Tercer Domingo de Adviento, 15 de Diciembre del 2013

La alegría mesiánica es la nota dominante de este domingo, alegría que es fruto de la esperanza, de la esperanza no defraudada. La antífona de entrada nos repite las palabras del Apóstol Pablo: “Estén siempre alegres en el Señor, se lo repito, estén alegres. El Señor está cerca”. Es domingo especialmente alegre, porque ya se ve cercano el cumplimiento del anuncio del Profeta Isaías: “i Ánimo ! No temas. He aquí que tu Dios, viene ya para salvarte”, “Regocíjate... alégrate... da gritos de júbilo.., verás la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios...” Es domingo especialmente alegre porque lo anunciado se está cumpliendo en Jesús: “Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo...”

 

Homilía pronunciada por el Sr, Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

15 de Diciembre del 2013, Tercer Domingo de Adviento


La alegría mesiánica es la nota dominante de este domingo, alegría que es fruto de la esperanza, de la esperanza no defraudada. La antífona de entrada nos repite las palabras del Apóstol Pablo: “Estén siempre alegres en el Señor, se lo repito, estén alegres. El Señor está cerca”. Es domingo especialmente alegre, porque ya se ve cercano el cumplimiento del anuncio del Profeta Isaías: “i Ánimo ! No temas. He aquí que tu Dios, viene ya para salvarte”, “Regocíjate... alégrate... da gritos de júbilo.., verás la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios...” Es domingo especialmente alegre porque lo anunciado se está cumpliendo en Jesús: “Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo...”

Las dos lecturas del Nuevo Testamento nos han trasladado del clima de espera del Antiguo Testamento a las obras que hablan del cumplimiento de las profecías: “,Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?... Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio” responde Jesús, y añade: “Dichoso aquél que no se sienta defraudado por mí”. Nosotros los cristianos ya no tenemos que hacer la misma pregunta de Juan el bautista, nosotros sabemos que Jesús, el nacido en Belén hace veinte siglos, es el Mesías, el esperado. Lo que ciertamente sí debemos hacer los cristianos es purificar la imagen que de Cristo nos hemos formado confrontándola con la definición que Jesús ha dado de sí mismo.

El Apóstol Santiago nos sitúa también en el tiempo que estamos viviendo, la Navidad que vamos a celebrar ya se cumplió, ahora estamos esperando la venida definitiva del Señor. Celebrar la llegada del Señor nos lanza a una nueva espera, espera que debe ser paciente: “Aguarden con paciencia y mantengan firme el ánimo, porque la venida del Señor está cerca”. La espera paciente a la que nos invita el Apóstol no es la espera del Antiguo Testamento, como si las promesas de Dios no se hubieran cumplido en Cristo. El cristiano ciertamente debe estar abierto al futuro, pero debe afrontar el futuro desde las certezas y firmezas que Jesús vino a traernos y no como alguien que todo lo cuestiona o relativiza, como si Cristo no hubiera venido. Si en nuestro futuro no está el horizonte de la Jerusalén celestial anunciada por Jesús, nuestro futuro no tiene futuro y terminaremos en la total frustración.

Todo cristiano que quiera aceptar esta invitación del Apóstol a la paciencia y a mantener firme el ánimo, debe “Fortalecer las manos cansadas, afianzar las rodillas vacilantes, infundir ánimo a los de corazón apocado”. Estas expresiones nos llevan a entender la paciencia como virtud activa, que nada tiene que ver con la indiferencia, las posturas derrotistas o la abdicación. La paciencia pone al cristiano en camino, le infunde un nuevo ardor, lo capacita para la lucha constante y lo vuelve resistente y tenaz hasta alcanzar los objetivos. Ante circunstancias difíciles al cristiano no le es permitido decir “yo no sé, yo no puedo”, y mucho menos le es permitida la huida o esconder el denario que le ha sido entregado, por el contrario, debe “dar razón de su esperanza”.

Su Santidad Juan Pablo II, que pronto será canonizado en sus veinte años de pontificado, dio muestras de paciencia activa, fortaleciendo a todos los cristianos esparcidos por el mundo, fortaleciendo a los sacerdotes y obispos con su entrega total a su ministerio.

De la visión de este Mesías liberador del sufrimiento humano, los cristianos debemos aprender que el auténtico cristianismo incluye, como elemento esencial, la liberación de todo aquello que esclaviza al hombre en este mundo, pero sin olvidar lo que Jesús añade, y que no lo encontramos en la profecía de Isaías: “los muertos resucitan”, porque sin esta dimensión trascendente el cristianismo estaría mutilado y no tendría relación con Aquél que dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”.

Sabedores de los problemas que nos rodean por todas partes y conscientes de nuestras responsabilidades, no caigamos en la desesperanza ni en el derrotismo, mas bien dejémonos invadir de la alegría y de la esperanza, confiemos en la vida y en la historia ya que han sido penetradas por la salvación traída por ese Niño nacido en Belén. El cristianismo bien entendido es amor a la vida en su doble vertiente, temporal y eterna. Si el Verbo Eterno de Dios se encarnó, entró a nuestra historia, puso su tienda de campaña en medio a la nuestra, lo menos que podemos hacer nosotros es amar la existencia humana que se nos ha concedido sujeta al calendario, pero además, debemos proclamar nuestra fe y nuestra esperanza en una vida eterna que nos mereció Jesús con su nacimiento en Belén y su muerte en el calvario.

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