XXXIII domingo ordinario, 18 de Noviembre del 2012.

LLa lectura del Evangelio de San Marcos y el anuncio apocalíptico del profeta Daniel, sin duda alguna, a todos nos ha puesto en tensión. No es ciertamente la tensión del miedo, del terror y de la angustia que algunos propagan falseando los documentos Mayas, sino el llamado a una decisión vital urgente, es un llamado a estar atentos, vigilantes y decididos. La inercia, la indiferencia, la apatía y la rutina son incompatibles con el Cristianismo que tiene en su mensaje central "la espera" de la venida definitiva del Señor: "He aquí que estoy a la puerta tocando. Si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré, cenaré con él y él conmigo", por esto Jesús repite con frecuencia: "¿Por qué no comprenden esta hora?". La tensión que nos produce el anuncio del futuro no es una tensión que paraliza sino una tensión que produce una esperanza activa. El cristiano no es el que vive con el fatalismo de los horóscopos ni con el derrotismo de que nada puede cambiar porque todo está bajo el signo del maligno. No. El Cristiano vive el presente convencido de que el futuro depende de la respuesta y del compromiso que se vive aquí y ahora. Para el seguidor de Cristo el futuro no es una carrera hacia el vacío, hacia la nada. El futuro está marcado con el "esplendor del firmamento", para vivir "como estrellas que brillan por toda la eternidad". El futuro es comunión con Dios que es luz, vida y alegría. Teniendo ante los ojos esta meta, el camino del hombre en este mundo se llena de sentido y de esperanza.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana.


18 de Noviembre del 2012, XXXIII domingo ordinario

La lectura del Evangelio de San Marcos y el anuncio apocalíptico del profeta Daniel, sin duda alguna, a todos nos ha puesto en tensión. No es ciertamente la tensión del miedo, del terror y de la angustia que algunos propagan falseando los documentos Mayas, sino el llamado a una decisión vital urgente, es un llamado a estar atentos, vigilantes y decididos. La inercia, la indiferencia, la apatía y la rutina son incompatibles con el Cristianismo que tiene en su mensaje central "la espera" de la venida definitiva del Señor: "He aquí que estoy a la puerta tocando. Si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré, cenaré con él y él conmigo", por esto Jesús repite con frecuencia: "¿Por qué no comprenden esta hora?". La tensión que nos produce el anuncio del futuro no es una tensión que paraliza sino una tensión que produce una esperanza activa. El cristiano no es el que vive con el fatalismo de los horóscopos ni con el derrotismo de que nada puede cambiar porque todo está bajo el signo del maligno. No. El Cristiano vive el presente convencido de que el futuro depende de la respuesta y del compromiso que se vive aquí y ahora. Para el seguidor de Cristo el futuro no es una carrera hacia el vacío, hacia la nada. El futuro está marcado con el "esplendor del firmamento", para vivir "como estrellas que brillan por toda la eternidad". El futuro es comunión con Dios que es luz, vida y alegría. Teniendo ante los ojos esta meta, el camino del hombre en este mundo se llena de sentido y de esperanza.

El Señor vino hace más de 2000 años y habitó entre nosotros, el Señor vendrá de nuevo al final de los tiempos y vendrá con gloria: "Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad". Este anuncio lo encontramos a lo largo y ancho de los evangelios y en la predicación de la primitiva Iglesia. "El Reino de Dios está cerca", es más, ya está presente en medio de nosotros en la persona de Jesús y en la comunidad formada por él. No es necesario un telescopio para descubrir a lo lejos el Reino de Dios, a simple vista lo puedes ver y no sólo ver, sino que puedes entrar en él y de hecho en él entran los pobres de espíritu, los niños, los que tienen hambre y sed de justicia, los limpios de corazón. O dicho de otro modo, "el fin ya comenzó", el futuro está presente gracias a la resurrección de Cristo de entre los muertos. En otro sentido, el Reino de Dios vendrá pronto, vendrá en forma definitiva, cuando se inaugure el juicio final, cuando sea el fin de esta tierra y de este cielo y venga el cielo nuevo y la tierra nueva en donde reinen establemente la paz y la justicia. Aquí ya estamos hablando de "aquel día" y de "aquella hora" que nadie conoce, "ni los ángeles del cielo ni el Hijo; solamente el Padre".

En todo este anuncio apocalíptico hay algo muy seguro y muy cierto: Jesús, viniendo por primera vez, ya inauguró el Reino de Dios, al cual nosotros ya podemos entrar y convertirnos ya en "Hijos del Reino" llevando una vida conforme al evangelio. En esta situación, la segunda venida por ningún motivo debe darnos miedo. La segunda venida es una promesa, no es una amenaza: "Levanten la cabeza porque se acerca su liberación". Esto explica el hecho tan singular que se da en la primitiva Iglesia: los cristianos de entonces, después de haber escuchado estos discursos de Jesús y los profetas, que nosotros hoy hemos escuchado, tranquilamente se ponían a orar diciendo: Maranathá: ¡Ven, Señor Jesús! El amor a Cristo no se podría explicar si tuviéramos miedo a su venida.

La segunda venida de Cristo es la pieza clave para componer el rompecabezas de la historia. Si ponemos atención, Jesús hoy nos ha explicado su venida como el paso de una estación a otra mejor: "Entiendan esto con el ejemplo de la higuera. Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, ustedes saben que el verano está cerca. Así también, cuando vean ustedes que suceden estas cosas, sepan que el fin ya está cerca, ya está a la puerta". Este es el meollo del fin del mundo: la vuelta de Jesús como anuncio y presencia de un eterno verano. Por esto los cristianos debemos esperar esa fecha con esperanza y alegría. Alegría y esperanza, en primer lugar, por el triunfo glorioso de Cristo. Pero también porque, como hoy lo hemos escuchado, "él enviará a sus ángeles a congregar a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo".

Para los que podemos pensar que su venida final queda demasiado lejos, Jesús nos dice: "En verdad que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla". Y es que, para cada uno de nosotros, el fin del mundo y el juicio se realiza en el momento de nuestra muerte. Por esto Jesús nos invita a estar atentos y vigilantes para que en "ese día y esa hora" estemos preparados para el encuentro definitivo con el Señor.

Alguno se puede preguntar ¿Y cómo puedo prepararme para ese día y esa hora? Una leyenda Irlandesa nos puede iluminar: Un humilde campesino, siempre alegre y compañero de la alegría, soñó estar muerto y estar presente en el juicio final. Estaba muy inquieto porque tenía algunos remordimientos de conciencia. Escuchaba cómo el Juez, señalando a alguno de los presentes le decía: "tuve hambre y me diste de comer, entra en mi gloria"; señalando a otro exclamaba: "Tú también acompáñame a la gloria, porque tuve frío y me vestiste"; a otro más le decía: "estaba enfermo y solo y me visitaste, entra a la vida eterna". Aquel campesino empezó a tener más y más miedo porque estaba seguro de que ni siquiera había tenido la oportunidad de hacer algo bueno a favor de aquel Gran Juez lleno de gloria y de belleza. Cuando llegó su turno, lleno de sorpresa escuchó que era invitado por Cristo a pasar a la bienaventuranza eterna. Humildemente se preguntaba: ¿Qué habré hecho de bueno para recibir esta invitación? Y el buen Juez que leía su pensamiento exclamó: "Un día estaba triste y tú me sonreíste, estaba desconsolado y tú me alentaste, estaba confundido y tú me alegraste !Entra, bendito, en el gozo de tu Señor".

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