Peregrinación Anual de Enfermos, 15 de Octubre del 2011.

Queridos hermanos y hermanas, como ya se ha hecho una tradición, cada año nos reunimos aquí, en la casa de nuestra dulce Madre del Tepeyac, para experimentar su consuelo y ternura: “¿Que no soy yo tu salud?”, nos dice con una compasión que se abaja hasta nosotros para tomar sobre sí nuestras miserias y sufrimientos, y llevarlos bondadosa hasta su Divino Hijo, como prenda preciosa de todos ustedes que, por el sufrimiento, han sido asociados a la Pasión de Cristo.

En la Primera Lectura que hemos escuchado, el Profeta Isaías se hace portavoz del pueblo que contempla a distancia el drama del Siervo de Dios que sufre. Esta situación de dolor no es a causa de los pecados cometidos por el que padece, y de ahí el estupor y el escándalo que surge en la voz del profeta por el sufrimiento del inocente: “¿Quién habrá de creer lo que hemos anunciado? Triturado por el sufrimiento, portador de nuestros dolores, lo tuvimos por despreciable, castigado por Dios y humillado, despreciado por los hombres”. Y así, contemplamos también nosotros al Siervo inocente, castigado por Dios y despreciado de los hombres, y nos preguntamos: ¿Por qué? Y el profeta responde: “¡Él soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus heridas hemos sido curados!”.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo primado de México en la Peregrinación Anual de Enfermos, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.


15 de Octubre del 2011, Peregrinación Anual de Enfermos

Queridos hermanos y hermanas, como ya se ha hecho una tradición, cada año nos reunimos aquí, en la casa de nuestra dulce Madre del Tepeyac, para experimentar su consuelo y ternura: “¿Que no soy yo tu salud?”, nos dice con una compasión que se abaja hasta nosotros para tomar sobre sí nuestras miserias y sufrimientos, y llevarlos bondadosa hasta su Divino Hijo, como prenda preciosa de todos ustedes que, por el sufrimiento, han sido asociados a la Pasión de Cristo.

En la Primera Lectura que hemos escuchado, el Profeta Isaías se hace portavoz del pueblo que contempla a distancia el drama del Siervo de Dios que sufre. Esta situación de dolor no es a causa de los pecados cometidos por el que padece, y de ahí el estupor y el escándalo que surge en la voz del profeta por el sufrimiento del inocente: “¿Quién habrá de creer lo que hemos anunciado? Triturado por el sufrimiento, portador de nuestros dolores, lo tuvimos por despreciable, castigado por Dios y humillado, despreciado por los hombres”. Y así, contemplamos también nosotros al Siervo inocente, castigado por Dios y despreciado de los hombres, y nos preguntamos: ¿Por qué? Y el profeta responde: “¡Él soportó el castigo que nos trae la paz. Por sus heridas hemos sido curados!”.

Sí, es justo, como lo hizo Job, lanzar en medio del sufrimiento del inocente la pregunta a Dios: ¿Por qué? Y Dios no la evade, nos responde levantando en lo alto a su Hijo Crucificado, al inocente, al que no tenía pecado, traspasado por nuestras rebeliones, desfigurado hasta el punto de no tener ya aspecto humano, y el Padre Eterno contesta como el profeta: por sus heridas hemos sido curados, por la brutal violencia padecida en la Cruz nos ha conquistado la paz.

Sabemos, hermanos y hermanas, que el amor no es sólo un sentimiento; si eso fuera, se convertiría en algo efímero, sin sustento, porque fugaces y volubles son nuestras emociones. El amor, según nos ha enseñado Jesús, es una entrega de la propia vida a favor del que se ama, es buscar en primer lugar su bien, su felicidad; pero ésta es la primera etapa del amor, pues hay una que es más perfecta: sufrir por quien se ama, sacrificarse a favor de él, y eso es justamente lo que ha hecho Jesucristo, se ha entregado por nosotros, ha padecido por nosotros, ha pagado el castigo que merecían nuestras rebeldías y pecados.

Ahora bien, si Cristo ha pagado por nuestros pecados, ¿por qué continúa el sufrimiento en el mundo?, ¿por qué los inocentes siguen padeciendo y parece que triunfan los malvados? Tenemos dos respuestas a esta grave interrogante. Primero: porque el pecado sigue existiendo y por el pecado entró el sufrimiento y la muerte en el mundo. Y segundo: la naturaleza humana es frágil y en su desarrollo natural nos lleva al deterioro y a la muerte.

El sufrimiento –no sólo el físico sino el moral– puede tomar dos caminos: el sendero del que no tiene fe y vive angustiado temiendo que éste llegue; y cuando arriba, lo vive con rabia, tristeza y desesperación. El otro camino es del que tiene fe, que aún sin dejar de temerle al sufrimiento, es capaz de aceptarlo con paz, amor y hasta alegría, y abrasarse a la cruz de su Señor Crucificado para, como dice san Pablo, crucificarse con Cristo y desde ahí entender que el sufrimiento, lejos de ser destructor, se vuelve en redentor, se transforma en santificador, porque al unir nuestro dolor al de Cristo se funde un uno solo, y entonces es ese mismo amor que sufre, y que sufriendo salva.

Nuestros sufrimientos momentáneos y ligeros –nos dice san Pablo en la Segunda Lectura-, nos producen una riqueza eterna, una gloria que los sobrepasa con exceso. Nosotros no ponemos la mira en lo que se ve, sino en lo que no se ve, porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno. Y así, queridos hermanos y hermanas, ustedes mismos no saben cuán precioso es su sufrimiento para la Iglesia, no imaginan cuanto pueden hacer por las personas que aman y por la conversión de los pecadores, por la propagación del reino de Dios, por sus pastores, por los que sufren sin esperanza, por los que viven sin sentido.

No cabe duda que los pobres y los enfermos son el tesoro de la Iglesia, son los preferidos del corazón misericordioso de Jesús y del amparo de su piadosísima Madre. Queridos hijos míos, siéntanse profundamente amados por Dios, experimenten en su dolor el privilegio de abrazarse a la Cruz de Nuestro Señor. No están solos, la Iglesia está con ustedes y ustedes sostienen con su sacrificio a la Iglesia.

No, ustedes no viven una desgracia sino una gracia, la de estar unidos al dolor redentor de Cristo, la espera gozosa de la corona de gloria que recibirán como premio del sufrimiento padecido, y la paz, la paz que es un regalo de Dios, pero que se conquista cuando vencemos nuestro egoísmo y entendemos que amar es entregarse y sufrir por quien amamos.

San Francisco de Sales, en su espléndida obra Tratado del amor de Dios, nos dice: “El Salvador nos conocía a todos por los nombres y apellidos, pero sobre todo pensó en nosotros con un amor particular cuando ofreció sus lágrimas, sus oraciones, su sangre y su vida por nosotros… El monte Calvario es el monte de los amantes. El amor que no tiene su origen en la Pasión de Jesús es frívolo y peligroso. Desgraciada es la muerte sin el amor del Salvador; desgraciado es el amor sin la muerte de Jesús. Amor y muerte están tan íntimamente unidas en la Pasión del Señor que no pueden estar en el corazón uno sin otro. En el Calvario no se alcanza la vida sin el amor, ni el amor sin la muerte del Redentor; fuera de allí, todo es muerte eterna o amor eterno, la plena sabiduría cristiana está en saber elegir bien”.

Y ustedes hermanos han elegido bien, han escogido abrazarse a la cruz de Cristo, han elegido amar con el amor de Él. No dejen de ofrecer al Padre lo más precioso que tienen: su sufrimiento, por todos los hombres, por este México que sufre la violencia, la pérdida del sentido de la vida y de la dignidad humana. No dejen de pedir por la conversión de los pecadores, de los criminales, de los corruptos, de la clase política y también por sus pastores para que seamos fieles únicamente a Dios y a su Iglesia. No dejen de rogar por los que sufren sin el consuelo y la esperanza de la fe.

Así como el sacerdote toma el pan y el vino para ofrecerlos a Dios, pidiendo que los convierta en el Cuerpo y la Sangre del Señor, así ustedes, tomen su vida y sufrimiento y ofrézcanlo al Señor como una ofrenda preciosa y agradable por su propia salvación y por la salvación del mundo. Dios verá con agrado su sacrificio y transformará su dolor y sufrimiento en bien para la humanidad y en paz para sus corazones que hallarán descanso en Cristo, porque su yugo es suave y su carga es ligera.

Que María, la Madre de Dios, les alcance la fortaleza para que, como ella, puedan permanecer de pie ante la cruz, con la esperanza y el consuelo que detrás del sufrimiento está la gloria y la felicidad plena que no tendrá fin.

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