V Domingo de Adviento, 18 de Diciembre del 2011.

A lo largo de tres semanas, la Iglesia ha querido prepararnos para la venida de Jesús en la Navidad y para su venida definitiva al final de los tiempos. Tres han sido los personajes principales que nos han ayudado en esta preparación: El profeta Isaías, el apóstol Pedro y Juan el bautista. Ellos nos han trazado el camino que hemos de recorrer para recibir al Jesús de Belén y del Juicio. Hoy, cuarto y último domingo de Adviento, cercanos ya a la Navidad, la Iglesia nos reserva sus mejores páginas preparatorias para la llegada de nuestro Salvador: La promesa de Natán en el segundo libro de Samuel y la narración de la anunciación por San Lucas.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México


18 de Diciembre del 2011, IV Domingo de Adviento

A lo largo de tres semanas, la Iglesia ha querido prepararnos para la venida de Jesús en la Navidad y para su venida definitiva al final de los tiempos. Tres han sido los personajes principales que nos han ayudado en esta preparación: El profeta Isaías, el apóstol Pedro y Juan el bautista. Ellos nos han trazado el camino que hemos de recorrer para recibir al Jesús de Belén y del Juicio. Hoy, cuarto y último domingo de Adviento, cercanos ya a la Navidad, la Iglesia nos reserva sus mejores páginas preparatorias para la llegada de nuestro Salvador: La promesa de Natán en el segundo libro de Samuel y la narración de la anunciación por San Lucas.

La promesa de Natán es un texto base para entender la encarnación de Dios en nuestra historia. Al deseo de David de construirle a Dios un templo grandioso en Jerusalén, la nueva capital del reino, para tener al mismo Dios como ciudadano, el profeta contrapone la decisión de Dios: El Señor más que habitar en el espacio sagrado de un edificio quiere estar presente en la historia y en la realidad concreta en donde está su Pueblo: “¿Piensas que vas a ser tú el que me construya una casa para que yo habite en ella?... Yo estaré contigo en todo lo que emprendas... y te hago saber que te daré una dinastía... y tu casa y tu reino permanecerán para siempre...” El templo proyectado por David es sustituido por el templo hecho de piedras vivas, esto es, por personas. Dios prefiere el “tiempo” al “templo” para permanecer cerca del hombre.

Este “templo en la carne y en el tiempo” se hace realidad en Cristo. Ya San Juan, en el prólogo, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, lo mismo que San Lucas, en la narración de la vocación de María, siguiendo la profecía de Natán, nos precisan el sentido de la Encarnación y de la Navidad: “El Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará para siempre sobre la casa de Judá y su reino no tendrá fin”. Entonces María se convierte en la nueva Sión. Así como sobre aquel monte de la Jerusalén Histórica se levantaba el símbolo vivo de la Presencia de Dios en la historia y en el espacio y el humo de los sacrificios y del incienso evocaba la trascendencia divina sobre el hombre, así María es el centro de la Jerusalén escatológica porque en su seno se presenta a la humanidad el Hijo de Dios y “la sombra del Altísimo la cubre”. La línea viviente de la dinastía davídica, esto es, la historia de la salvación veterotestamentaria, ahora desemboca, a través de María, en la historia definitiva, con la presencia de Dios mismo, el “Emmanuel”, el Dios con nosotros.

La narración de la anunciación, estructurada sobre un género literario muy conocido en el Antiguo Testamento, tiene su centro en el anuncio, para María y para nosotros, de la “concepción por obra del Espíritu Santo”, esto es, el Verbo se ha hecho carne por obra del Espíritu Santo, o lo que es lo mismo: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. El hombre ya tiene un hermano perfecto con el cual comparte la fragilidad y el sufrimiento de la carne. Jesús se definirá repetidamente a lo largo de su vida con el misterioso título de “Hijo del Hombre” y San Pablo nos hablará de Cristo como de un hombre “nacido de mujer”. El concebido por obra del Espíritu Santo, a quien adoraremos en la próxima Navidad, es hijo de María y hermano de todos y cada uno de nosotros.

El que Jesús haya sido concebido por obra y gracia del Espíritu Santo no sólo nos habla de la trascendencia de Cristo, sino también de que Jesús es fruto del amor de Dios a los hombres. Que Jesús es fruto del Amor de Dios a los hombres se deduce fácilmente del hecho de que el Espíritu Santo, al que Gabriel le atribuye la fecundación de María, es el Amor infinito de Dios. San Juan nos confirma que Jesús es El regalo del amor divino cuando nos dice: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único”. La Navidad, por tanto, debe ser la fiesta del amor, de ese amor que no se queda en sentimientos, sino que se convierte en obras.

Hoy María se nos ha presentado como el modelo de respuesta ante Dios que irrumpe en nuestra historia y en nuestra carne. Ante todo, no al temor, y un sí definitivo a la alegría por la presencia de Dios en nosotros…“No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios”. El cristiano no puede tener una religión del temor, sino de la gracia. Por esto la característica del cristiano debe ser la alegría: “Alégrate, porque el Señor está contigo”. La alegría fue la actitud de María: “Glorifica mi alma al Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”, la alegría tiene que ser el tono vital del cristiano, porque Jesús nos asegura: “Yo estaré con ustedes todos los días. Él es el Emmanuel, el Dios con nosotros. El temor no nos puede invadir. La alegría y el optimismo nos deben distinguir.

En la próxima Navidad celebraremos la presencia de Dios en nuestra historia y en nuestra carne. En la encarnación, lo que parecía imposible es realidad, el eterno y el tiempo se funden, lo infinito se mide en la historia, Dios se hace carne, “por obra y gracia del Espíritu Santo”. Dios prefirió el tiempo al templo, para que del templo salgamos a buscarlo, no en los horizontes nebulosos de espiritualidades desencarnadas sino en la cotidianidad concreta de nuestra historia y no en un solo rostro, sino en todos los rostros, porque en todos Dios está desde que el Verbo se hizo carne.

Acerquémonos, como María, al misterio del Dios Encarnado, sin temores y con grande alegría, y como ella, ofrezcamos el sacrificio espiritual de nuestro cuerpo, para que por nuestros trabajos y esfuerzos, por nuestros labios y nuestros pies, por nuestra carne y nuestras capacidades, Dios entre en nuestra historia en este nuevo milenio. Acerquémonos a María, la nueva Sión, la nueva Jerusalén, en donde Dios acampó, en donde Dios ha puesto su morada, de donde nos vendrá nuestro único Salvador, de la cual ha nacido el Cristo, que llamamos Jesús.

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