IV Domingo de Adviento, 23 de Diciembre del 2012.

En los domingos anteriores de Adviento la Palabra de Dios nos ha preparado a recibir a Cristo con dos grandes figuras: Isaías y Juan Bautista, hoy la liturgia está impregnada por la figura dulce y silenciosa de María. Ella nos ayuda a intensificar y a concentrar nuestra espera del Redentor. María es el camino real por el cual ha venido nuestro Salvador. Si queremos llegar al Salvador debemos utilizar el mismo camino real por el cual Él ha venido a nosotros.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México,en la Catedral Metropolitana de México.


23 de Diciembre del 2012, IV Domingo de Adviento.

En los domingos anteriores de Adviento la Palabra de Dios nos ha preparado a recibir a Cristo con dos grandes figuras: Isaías y Juan Bautista, hoy la liturgia está impregnada por la figura dulce y silenciosa de María. Ella nos ayuda a intensificar y a concentrar nuestra espera del Redentor. María es el camino real por el cual ha venido nuestro Salvador. Si queremos llegar al Salvador debemos utilizar el mismo camino real por el cual Él ha venido a nosotros.

Acabamos de escuchar el fundamento divino de la auténtica devoción a la Virgen: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”. Este es el fundamento divino de la devoción a María: su elección entre todas las mujeres de todos los tiempos, clases y lugares. Bendita, porque es llena de gracia y llena de Jesús el autor de la gracia. Por esto nos unimos al coro de voces dos veces milenario que la llaman bienaventurada, porque el Señor ha hecho cosas grandes en ella: Inmaculada, porque es llena de gracia; Bendita, porque es la Madre del Hijo único de Dios.

María, que llevó en su seno durante nueve meses al Hijo de Dios, nos enseña cómo debemos esperar a Jesús. Ella nos enseña a comunicarnos con su divino Hijo. Ella nos enseña cómo imitarlo. Cuánta razón tenía aquella mujer del pueblo que gritó a Jesús: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que mamaste”, pero más razón tenía Jesús cuando respondió: “Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. Así lo realizó María, llamándose a sí misma “la servidora del Señor” y programó toda su vida con esta frase: “Hágase en mí según tu palabra”.

María con su ejemplo nos enseña la actitud que debe tener aquel que recibe a Cristo, aquel que se encuentra con el Dios vivo. Después de haber recibido el saludo del ángel y consciente de que había sido elegida para ser la Madre de Dios: “María se puso en camino y fue aprisa a la montaña para servir a su prima Isabel que estaba esperando un niño”. Es la actitud de aquel que ha abierto su corazón a Dios: servir a los hermanos. María empezó a cumplirlo con Isabel y lo cumplirá luego en las bodas de Caná, y a lo largo de toda su vida terrenal y después a través de los siglos sigue sirviendo a todos los hombres a través de diversas y maravillosas intervenciones.

Algo que destaca el evangelio de hoy es la alegría comunicativa de María: “En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la creatura saltó de gozo en mi vientre”. Con cuánta razón la invocamos en las letanías como “causa de nuestra alegría”, porque ella nos da a Jesús fuente de gozo y de alegría temporal y eterna. El cristiano debe ser radicalmente alegre, porque ha sido salvado. También nosotros podemos llevar esa salvación y esa alegría a los demás y decirle al hermano que nos escucha: “Dichoso tú que has creído, porque se cumplirá lo que te ha dicho el Señor”. La fe es alegre porque nos permite engendrar a Cristo en nosotros y en los demás. En esta Navidad llevemos a Cristo a algún hermano nuestro que aún no lo conoce o que por algún motivo se ha retirado de Él: Nos llenaremos de alegría y daremos a nuestro hermano el verdadero gozo que salva.

Si Adviento significa “espera de Cristo”, María es la espera en persona, porque la espera para ella tuvo el sentido realista y delicado que tiene para toda mujer que espera el nacimiento de su hijo. María es en persona el Adviento, la espera. María embarazada es buena nueva porque el Evangelio está en su seno, ella es la Madre del Evangelio porque en ella la Palabra Eterna del Padre se encarnó. Con cuánta razón la llamamos: “la primera evangelizadora” y con cuánta razón reconocemos en Santa María de Guadalupe a María de Nazaret la que en su seno lleva al verdaderísimo Dios por quien se vive, la que nos da el fruto de su vientre Jesús.

La aclamación del evangelio ha resaltado la respuesta de María: “Yo soy la esclava del Señor; que se cumpla en mí lo que me has dicho” y en el evangelio Isabel ha declarado bienaventurada a María: “Dichosa tú, que has creído”. La segunda lectura tiene frases semejantes: “Aquí estoy, Dios mío, vengo para hacer tu voluntad”. Nuestra redención se ha inaugurado con dos “sí”, con dos “aquí estoy para hacer tu voluntad”. Es maravilloso ver en la historia de la salvación cómo Dios respeta la libertad humana, cómo pide la colaboración del hombre, cómo busca la aceptación del proyecto de salvación que le está ofreciendo. Para María, lo acabamos de mencionar, el decir “aquí estoy”, significó levantarse e ir de prisa a la montaña para ayudar a su prima Isabel. Dios nos llama y nos invita, día tras día, a realizar su proyecto de salvación, a recibirlo con un corazón sincero y esto significa superar las dificultades, dar la ayuda que está a nuestro alcance, recogernos en oración, decir una palabra o quizá callar. Al llamado de Dios también nosotros debemos responder con un sí, como respondió Samuel: “Aquí estoy Señor porque me has llamado”. Recibir a Cristo en esta Navidad, tener un encuentro con Jesucristo vivo, reclama de nosotros disponibilidad para hacer su voluntad, valentía para cambiar de vida, alegría para servir y generosidad para compartir la propia vida.

Terminamos nuestra reflexión contemplando a María, nuestro modelo de Adviento. En esta eucaristía vayamos al encuentro de Jesús por el camino por el cual Él ha llegado a nosotros. El cuerpo de Cristo que vamos a recibir es “el verdadero cuerpo nacido de María virgen”. Tengamos los mismos sentimientos de María, tengamos el mismo espíritu de María y con ella recitemos el Magníficat, con ella glorifiquemos a Dios y unidos a ella alegrémonos por la presencia de Jesús en medio de nosotros.

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