1er Domingo de Adviento, 27 de Noviembre del 2011.

Durante el tiempo de Adviento la liturgia nos motivará con un doble movimiento: el primero y el más importante es la "acción" de Dios que sin dejar su trascendencia, baja a la tierra y toma nuestra carne: "Destilen, cielos, el rocío, y que las nubes lluevan al justo; que la tierra se abra y haga germinar al salvador". Por otra parte la liturgia provoca nuestra "reacción" para que dejando el sopor de la "noche" de pecado y de soledad, nos abramos a la aurora de "la manifestación de nuestro Señor Jesucristo*. El amor de Dios que se derrama y la esperanza del hombre que anhela la salvación se encuentran en el corazón del Adviento que en este domingo comenzamos a celebrar.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México


27 de Noviembre del 2011, 1er Domingo de Adviento

Durante el tiempo de Adviento la liturgia nos motivará con un doble movimiento: el primero y el más importante es la "acción" de Dios que sin dejar su trascendencia, baja a la tierra y toma nuestra carne: "Destilen, cielos, el rocío, y que las nubes lluevan al justo; que la tierra se abra y haga germinar al salvador". Por otra parte la liturgia provoca nuestra "reacción" para que dejando el sopor de la "noche" de pecado y de soledad, nos abramos a la aurora de "la manifestación de nuestro Señor Jesucristo*. El amor de Dios que se derrama y la esperanza del hombre que anhela la salvación se encuentran en el corazón del Adviento que en este domingo comenzamos a celebrar.

En la primera lectura el profeta Isaías después de haber recordado una larga serie de intervenciones salvíficas de Dios, despreciadas por el pecado del hombre, lanza una hipótesis apasionante: el silencio actual de Dios es sólo una "táctica o estrategia" que el Señor ha diseñado para atraer a su pueblo elegido. Pronto el Señor aparecerá en nuestro horizonte y comenzará ese "movimiento" de amor al hombre: "vuélvete, por amor a tus siervos... Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia. Descendiste y los montes se estremecieron con tu presencia... Tú sales al encuentro del que practica alegremente la justicia y no pierde de vista tus mandamientos... Señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos". Se trata de una sentida e intensa plegada para manifestar las ansias de encontrarse con Dios y comenzar la conversión del corazón, un camino nuevo, una vida nueva.

También la acción de gracias que San Pablo ha expresado, en su primera carta a los Corintios, tiene este mismo dinamismo: Dios ha derramado abundancia de dones sobre esta comunidad "hasta tal grado, que no carecen de ningún don". Dios es quien los ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo, y como respuesta o reacción a esta elección, los cristianos deben tener una esperanza activa y confiada: "Ustedes los que esperan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo". Con la seguridad de que el mismo Señor hará lo demás: "Él los hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento".

La breve parábola que nos ha trasmitido San Marcos está también redactada con este doble movimiento: El hombre que se ha ido de viaje, que está lejos, ciertamente vendrá y llegará de sorpresa. Ha dejado su casa encargada a sus colaboradores, a cada uno le ha encomendado lo que debe hacer y le ha pedido que esté en espera vigilante, pues no sabe a qué hora va a regresar: si al anochecer, a la media noche, al canto del gallo o a la madrugada. La reacción a la llegada del Señor no puede ser la del sueño, la indiferencia o la pereza; la reacción la señala el mismo evangelio: "Velen y estén preparados».

El Dios que tanto nos ama y que esperamos, es un Dios sorprendente, sorprendente porque rasga los cielos y desciende no para hacemos una visita ocasional sino para permanecer con nosotros, es el Emmanuel, es el Dios-con nosotros, que pone su morada en medio de nosotros y nos acompaña en nuestro peregrinar. Sorprendente, porque puede llegar al anochecer, a la media noche, al canto del gallo o a la madrugada, o sea, en cualquier momento; su presencia no está ligada a momentos privilegiados y lugares especiales. Sorprendente, porque para recibirlo adecuadamente no hay que estar haciendo cosas extraordinarias ni montando espectáculos grandiosos, sino estar en su casa y haciendo lo que debemos hacer", viviendo en plenitud el momento presente y no con los miedos del futuro. Sorprendente, porque nos invita a discernir los signos de los tiempos, a andar por caminos de amor y de justicia. Sorprendente, porque no viene ante todo a exigir, a pedir cuentas, sino a dar, tal y como nos lo ha dicho San Pablo: "A enriquecernos con abundancia... a tal grado que no carezcamos de ningún don, los que esperamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo».

El Señor sorprendente que viene a nosotros pide una reacción sorprendente en los que nos preparamos a recibirlo: sorprendente porque debemos tener una actitud dinámica y de discernimiento de los signos de los tiempos, sin dejarnos llevar por las actitudes o por las ideologías de moda, sin caer en la somnolencia o en la indiferencia frente a lo que acontece en nuestro mundo y sociedad. Sorprendente, para no dejamos llevar por la avalancha de derrotismo, quejumbre y lamentación, sino comprometidos en el presente con lucidez y realismo; vigilantes y trabajando por una sociedad más justa y fraterna que es lo único que puede ayudar a muchas personas a levantar la cabeza y a luchar contra la desesperanza.

La Iglesia siguiendo los pasos de su Maestro "debe ser un amor que busca, un amor sorprendente". Debe buscar caminos nuevos para que el Evangelio y el amor de Dios llegue a donde todavía no ha llegado, llegue a los que por algún motivo pueden perder la esperanza.

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