Festejo de Nuestra Señora de Guadalupe,12 de Diciembre del 2012.

¡¡Dichosa tú, que has creído! (Lc 1, 45) Fue la aclamación, el saludo espontáneo, que surgió desde las entrañas de Isabel cuando vio que la Madre de Dios venía a verla, y en esta alegría se unió Juan, quien daba saltos de gozo. El humilde Juan a quien se le llamaría el Bautista. Isabel y Juan tenían corazones humildes que reciben en la fe a Aquella que es la mujer de la fe, la que ha creído, y con ello se ha logrado que el Salvador se encontrara en medio de ellos.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, En la Insigne Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe


12 de Diciembre del 2012, Festejo de Nuestra Señora de Guadalupe

¡¡Dichosa tú, que has creído! (Lc 1, 45) Fue la aclamación, el saludo espontáneo, que surgió desde las entrañas de Isabel cuando vio que la Madre de Dios venía a verla, y en esta alegría se unió Juan, quien daba saltos de gozo. El humilde Juan a quien se le llamaría el Bautista. Isabel y Juan tenían corazones humildes que reciben en la fe a Aquella que es la mujer de la fe, la que ha creído, y con ello se ha logrado que el Salvador se encontrara en medio de ellos.

Mujer de fe que pone a Jesús en el corazón del ser humano, este ser humano creado a imagen y semejanza de Dios. La fe es un maravilloso regalo, pero somos nosotros quienes debemos profundizarla y hacerla crecer; y en la medida en que sirvamos a los demás, será la medida como estaremos llenos del gozo de la llegada de Dios, por medio de su Madre. Los indígenas decían una hermosa y profunda expresión: “hay que tener el corazón endiosado”, no quiere decir el tener un corazón soberbio, no; sino lo que quieren decir es: “tener un corazón lleno de Dios”. Y es este corazón el que mueve a la vida verdadera, es el corazón que palpita con aquel que lo creó; es decir, es el corazón lleno del amor de Dios que se entrega al hermano en el servicio, en el amor y en el perdón. Un corazón “endiosado”, un corazón que sabe ser lo suficientemente humilde para que Dios reine en él. Es el morir a nuestro egoísmo y soberbia; y renacer a una nueva vida llena del palpitar del amor.

La siempre Virgen María, Madre de Dios, con ese corazón lleno de su amor, inmediatamente se da cuenta de que podía y debía servir a tantos seres humanos que clamaban a Dios. Seres humanos que, en su ceguedad, las tinieblas los habían despedazado; seres humanos con las arrugas, achaques y ancianidad de saberse cerca de la muerte; personas que rendían culto con sacrificios humanos a ídolos falsos, y no sólo quitando corazones y sangre para ofrecerla en ceremonias terribles; me refiero a que también habían personas que decían creer en el verdadero y único Dios y, sin embargo, adoraban al becerro de oro y se arrodillaban ante los ídolos del poder, de la ambición, de la soberbia, de la traición, del asesinato y de la violencia. Santa María de Guadalupe, la Madre del verdaderísimo Dios, Mujer de fe, mujer con el corazón lleno de ese amor, ha venido aquí, no sólo a vernos o a visitarnos, sino que ha venido a quedarse con nosotros; y no viene sola, Ella trae en su inmaculado y virginal vientre a su amado Hijo. Ella, la Siempre y Perfecta Virgen Santa María viene “encinta”, embarazada, trayendo al verdaderísimo Dios por quien se vive. ¡Dichosa tú, que has creído! ¡Dichosa tú, que has venido! ¡Dichosa tú, que has tenido piedad y misericordia de este tu pueblo! Santa María de Guadalupe ha venido aquí, que tanto necesitamos al verdaderísimo Dios por quien se vive, para que libere a su pueblo de toda ceguera, de las tinieblas del crimen, de la violencia, de los secuestros, del asesinato; adorando los ídolos del sexo, del dinero, del poder, del poseer; ídolos que destrozan el corazón que Dios ha creado a imagen y semejanza suya y que despedazan el templo del Espíritu Santo, “casita sagrada” del amor.

María ¡Dichosa tú, que has creído! Santa María de Guadalupe ¡Dichosa tú, que has venido! Cuando en aquel frío invierno de 1531, en este lugar sagrado del Tepeyac, Santa María de Guadalupe nos dice, por medio de su fiel mensajero, san Juan Diego: “Porque en verdad, yo me honro en ser tu madre compasiva, tuya y de todos los hombres que vivís juntos en esta tierra, y también las demás variadas estirpes de hombre, los que me amen, los que me llamen, los que me busquen, los que confíen en mí. Porque ahí, en verdad, escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores.” (Nican Mopohua, vv. 29-32). ¡Cómo necesitamos, más que nunca, este mensaje de salvación y vivirlo hasta lo más profundo del corazón! Tanto en esta Tierra Sagrada del Tepeyac, como de la Tierra Santa donde se dio aquel encuentro de las dos mujeres que vivieron el milagro de la vida, una tierra que ahora sufre y se desangra con el odio y la división, una Tierra Santa que entre violencia y destrucción sólo ha quedado la desolación.

¡Necesitamos este mensaje del amor y del perdón de Dios, por medio de Santa María de Guadalupe! Tan es así, que Nos llenó de júbilo y de alegría que hace un año, precisamente en esta fiesta de la Virgen de Guadalupe celebramos, junto con el Santo Padre Benedicto XVI, la Santa Misa de la fiesta de la Patrona del Continente Americano. Y ahora nuestro corazón reboza de alegría y de esperanza, pues el Papa ha querido que en estas fiestas de Santa María de Guadalupe de este año, del 9 al 12 de este mes, se realizara un gran Congreso en el Vaticano en donde se pudiera reflexionar en la Exhortación Apostólica Ecclesia in America y en el mensaje profundo y actual del Acontecimiento Guadalupano y darlo a conocer, desde ese lugar y unido a san Pedro, al mundo entero; por ello, Su Santidad encomendó a la Pontificia Comisión para América Latina, a la gran comunidad de los Caballeros de Colón y a nuestro Instituto Superior de Estudios Guadalupanos, para que se realizara este Congreso en donde el mensaje de esperanza, de amor y lleno de fe de la humilde Morenita del Tepeyac, Patrona de todo el Continente Americano, llegara a todo corazón y pudiera palpitar con Aquel que es la vida verdadera y que nos hace hermanos entre todos los seres humanos.

Santa María de Guadalupe llena del Espíritu Santo, sierva del Señor y Madre del Salvador, viene hasta nuestro corazón, viene a darnos la luz verdadera, viene a quitarnos toda tiniebla e idolatría; Ella viene a poner al verdaderísimo Dios en nuestro corazón para que seamos conscientes y vivamos en el amor de ser una sola familia, su familia; en donde no hay más miedos ni temores, ni fatalismos ni desgracias; en donde la alegría, como la de su prima Isabel, llena nuestra existencia; en donde saltamos de gozo como Juan; en donde el amor florece entre cantos. Ella que nos lleva hasta su amado Hijo, en el hueco de su manto en el cruce de sus brazos. Santa María de Guadalupe ¡Dichosa tú, que has creído! Santa María de Guadalupe ¡Dichosa tú, que nos has enseñado a creer en el verdaderísimo Dios por quien se vive! ¡Dichosa tú, que sigues creyendo también en cada uno de nosotros, simplemente porque nos amas!.

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