este sentido: ¡Anunciamos tu muerte Señor, proclamamos tu Resurrección, ven Señor Jesús!

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