XXIX Domingo Ordinario, 16 de Octubre del 2011.

Puede la Iglesia meterse en política? ¿debe hacerlo? Y si puede y debe hacerlo ¿cómo? He aquí una triple cuestión de gran importancia y actualidad. El pasaje evangélico de hoy nos ilumina cómo conciliar vida de Iglesia y política. Cómo conciliar estos dos elementos, para superar uno de los problemas más serios que tenemos a nivel nacional, la separación entre fe y vida.

Hemos escuchado cómo Jesús sale airoso de la trampa que le han puesto: si defendía el pago del impuesto, se le podía acusar de colaboracionista con el imperio invasor, y si se oponía al pago del tributo, podía aparecer como peligroso y rebelde a la autoridad. Jesús, partiendo de la premisa, de que el reino del César y el Reino de Dios no necesariamente se oponen, acuña una sentencia doctrinal decisiva para iluminar la conducta de los hombres ante la autoridad humana y divina, las relaciones de los ciudadanos con el estado, y de todos con Dios: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Así Jesús establece, algo desconocido hasta ese momento, la necesaria separación entre religión y política, entre la Iglesia y el Estado. Separación no quiere decir contraposición y menos mutua negación.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México


16 de Octubre del 2011, XXIX Domingo Ordinario

Puede la Iglesia meterse en política? ¿debe hacerlo? Y si puede y debe hacerlo ¿cómo? He aquí una triple cuestión de gran importancia y actualidad. El pasaje evangélico de hoy nos ilumina cómo conciliar vida de Iglesia y política. Cómo conciliar estos dos elementos, para superar uno de los problemas más serios que tenemos a nivel nacional, la separación entre fe y vida.

Hemos escuchado cómo Jesús sale airoso de la trampa que le han puesto: si defendía el pago del impuesto, se le podía acusar de colaboracionista con el imperio invasor, y si se oponía al pago del tributo, podía aparecer como peligroso y rebelde a la autoridad. Jesús, partiendo de la premisa, de que el reino del César y el Reino de Dios no necesariamente se oponen, acuña una sentencia doctrinal decisiva para iluminar la conducta de los hombres ante la autoridad humana y divina, las relaciones de los ciudadanos con el estado, y de todos con Dios: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Así Jesús establece, algo desconocido hasta ese momento, la necesaria separación entre religión y política, entre la Iglesia y el Estado. Separación no quiere decir contraposición y menos mutua negación.

La primera afirmación de Jesús es una rotunda defensa del respeto y la obediencia que se debe a la autoridad civil legítimamente constituida o aceptada por el pueblo. El alcance del poder temporal tiene un horizonte muy amplio, tiene su legítima autonomía, como lo declaró el Concilio Vaticano II. Abarca todo aquello que está destinado al bien de la comunidad, al marco jurídico-legal aprobado por la mayoría del pueblo o de sus legítimos representantes. Hay que obedecer al gobierno en todas las leyes y normas que tienen como meta los derechos humanos y sus deberes correspondientes.

En contrapartida, la autoridad civil tiene como límites todo aquello que va en contra de los ciudadanos, porque el poder del gobernante no tiene más función que el servicio efectivo al pueblo que lo eligió o aceptó. Cuando la autoridad se sale del marco legal desde donde puede y debe gobernar, no hay obligación de tributarle obediencia, y si se opone abiertamente a los derechos humanos fundamentales, entonces hay que negarle la obediencia.

Pero, ¿y si se opone a los derechos divinos? ahí está la segunda limitación del poder civil, sancionada por la sentencia de Jesús: “Dad a Dios lo que es de Dios”. Por una parte, esto significa que la autoridad humana no es absoluta. Aunque tiene como campo de su autonomía el bienestar social, este mismo bien exige que respete la ley natural, el proyecto de Dios sobre el hombre y no se oponga a él con leyes injustas o inhumanas. Pero también, respetando positivamente a Dios, para lo cual no hace falta que se ponga su nombre al frente de la Constitución, pero sí que se respete su presencia en la conciencia de los creyentes, para lo cual los gobernantes deben legalizar y proteger en la práctica la libertad de conciencia, de religión y de culto, a fin de que los ciudadanos puedan profesar, privada y públicamente su amor y respeto a Dios, como individuos y como grupo, en la intimidad de su vida y en la sociedad en que conviven. Este deber de “dar a Dios lo que es de Dios” no sólo compete al Estado, sino que urge también a cada uno de los hombres y sociedades intermedias, que debemos poner la obediencia a Dios por encima del respeto al César.

Siendo la Iglesia la continuadora de Jesús en la historia, podemos concluir que puede y debe meterse en política como lo hizo Jesús. Es decir, recordando a los cristianos y a los hombres en general que deben obedecer y respetar a la autoridad en todo y sólo aquello que se dirija en bien de la comunidad. Y recordando a la autoridad civil que sólo tiene poder para legislar en favor de los derechos y deberes humanos sin oponerse a los divinos. Si la Iglesia quiere ser fiel a su Maestro no puede descuidar la dimensión social del cristianismo, que nos manda dar al César lo que es del César, obedeciendo todas las leyes justas, pero también, defendiendo siempre la dimensión religiosa de la vida humana, que nos ordena dar a Dios lo que es de Dios.

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