La Sagrada Familia, 29 de Diciembre del 2013

 

La palabra más oída en estos días quizá sea la palabra "felicidades", "feliz navidad". Todos nos encontramos con gente que queremos y le deseamos la felicidad en estos días. Todos queremos vivir estos días felices en familia. Y sin embargo el mundo no es feliz, el mundo sigue teniendo miedo y en los corazones siguen anidando los odios.

 

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México

29 de Diciembre del 2013, La Sagrada Familia



La palabra más oída en estos días quizá sea la palabra "felicidades", "feliz navidad". Todos nos encontramos con gente que queremos y le deseamos la felicidad en estos días. Todos queremos vivir estos días felices en familia. Y sin embargo el mundo no es feliz, el mundo sigue teniendo miedo y en los corazones siguen anidando los odios.

¿Cuál es el motivo de esta infelicidad? Posiblemente el motivo fundamental sea que Dios no está cerca de los corazones de los seres humanos que nos empeñamos en ir por caminos que no son los de Dios. La felicidad radica en hacer de Dios el centro de nuestro corazón. La liturgia de hoy, en el salmo responsorial nos dice: Dichoso el que teme al Señor. Temer a Dios no es tenerle miedo, sino tenerlo muy guardado dentro de nosotros y hacerlo la guía de nuestro camino. Y a continuación el salmo nos enseña cuál es el ambiente donde se vive la felicidad de quien tiene al señor muy dentro. Este lugar es la familia. Por ello nos recuerda: su mujer como vid fecunda en medio de su casa, sus hijos como renuevos de olivo alrededor de su mesa.

Todos necesitamos de una familia para ser felices. Incluso los que han sido privados de familia por algún motivo, tienen muy claro que si les fuera posible compartirían con sus seres queridos lo mejor que hay dentro del propio corazón. Por eso en este domingo, el primer domingo después de la navidad, la iglesia tiene un especial recuerdo para la familia de Nazaret, hoy es el domingo de la Sagrada Familia.

La Sagrada Familia es la familia que Dios se quiso hacer para sí mismo, en la que Dios quiso vivir, quiso crecer, quiso aprender a hablar, a reír, a llorar, a compartir. La Sagrada Familia de Nazaret es el modelo de todas las familias cristianas, es el modelo de todos los hogares.

Pero el evangelio de hoy nos presenta una situación dolorosa de la familia de Nazaret. El rey Herodes, nos dice el evangelio, busca al niño para matarlo. Por ello José, cabeza de la Sagrada Familia, toma la decisión de huir a Egipto con María y el niño. Esta situación podría ser también el retrato de la familia en nuestra sociedad.

La familia, todos lo sabemos, está siendo profundamente agredida por varios lados. Hoy día existen modernos tiranos, actuales Herodes que quieren destruir la sacralidad de la familia. Se arremete contra la familia cuando se la compara a otro tipo de relaciones humanas. Algunos países han llegado a formular leyes que equiparan las uniones homosexuales con el matrimonio formado por el hombre y la mujer con lo que se mina la institución familiar y la sociedad en los mismos fundamentos. Sin embargo no podemos llamar familia a cualquier agrupación de seres humanos, ni podemos llamar matrimonio a cualquier tipo de convivencia. En el respeto por la dignidad de todos los seres humanos, nosotros también tenemos que demandar el ser respetados y el que se respete a la familia y al matrimonio, como lo que son en realidad, la unión del hombre y la mujer en una comunidad de vida y de amor.

También se ataca a la familia cuando intentan reducirla a una experiencia afectiva privada que no tiene importancia social. O cuando pretenden igualar las formas de vivir juntos de dos personas con la unión marital. Quienes así actúan se convierten en instrumentos de subversión de la sociedad a fin de manipularla, haciéndola más débil por medio de la destrucción de la familia. Nunca hay que olvidar que quien destruye esta estructura esencial de coexistencia humana, está causando una profunda herida a la sociedad, una herida que tiene con frecuencia daños irreparables. Así lo dijo el Papa Juan Pablo II: El progreso civil no puede derivar de la devaluación social del matrimonio y de la pérdida de respeto por la inviolable dignidad de la vida humana. Lo que aparece como un progreso de la civilización y de la conquista científica es de hecho una derrota para la dignidad humana y para la sociedad.

Además de todo esto, hay en la actualidad otra agresión que en esta fiesta no podemos dejar de lado. La primera lectura nos acaba de hablar del respeto a los ancianos, "hijo -nos dice el libro del eclesiástico- cuida de tu padre en la vejez". Y el evangelio nos ha hecho ver el esfuerzo que hacen María y José para salvar la vida del Niño Jesús. La palabra de Dios nos dice que tenemos que poner una especial atención para cuidar la vida en sus momentos más débiles que son la niñez y la ancianidad. Que tenemos que propagar una cultura de la vida y no una cultura de la muerte.

Los niños son agredidos por esta cultura de muerte pues con facilidad se recurre al crimen del aborto, que suprime la vida humana en el seno de su madre. Nuestra sociedad permite que se manche el alma de los niños con la violencia o con el abuso y con gran indiferencia dejamos a los niños en el abandono: a veces el abandono que los transforma en niños en situación de calle, a veces el abandono que hace que crezcan solos sin nadie que los inculque los valores morales, o que los enseñe a amar a Dios y a dirigirse a él en la oración.

Tristemente vemos a niños que ya han sido iniciados en el camino de la droga o de la prostitución infantil por personas sin escrúpulos, incluso miembros de la misma familia. Niños que son obligados a la mendicidad para ponerlos al servicio de redes que los explotan y que entran en una cadena que les impide la superación laboral, social y humana a la que tienen derecho.

Vemos a los niños ser objetos de la sociedad de consumo, que los empuja al materialismo, a tener lo que más dinero cuesta, lo que está más a la moda. Y para ello usamos a personajes, como San Nicolás o los magos de Oriente, que eran todo lo contrario de la mentalidad consumista, radicalmente alejados de estos antivalores. Vemos a los niños secos en su alma, pensando nada más en los éxitos materiales y no en lo que desde su corazón pueden compartir con los demás. Todo esto son amenazas en contra de la familia.

También la escritura nos habla de los ancianos. Nos habla a nosotros hijos de una cultura que exalta la productividad, que pone el vigor corporal como elemento fundamental, que no entiende la atención al que ya no es productivo según los parámetros de nuestra sociedad de consumo. Sin embargo los ancianos son un tesoro para el hogar. Un tesoro porque pueden compartir la sabiduría de la vida con la experiencia acumulada en el corazón. Un tesoro porque pueden transmitir a los hijos y a los nietos los valores que nos hacen más humanos, la convivencia, la alegría, la cercanía a Dios, la comprensión, la paciencia. Los ancianos son un tesoro incluso cuando tienen que ser atendidos de modo especial por sus enfermedades, pues ellos se convierten en fuente de solidaridad, de generosidad, de capacidad de dar sin esperar recibir, ellos son objeto de nuestra gratitud por todo lo que de ellos hemos recibido.

Todo esto nos lo enseña la familia de Nazaret en este día de la Sagrada Familia. Jesús, María y José nos hacen ver que cuando la familia tiene a Dios en el centro puede superar las pruebas difíciles de la vida. A ellos tres les tocó enfrentar un particular dolor: tener que abandonar la propia casa para poder sobrevivir. Son la imagen de tantas familias que sufren la misma situación. Familias que tienen que emigrar, para buscar un mejor presente, para garantizar un mejor futuro. La Sagrada Familia de Nazaret a pesar de esta dura prueba, supo mantenerse unida porque Dios estaba en medio de ellos, porque Dios era su guía, era quien iluminaba su corazón. Ojalá que nuestros emigrantes no abandonen la fe que aprendieron en sus hogares antes de partir, nunca dejen su amor por la virgen de Guadalupe, que los debe acercar a Cristo, al evangelio, a la iglesia, y de modo especial a la eucaristía.

Pongamos ante de nuestros ojos el modelo de la familia de Nazaret para llevarlo a nuestros hogares como una señal de esperanza, como un consuelo luminoso para nuestras familias. Que Jesús, María y José siembren en nuestros hogares el amor, la comprensión y el respeto. Que la Sagrada Familia de Nazaret nos enseñe a hacer de Jesús el centro de nuestro hogar por medio de la oración sencilla hecha en casa y por medio de la eucaristía compartida en familia cada domingo. Cuanta paz habrá en nuestros hogares si invitamos a vivir con nosotros a la Sagrada Familia, cuánta fortaleza encontraremos en nuestras dificultades si Jesús, María y José comparten nuestro camino. Que en este domingo de navidad podamos decirnos unos a otros de verdad, de corazón "feliz navidad, feliz navidad a nuestras familias, feliz navidad a los que se sienten solos, feliz navidad a todos".

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