Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo, 25 de Noviembre del 2012.

La realeza de Cristo debemos interpretarla en base a la visión profética de Daniel. Hoy hemos escuchado los párrafos que sin duda alguna constituyen el corazón del libro de Daniel, en donde se nos presenta al "Hijo del Hombre", no sólo glorioso, sino celestial, bajando entre las nubes del cielo. Después de la aparición de las cuatro bestias monstruosas salidas del mar, representando a las cuatro potencias extranjeras que desde el tiempo de Nabucodonosor afligían al "pueblo escogido", Dios, sentado solemnemente en su trono, juzga a la cuarta bestia que era el reino de Antíoco que estaba imponiendo a los Hebreos la cultura helénica para demostrar que el poder político tenía la fuerza y los recursos para invadir y dominar el campo religioso, persiguiendo a los judíos que permanecían fieles a la religión de sus padres. Reafirmando y superando la figura del Hijo del Hombre, el Apocalipsis de San Juan nos presenta a Jesús como Cristo o Mesías, dándole los títulos de testigo fiel, primogénito de los muertos, soberano de los reyes de la tierra, que sin duda alguna nos llevan al contenido esencial del misterio pascual de Jesucristo. San Juan para animar a la comunidad cristiana perseguida, anuncia la venida gloriosa de Cristo como rey escatológico que juzga al mundo. La breve presentación apocalíptica concluye con un oráculo en donde Dios mismo se presenta como el Alfa y la Omega, como principio y fin de todas las cosas, como "El que es, el que era y el que ha de venir, el todopoderoso", en clara alusión a su dignidad regia.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana.


25 de Noviembre del 2012, Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo

La realeza de Cristo debemos interpretarla en base a la visión profética de Daniel. Hoy hemos escuchado los párrafos que sin duda alguna constituyen el corazón del libro de Daniel, en donde se nos presenta al "Hijo del Hombre", no sólo glorioso, sino celestial, bajando entre las nubes del cielo. Después de la aparición de las cuatro bestias monstruosas salidas del mar, representando a las cuatro potencias extranjeras que desde el tiempo de Nabucodonosor afligían al "pueblo escogido", Dios, sentado solemnemente en su trono, juzga a la cuarta bestia que era el reino de Antíoco que estaba imponiendo a los Hebreos la cultura helénica para demostrar que el poder político tenía la fuerza y los recursos para invadir y dominar el campo religioso, persiguiendo a los judíos que permanecían fieles a la religión de sus padres. Reafirmando y superando la figura del Hijo del Hombre, el Apocalipsis de San Juan nos presenta a Jesús como Cristo o Mesías, dándole los títulos de testigo fiel, primogénito de los muertos, soberano de los reyes de la tierra, que sin duda alguna nos llevan al contenido esencial del misterio pascual de Jesucristo. San Juan para animar a la comunidad cristiana perseguida, anuncia la venida gloriosa de Cristo como rey escatológico que juzga al mundo. La breve presentación apocalíptica concluye con un oráculo en donde Dios mismo se presenta como el Alfa y la Omega, como principio y fin de todas las cosas, como "El que es, el que era y el que ha de venir, el todopoderoso", en clara alusión a su dignidad regia.

También para los evangelios sinópticos el tema del Reino es central en la predicación de Jesús. San Juan casi no toca este tema durante la vida pública de Cristo, pero le da una especial relevancia durante la pasión como hoy lo pudimos constatar al escuchar el diálogo entre Cristo y Pilato. El cúlmen del diálogo es ciertamente la respuesta de Jesús en donde afirma su realeza, pero aclarando: "Mi Reino no es de este mundo". El reino de Cristo no es de origen terreno, le viene de lo alto, ni se sustenta en la fuerza o en el poder mundano, su realeza se realiza en el anuncio de la verdad, manifestando claramente la revelación de la bondad del Padre.

El conocimiento de Cristo Rey nos servirá para evitar la confusión de su reinado con cualquier régimen social, pero también nos ayudará a hacer conciencia de nuestra dignidad y de nuestros compromisos como miembros vivos de ese Reino que vino a inaugurar Cristo Jesús hace dos mil años. "Sí, yo soy rey, como tú lo dices... Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Sí, Jesús es Rey dando testimonio de la verdad encargada por el Padre: anunciando el evangelio a los hombres. Por esto, nosotros los súbditos de Cristo Rey debemos recoger la antorcha del Evangelio en nuestras manos y testimoniar con nuestras vidas la verdad proclamada por Jesús. Pero antes que voceros del Evangelio, los cristianos debemos ser oyentes, como el mismo Jesús nos lo recuerda: "El que es de la verdad escucha mi voz". Ser ciudadano del Reino de Cristo es hacerse discípulo suyo teniendo el Evangelio como manual de formación permanente: “Discípulos y misioneros” como lo recalca Aparecida.

En esta época de separación jurídica entre Iglesia y Estado, los cristianos, lo mismo que otros grupos humanos, debemos defender la libertad de expresión y debemos manifestar abiertamente nuestros criterios y convicciones, los cuales deberán ser escuchados dentro del sistema democrático, como deben ser escuchadas las voces de aquellos que no creen en Cristo. Cuando Jesús afirma: "Mi reino no es de este mundo", no quiere decir que no deba vivirse en la tierra, pues es en la tierra a donde él vino a proclamar la Buena Nueva, sino que no ha de implantarse ni defenderse como los regímenes terrenos desde el poder y la fuerza.

Sin duda alguna, todos nosotros queremos hacer conciencia de la elección amorosa que Cristo ha hecho a cada uno de nosotros para pertenecer a su Reino desde el día de nuestro bautismo. En ese acto sacramental, punto de partida de toda vida cristiana, Cristo nos ha dicho a todos y a cada uno de sus discípulos: "No me has elegido tú a mí, yo soy el que te he elegido a ti, y te he destinado a que vayas y des fruto y tu fruto permanezca". ¡Cuánto dinamismo y cuánta fortaleza daría a nuestras vidas si fuéramos conscientes de esta gran verdad! Sabemos que San Pablo, el gran apóstol de los gentiles, vivía profundamente esta convicción de sentirse amado y elegido hasta llegar a exclamar: "Me amó y se entregó por mi".

Esta elección de Cristo tiene una clara exigencia de la cual el mismo Cristo nos advierte: "Yo te he elegido para que vayas y des mucho fruto, y tu fruto permanezca". Por esto, todos nosotros debemos sentirnos no sólo amados y elegidos, sino también enviados por Cristo, como hermosamente lo expresa S.S. Juan Pablo II en su Exhortación Postsinodal Christifideles Laici: "Dios me llama y me envía como obrero a su viña; me llama y me envía a trabajar para el advenimiento de su Reino en la historia. Esta vocación y misión define la dignidad y la responsabilidad de cada cristiano".

Sí, mis queridos hermanos sacerdotes y laicos la Iglesia necesita de ustedes, de su compromiso, de su generosa entrega a la causa de Dios. Como escribiera san Gregorio Magno: "En la Santa Iglesia, cada uno sostiene a los demás, y los demás lo sostienen a él", de tal manera que el bien de todos se convierte en el bien de cada uno, y el bien de cada uno se convierte en el bien de todos. La Iglesia, en esta Arquidiócesis de México, necesita que cada uno de ustedes tenga siempre viva la conciencia de ser miembros de la Iglesia a quienes Cristo les ha confiado, de manera individual e insustituible, una tarea que cada uno debe llevar a cabo para el bien de todos.

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