JESUCRISTO SE ENCARNA DE MARÍA VIRGEN POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO, 25 de Diciembre del 2011.

Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).

Estamos celebrando la Navidad, tiempo de salvación en que Dios nos muestra su cercanía y su condescendencia por el inefable misterio de la Encarnación y del Nacimiento de su Hijo Unigénito.

Nuevamente proclamamos con el “Símbolo de los apóstoles” nuestra identidad espiritual con Pedro: Creemos en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creemos en Jesucristo, su Hijo único, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, se encarnó de María Virgen, se hizo hombre, padeció por nosotros, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos. Creemos en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida eterna.

Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México en en la Catedral Metropolitana de México


25 de Diciembre del 2011, JESUCRISTO SE ENCARNA DE MARÍA VIRGEN POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).

Estamos celebrando la Navidad, tiempo de salvación en que Dios nos muestra su cercanía y su condescendencia por el inefable misterio de la Encarnación y del Nacimiento de su Hijo Unigénito.

Nuevamente proclamamos con el “Símbolo de los apóstoles” nuestra identidad espiritual con Pedro: Creemos en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creemos en Jesucristo, su Hijo único, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, se encarnó de María Virgen, se hizo hombre, padeció por nosotros, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos. Creemos en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida eterna.

Es lo que creemos y predicamos con todo el corazón. Es el centro de nuestra fe y la piedra angular de nuestras vidas. Creemos que esa salvación viene a cada hombre y mujer sólo a través de un encuentro personal con Jesucristo vivo y que a través de dicho encuentro vienen la libertad, la paz y la alegría que el mundo no puede dar.

Proclamamos un Dios que está vivo y presente, lleno de amor para nosotros, cuya presencia en nuestro mundo se manifiesta más perfectamente en la Eucaristía, a través de la cual Él nos alimenta con el pan de vida, de tal manera que podamos caminar en Él en el mundo de hoy, escuchando su Palabra a través de las Escrituras y la Iglesia, y así transformados por Su ejemplo y Su gracia, lleguemos a vivir no para nosotros mismos, sino para los demás (Cf. SC 7).

Proclamamos a ustedes, queridos hermanos y hermanas, que sólo en Jesucristo, que vive entre nosotros, podemos encontrar la fuerza para vivir como hijos de Dios; que sólo en nuestro encuentro con Él podemos encontrar la respuesta a los problemas de nuestro mundo y que sólo en Él podemos realizar la verdadera fraternidad y solidaridad.

Hemos escuchado los sufrimientos de las familias que soportan cargas de diversa naturaleza que les oprimen; de los jóvenes que se sienten perdidos en el mundo de hoy y que se les priva de la oportunidad de ganarse la vida y construir una familia; de los jóvenes que pierden el bienestar de su hogar para irse a buscar mejores horizontes en el anonimato y la incertidumbre de las ciudades o de otros países; de los niños de la calle que padecen nuestra falta de solidaridad y cariño; de los inmigrantes que no son acogidos en su país de adopción; de los trabajadores ocasionales que padecen enormes fatigas para conseguir el sustento diario; de los miembros de las minorías que son víctimas de prejuicios y de injusticias; de los pueblos autóctonos e indígenas a quienes no se les ha respetado en sus derechos y en su dignidad; de los que viven solos y afectados por la enfermedad o la edad; finalmente, de los que buscan a Dios y anhelan una plenitud en su existencia y que se interrogan sobre el sentido de su vida.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, he proclamado nuestra fe común que nos une a través de dos mil años con Pedro, el Príncipe de los Apóstoles, y mencionado algunos de los desafíos de nuestra Iglesia. De cara todo el sufrimiento que vemos en el mundo, ¿debemos acaso descorazonarnos y desalentarnos? ¿Qué podrá apartarnos del amor de Cristo? ¿la aflicción? ¿la angustia? ¿la persecución? ¿el hambre? ¿la desnudez? ¿el peligro? ¿la espada?. Con la fuerza del Espíritu Santo les decimos que Jesucristo ha vencido al mundo. Él ha enviado el Espíritu Santo entre nosotros para hacer nuevas todas las cosas, para renovar la faz de la tierra.

En todo esto vencemos fácilmente por Aquél que nos ha amado. Este es pues, nuestro sencillo mensaje: ¡Jesucristo es El Señor! Su resurrección nos llena de esperanza; Su presencia en nuestro caminar nos llena de valor. Les decimos, como el Santo Padre nos dice tan a menudo: “no tengan miedo. El Señor está con ustedes en el camino, vayan al encuentro con Él”.

El encuentro personal con Jesucristo, al que somos invitados especialmente en esta Navidad, nos conduce a la solidaridad, que es expresión necesaria de la caridad. La solidaridad, comprendida en su totalidad, es compartir lo que somos, lo que creemos y lo que tenemos. El Señor Jesús es el ejemplo perfecto de esto, ya que Él se despojó de Sí mismo para hacerse en todo semejante a nosotros, menos en el pecado (Cf. Hb 4,15). La solidaridad nos impulsa a considerarnos los unos a los otros como hermanos, así como Jesús nos mira a nosotros. Nos llama a amarnos mutuamente y a compartir los unos con los otros. Comprende desde la caridad personal que nos obliga a acoger y servir al hermano pobre en nuestra comunidad, hasta la transformación de nuestra realidad social en un espacio más humano y fraterno.

Llenos de confianza colocamos este mensaje de Navidad en manos de María, la Madre de Nuestro Señor. En todos los países de América Ella es aclamada como Reina, Señora y Madre nuestra. Especialmente la invocamos bajo el título de Nuestra Señora de Guadalupe. Allí, en los inicios de la primera evangelización de América, Ella se presentó al Beato Juan Diego que había recibido en su corazón el tesoro de la fe en Jesucristo y le hizo portador del “Evangelio de América”, donde se proclama la presencia materna de la Madre de Dios y su deseo de que los moradores de estas tierras pudieran conocer y amar al verdaderísimo Dios por quien se vive.

Que Ella nos ayude a realizar el encuentro con el Señor Jesús, el Señor de la Vida, verdadero Dios y verdadero Hombre, para que impulsados por la fuerza del Espíritu Santo lleguemos al encuentro con Dios nuestro Padre en esta Navidad.

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