XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, 6 de noviembre de 2011.

Igual que nuestros antepasados se llenaron de miedo pensando que el mundo se acabaría en el año 1000, ahora muchos están resucitando la profecía atribuida a los mayas. Lo cierto es que la única profecía segura es la de Jesús: "Nadie sabe ni el día ni la hora, sino sólo el Padre". Y la consecuencia de esa incertidumbre no debe ser vivir como si nunca fuera a llegar el final y mucho menos vivir llenos de angustia, sino vivir en plenitud y vigilantes como si el final pudiera llegar en cualquier instante: "Por lo tanto, velen, ya que no saben ni el día ni la hora". "Levanten sus cabezas porque su redención se avecina".

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México


6 de noviembre de 2011, XXXII Domingo del Tiempo Ordinario.

Igual que nuestros antepasados se llenaron de miedo pensando que el mundo se acabaría en el año 1000, ahora muchos están resucitando la profecía atribuida a los mayas. Lo cierto es que la única profecía segura es la de Jesús: "Nadie sabe ni el día ni la hora, sino sólo el Padre". Y la consecuencia de esa incertidumbre no debe ser vivir como si nunca fuera a llegar el final y mucho menos vivir llenos de angustia, sino vivir en plenitud y vigilantes como si el final pudiera llegar en cualquier instante: "Por lo tanto, velen, ya que no saben ni el día ni la hora". "Levanten sus cabezas porque su redención se avecina".

Con la parábola de las diez vírgenes que salen al encuentro del esposo, Jesús ha querido describir la actitud de sus discípulos en el mundo y el significado mismo de su paso por esta vida. El Señor ha querido ayudarnos a responder la eterna e inquietante pregunta ¿Hacia dónde caminamos? Conociendo las costumbres nupciales de su pueblo, Jesús nos retrata un bellísimo cuadro en el que domina la actitud de vigilante espera. El ambiente es de suspenso, se sabe que el esposo llegará a recoger a la esposa de su casa. Todos están esperando, algunos aguardan en la esquina, otros se asoman por las ventanas, todos hablan del esposo y esperan que alguien lance el grito: "¡Ya llegó el esposo! ¡Salgan a su encuentro!".

Esta es nuestra condición de peregrinos sobre esta tierra: saber esperar. Como cristianos estamos seguros que tarde o temprano nos encontraremos con la realidad de la muerte y que este acontecimiento, que en un primer momento nos parece trágico, es un acontecimiento que puede iluminar nuestro caminar. El saber esperar no es una actitud pasiva o un dejar que pase el tiempo simplemente, como el siervo que enterró el talento recibido esperando el regreso del patrón. Para las vírgenes de la parábola la espera está llena de dos preocupaciones: el tener las lámparas encendidas y el estar preparadas para salir al encuentro del esposo, que traducido a nuestro lenguaje significa: vigilancia y fidelidad.

Fidelidad y vigilancia que se hacen imprescindibles y urgentes ya que no conocemos ni el día ni la hora. Ciertamente no lo sabían las vírgenes del Evangelio ni lo conocemos nosotros. Como no lo sabían nuestros hermanos que salieron de viaje con motivo del "puente" de la semana pasada y ya no regresaron a casa. Todos sabemos el "que" vamos a morir, pero no conocemos el "cuándo". ¿Esto significa que vamos a vivir como aguantando la respiración, pensando día y noche en la muerte, como paralizados y aterrorizados por este pensamiento? ¡De ninguna manera! ¡Al contrario! Significa valorar la vida y llenarla de contenido y de realizaciones, significa vivir en plenitud el tiempo que se nos ha concedido. La lámpara encendida significa la fe que se alimenta con buenas obras, o como dice San Pablo, "la fe que se hace activa en la caridad". San Francisco decía a los suyos, cuando sintió que su fin se acercaba: "Hermanos, comencemos a hacer el bien, porque hasta ahora es poco lo que hemos hecho". Cristo lo expresa con claridad cuando dice: "Caminen mientras hay luz".

Pero además de esta actitud positiva ante la vida no olvidemos que la luz de las lámparas significa la esperanza. La parábola de las diez jóvenes está centrada en la espera del esposo que viene a recoger a la esposa para llevársela consigo. La vida del cristiano debe estar orientada entre la espera y la esperanza de la vuelta de Cristo Esposo que viene a celebrar las bodas definitivas y eternas con su Iglesia y con cada uno de nosotros. San Pablo nos recuerda, en la segunda lectura de hoy, esa vuelta de Jesús al final de los tiempos, que para cada uno de nosotros comenzará con la muerte personal.

Terminemos nuestra reflexión dominical recordando la conclusión de la parábola: "El esposo llegó, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta". Esto mismo evocamos y anticipamos en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas cuando decimos: "Dichosos los invitados a la cena del Señor". Pidamos fervientemente al Señor que los que estamos celebrando el banquete eucarístico estemos un día celebrando el banquete eterno.

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