XXXI domingo ordinario, 4 de Noviembre del 2012.

Alain René Lesage, en su historia de Gil Blas, narra cómo dos estudiantes encontraron, cerca de una gran fuente, una lápida en la que estaban grabadas algunas palabras que por el fango acumulado no se podían leer. Lavaron la piedra y pudieron leer la siguiente inscripción: "Aquí está enterrada el alma del doctor Pedro de García". Tonterías, dijo uno de los estudiantes: "el alma no se puede enterrar". El otro estudiante se quedó pensando y con un gran leño movió un poco la piedra, debajo encontró una bolsa de piel con un tesoro, más de cien monedas de oro, exclamó: "esta es el alma del doctor Pedro de García, aquí está su ideal supremo, el verdadero sentido de su vida, el objeto de su amor: un puñado de monedas de oro". Debajo de nuestra lápida ¿Qué se podrá encontrar un día? ¿Cuál es nuestro verdadero ideal, la motivación real de nuestro actuar, el objetivo de todos nuestros esfuerzos?

Homilía pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana.


4 de Noviembre del 2012, XXXI domingo ordinario

Alain René Lesage, en su historia de Gil Blas, narra cómo dos estudiantes encontraron, cerca de una gran fuente, una lápida en la que estaban grabadas algunas palabras que por el fango acumulado no se podían leer. Lavaron la piedra y pudieron leer la siguiente inscripción: "Aquí está enterrada el alma del doctor Pedro de García". Tonterías, dijo uno de los estudiantes: "el alma no se puede enterrar". El otro estudiante se quedó pensando y con un gran leño movió un poco la piedra, debajo encontró una bolsa de piel con un tesoro, más de cien monedas de oro, exclamó: "esta es el alma del doctor Pedro de García, aquí está su ideal supremo, el verdadero sentido de su vida, el objeto de su amor: un puñado de monedas de oro". Debajo de nuestra lápida ¿Qué se podrá encontrar un día? ¿Cuál es nuestro verdadero ideal, la motivación real de nuestro actuar, el objetivo de todos nuestros esfuerzos?

Jesús es presentado hoy por el evangelista San Marcos en un ambiente polémico con los fariseos, teólogos y representantes jerárquicos del Judaísmo oficial, entre los cuales se discutía cuál de los 613 preceptos de la Biblia es más importante, cuál es la escala de importancia de dichos preceptos. Pareciera que Jesús en su respuesta se pronuncia en este aspecto. No es así. Él no se encierra en esta casuística. Cristo, más bien, nos ofrece la perspectiva de fondo con la cual se debe vivir toda la ley. Él nos quiere llevar a la raíz y a la esencia misma de toda experiencia religiosa y ética. Nos presenta la actitud fundamental bajo la cual debemos vivir todo el proyecto salvador que Dios ha revelado. En otras palabras nos manifiesta cuál debe ser el alma, el ideal, la motivación, de donde debe brotar todo nuestro actuar en este mundo.

La respuesta de Jesús es directa y sencilla: Amar a Dios y Amar al prójimo. Esto es lo esencial, entre tantos preceptos, explicaciones, interpretaciones, con los cuales muchas veces se traicionaba el sentido de la ley de Dios. En la inseparabilidad de estos dos mandamientos está la originalidad de la ética cristiana. Kierkegaard lo ha expresado muy bien cuando dice: "El amor a Dios y el amor al prójimo son como dos puertas que se abren simultáneamente: imposible abrir una sin la otra, imposible cerrar una sin la otra".

El ideal que nos propone Jesús es integrar armónicamente el amor a Dios y el amor al prójimo. Nosotros fácilmente damos bandazos proponiendo un cristianismo horizontal, un humanismo cristiano en donde el hombre se convierte en centro, olvidándonos de Dios, olvidándonos de la dimensión vertical, trascendente, sobrenatural. Tocando el extremo contrario en ocasiones proponemos un cristianismo espiritualista, centrándonos exclusivamente en Dios y olvidándonos del amor al prójimo, creyendo que podemos amar a Dios sin amar las criaturas de Dios, sin reconocer la imagen y semejanza de Dios en cada uno de los seres humanos. El extremo se da en aquellos que a pesar de que citan a Cristo: "Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", sólo piensan en lo que se debe dar al César y nunca piensan en lo que se debe dar a Dios. También el extremo se da en ese espiritualismo que reduce la vida cristiana a ciertos ritos sin encarnarse en la historia, sin comprometerse en la construcción de un mundo más humano. Estos bandazos son los que Cristo nos quiere evitar presentándonos armónicamente los dos mandamientos: El amor a Dios y el amor al prójimo, como un solo mandamiento.

Las diversas fórmulas del Antiguo Testamento, en las cuales se apoya Jesús, nos hablan de un amor totalitario, porque Dios es nuestro máximo Bienhechor: "amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas" ¿Hay alguien que merezca más el amor de toda nuestra persona que el Dios que nos ha creado, que nos conserva, a nosotros y a todo lo que amamos y a todos los que amamos y nos aman? Sin embargo, cuán fácilmente nos olvidamos de alabarlo, de glorificarlo, de darle gracias, sencillamente, de ponernos en su presencia como sus criaturas.

Tras rendir el justo tributo a Dios como objetivo principal del amor humano, Jesús nos recuerda, sin que nadie le haya preguntado, que hay un segundo mandamiento semejante al primero: "amarás a tu prójimo como a ti mismo". Y es que, "de la abundancia del corazón habla la boca" y Jesús nos tiene muy dentro de sí. Él, por amor al hombre, ha venido a dar su propia vida. Además, por su misma naturaleza, el amor a Dios entraña el amor al hombre, porque si amar a Dios es cumplir su voluntad, en ella está que amemos al hombre, a quien Dios tanto ama, hasta el extremo de enviarle a su propio Hijo.

Hay algo en este segundo mandamiento muy consolador, que no suele comentarse. Y es que Dios nos manda: amarnos a nosotros mismos, pues el amor a los demás debe tomar como patrón el amor que nos debemos tener a nosotros. La fórmula para concretizar este amor es doble: Negativamente, "lo que no quieras para ti, no lo quieras para otro"; positivamente, "lo que quieras para ti, quiérelo también para el otro". ¿Es posible pensar un código de circulación mejor para la humanidad? Hoy se habla mucho de justicia social y de derechos humanos, y está muy bien; pero estas exigencias no pueden arreglarlo todo, si no hay un motor, un ideal, una fuerza que nos impulse. El amor sigue siendo la actitud máxima del humanismo eficaz y del cristianismo auténtico.

En nuestra sociedad pluralista, cuando cada grupo ofrezca en el escaparate de la libre expresión su mercancía, los cristianos no debemos avergonzarnos de repetir con Jesús: "No hay mandamiento mayor que estos": amar al Padre Dios y a los hermanos hombres. Es ridículo querer construir una fraternidad sin Padre, es ridículo invocar un Padre sin tomar en cuenta a sus hijos. En la jerarquía cristiana de valores, el amor es el valor supremo y absoluto. El amor es superior a las otras virtudes teologales: fe y esperanza; a las cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza; y a todas las virtudes morales. "Vale más que todos los holocaustos y sacrificios". El amor es la regla de oro para resolver todos los conflictos entre virtudes y entre derechos y deberes. Si tenemos como "vademécum" de la vida el doble mandamiento del amor a Dios y el amor a los hermanos, Jesús nos dirá también a nosotros: "No estás lejos del Reino de Dios". Y si vivimos ese ideal, haremos de la tierra un buen ensayo general del cielo.

Back to top