XXXII ordinario, 11 de Noviembre del 2012.

Hemos escuchado cómo frente a los letrados, que han pervertido el espíritu y la letra de la ley, el evangelista san Marcos sitúa en este pasaje a la viuda más necesitada. Y ella no aparece en actitud pasiva, esperando que otros lleguen y le ayuden, sino que se presenta con un gesto activo, solidario y gratuito. Frente a los ricos, que dan con ostentación aquello que les sobra, ella da de lo que tenía necesidad para vivir. Es gozoso descubrir cómo los ojos de Jesús saben ver más allá de las apariencias, y fijarse en hombres y mujeres que, aparentemente, nada de ellos merece atención. No se le escapa la ostentación de los ricos y la pequeñez de la ofrenda de la viuda. Y juzga el valor y significado de las ofrendas ante Dios desde la clave: Calidad sobre cantidad.

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana.


11 de Noviembre del 2012, XXXII ordinario

Hemos escuchado cómo frente a los letrados, que han pervertido el espíritu y la letra de la ley, el evangelista san Marcos sitúa en este pasaje a la viuda más necesitada. Y ella no aparece en actitud pasiva, esperando que otros lleguen y le ayuden, sino que se presenta con un gesto activo, solidario y gratuito. Frente a los ricos, que dan con ostentación aquello que les sobra, ella da de lo que tenía necesidad para vivir. Es gozoso descubrir cómo los ojos de Jesús saben ver más allá de las apariencias, y fijarse en hombres y mujeres que, aparentemente, nada de ellos merece atención. No se le escapa la ostentación de los ricos y la pequeñez de la ofrenda de la viuda. Y juzga el valor y significado de las ofrendas ante Dios desde la clave: Calidad sobre cantidad.

Una de las formas con que se puede definir la sociedad actual es la de exigir. Exigir derechos humanos, pedir cada vez más. Hay un cierto instinto innato y cierta justicia en esa postura de pedir y exigir lo que es propio. Pero se habla poco de lo que podemos y debemos dar, de las obligaciones que tenemos con Dios y con los demás. La anécdota de la viuda pobre nos plantea el tema de dar según la óptica de Jesús. Para Cristo la donación no se mide por el valor absoluto de lo entregado, sino por el valor relativo de la entrega. Dar mucho de lo que nos sobra es menos que dar poco de lo que nos hace falta: ¨ Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza ha echado todo lo que tenía para vivir.¨

Pero Jesús no se contenta con exaltar a la viuda dadivosa y predicar la doctrina de dar, sino que él la encarna personalmente. Como nos recuerda san Pablo: “Jesús siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos” Y él mismo confiesa de sí: “El Hijo del hombre ha venido para dar su vida. Sí, Jesús nos fue dando su Evangelio como buena noticia, sus milagros como prueba de su gran corazón, su Eucaristía como alimento de nuestras almas, a su Madre como madre nuestra, pero sobre todo su propia vida como salvación.

¿De dónde aprendió Jesús esa postura vital de dar y darse sin reservas? Del Padre, “Dios es amor” y como la esencia del amar es darse, Dios Padre se da eternamente a su Hijo, que por eso es infinitamente igual a él. Y Dios Padre se da también al exterior, en una creación maravillosa, reflejo de su generosidad. Y se da a nosotros en lo que más quiere: en la persona de su Hijo: “De tal manera amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito”. Y quiere darse a cada uno de nosotros que nos invita para que gocemos de una Vida Eterna.

Este camino marcado por Jesús de dar y darse nos llevará a la alegría plena porque, “hay mayor alegría en dar que en recibir”. Sabemos que esto se contrapone a la mentalidad del mundo que nos enseña a pedir, a exigir, a arrebatar y hasta robar. Si en nuestros ambientes sociales soplara con más fuerza la brisa del altruismo, del voluntariado, de la oblación y la entrega, no estaríamos tan contaminados de la atmósfera del egoísmo, ambición y exigencias.

¿Y qué debemos dar? En primer lugar, a “Dios lo que es de Dios”. El amor supremo sobre todas las personas y cosas, por ser Quien es y por ser nuestro máximo bienhechor; el respeto y la reverencia de creaturas por ser nuestro creador; y la obediencia, la confianza de hijos, por ser nuestro Padre. ¿Y qué dar a los demás? El cumplimiento de los derechos humanos, las obligaciones exigidas por la justicia distributiva y social. Según las posibilidades de cada uno, todos debemos dar comprensión, consejo, tiempo, compañía, experiencia, ejemplo, alegría, compasión, bienes materiales y espirituales. El que ama encontrará mil recursos en la vida para dar y para darse. A veces una sonrisa vale más que un donativo. Unos minutos escuchando soledades, una visita al pariente o amigo enfermo, un alto en nuestra prisa para ayudar al invidente a cruzar la calle, gastar unas horas para jugar con los niños y tantas y tantas cosas que valen más que un regalo costoso.

Pero, ¿Qué decir de los que parece que nada tienen porque han perdido la salud y las fuerzas? ¿De los que carecen de medios económicos, de estudios y de tiempo? Todos, por pobres que seamos, tenemos un corazón para dar amor, para repartir amor a Dios y a los hombres cercanos y lejanos. El cristianismo es la doctrina que sabe valorar lo que nadie aprecia. Frente a la adoración de la eficacia y del poder, Jesús manda valorar la apertura del corazón. ¡Cuántas familias han recibido más dicha y felicidad de su niño discapacitado que del resto de los hijos que han triunfado, pero que se han alejado!

Una de las aportaciones más valiosas de la fe cristiana a los hombres y mujeres actuales es, quizá el ayudarles a vivir con un sentido más humano la vida en medio de una sociedad enferma de neurósis de posesión. El modelo de sociedad y convivencia que configura nuestro vivir diario está basado no en lo que cada uno es, sino en lo que cada uno tiene. Por esto, cobra especial relieve la invitación del evangelio de hoy que nos enseña a valorar a las personas desde su capacidad de servicio y solidaridad. “El que no vive para servir, no sirve para vivir”. La grandeza de una vida se mide, en último término, no por los conocimientos que uno posee, ni por los vienes que ha conseguido acumular, ni por el éxito social, sino por la capacidad de servir y de ayudar a los otros seres humanos. La auténtica religión y el verdadero culto a Dios comienza cuando le damos a Dios lo que es de Dios y cuando amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

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