Cuarto Domingo de Adviento, 22 de Diciembre del 2013

La primera lectura nos ha presentado la célebre profecía de Isaías: "El Señor mismo les dará una señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros". El Evangelista San Mateo nos ha descrito el cumplimiento de esta profecía: El gran signo es que María, permaneciendo virgen, ha dado a luz a Jesucristo, y todo esto ha sido así para que se cumpliera la Escritura. De esta manera la liturgia, antes de narrarnos el nacimiento de nuestro Señor en la próxima Navidad, nos da el sentido teológico de lo que celebraremos dentro de pocos días: Dios, en Jesucristo, se ha hecho Dios-con-nosotros, un Dios cercano, se ha hecho uno de nosotros, ha entrado en nuestra historia, ha sellado una nueva y eterna alianza con todos y cada uno de nosotros.

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México

22 de Diciembre del 2013, Cuarto Domingo de Adviento


La primera lectura nos ha presentado la célebre profecía de Isaías: "El Señor mismo les dará una señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros". El Evangelista San Mateo nos ha descrito el cumplimiento de esta profecía: El gran signo es que María, permaneciendo virgen, ha dado a luz a Jesucristo, y todo esto ha sido así para que se cumpliera la Escritura. De esta manera la liturgia, antes de narrarnos el nacimiento de nuestro Señor en la próxima Navidad, nos da el sentido teológico de lo que celebraremos dentro de pocos días: Dios, en Jesucristo, se ha hecho Dios-con-nosotros, un Dios cercano, se ha hecho uno de nosotros, ha entrado en nuestra historia, ha sellado una nueva y eterna alianza con todos y cada uno de nosotros.

El niño que contemplaremos en el pesebre de Belén es Jesús, Dios con nosotros, el Emmanuel. Esta palabra es toda una síntesis de nuestra fe, es una proclamación completa de nuestra fe en Jesucristo. Jesús es "Emmanuel", es decir, con-nosotros, es uno de nosotros, nuestro hermano, "de la estirpe de David según la carne" como lo proclamó hoy San Pablo en la segunda lectura. Pero Jesús es también "El", es decir, Dios. Si sólo fuera "con nosotros", si sólo fuera hombre, por extraordinario que lo podamos imaginar, no nos podría salvar, no podría ser nuestro "puente" para llegar a Dios. Pero si sólo fuera Dios, sin ser "de nosotros", si no fuera verdadero hombre, tampoco su salvación nos llegaría, según el antiguo adagio patrístico: "lo que no se asume no se redime".

Nuestra fe es la fe de Pedro: "Tú eres el Cristo el Hijo de Dios vivo", "¡Cristo! ¡Cristo!, nuestro principio, Cristo nuestra vida y nuestro guía, Cristo nuestra esperanza y nuestro término". En esta Navidad, "Renovaremos nuestra fe", sin dejar lugar a dudas o equívocos, proclamaremos nuestra fe en el misterio de la Encarnación, afirmaremos nuestra fe tanto en la divinidad de Jesucristo, como en su dimensión humana e histórica. "No podemos desfigurar, parcializar o ideologizar la persona de Jesucristo, ya sea convirtiéndolo en un político, un líder, un revolucionario o un simple profeta, ya sea reduciendo al campo de lo meramente privado a quien es el Señor de la Historia".

La confesión de Pedro, lo que la Iglesia siempre ha confesado de su Señor, no se puede hacer sin el don de la fe: "Esto no te lo ha dado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos", le dice Jesús a Pedro. Este don se le ofreció a Ajaz cuando el Señor le habló y le dijo "Pide al Señor, tu Dios, una señal de abajo, en lo profundo o de arriba, en lo alto", pero el rey con su religiosidad viciada de hipocresía rechaza pedir el signo, le aterroriza apoyarse única y exclusivamente en la fe y prefiere los apoyos humanos. A diferencia del rey Ajaz, en José y María la fe se convierte en obediencia total. La Iglesia toda, y cada uno de los cristianos, a ejemplo de José y María, si de verdad queremos aceptar en la fe al niño que nace en Belén, debemos, como ellos, poner toda nuestra confianza en Dios y dejarnos conducir por su Espíritu, debemos aceptar el proyecto de salvación que trae para nosotros el pequeño que encontraremos en el pesebre.

La carta de San Pablo a los Romanos, que hoy hemos escuchado, nos lleva a descubrir que nuestra vocación y el verdadero reto que tenemos como cristianos es llevar a toda persona a la obediencia de la fe, es ser apóstoles, es proclamar el Evangelio de Jesucristo. Somos conscientes de que esta vocación no es una carga, sino una gracia, un verdadero privilegio, ya que Dios nos asocia a su Hijo Jesucristo para realizar la obra de la salvación.

En este último domingo de preparación a la Navidad, la liturgia precisamente nos quiere impregnar de María. Y es que la Iglesia pretende que el último tramo de preparación al nacimiento de Cristo lo hagamos en compañía de la Virgen. En su regazo aprenderemos a conocer, como en ninguna otra parte, al Jesús auténtico, al anunciado por Isaías, al presentado por Juan el bautista, al que proclamaron sus primeros discípulos. Los Pastores y los Reyes Magos encontraron a Jesús "con María su madre", es absurdo por tanto que nosotros queramos recibir a Jesús y que no aceptemos a la que Él escogió para venir a este mundo. La alegría de la Navidad no sería completa si nuestra mirada no se dirigiese a aquélla que, obedeciendo totalmente al Padre, engendró para nosotros en la carne al Hijo de Dios. Pidámosle a María, madre de Cristo y madre nuestra, que nos prepare para recibir a su Hijo Jesús, en esta Navidad y siempre, y que ella nos enseñe cómo tratar a Cristo una vez que lo hayamos admitido en nuestra vida.

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