Segundo Domingo de Adviento, 8 de Diciembre del 2013

Siempre será válida la invitación de Jesús para hacernos "como niños" a fin de poder captar los misterios del Reino de los Cielos. Lo que nunca nos será permitido es quedarnos con una "actitud infantil" o "aniñada" que nos impida la madurez cristiana. La celebración de la Navidad corre el peligro de ser "infantilizada", si no sabemos ver tras el rostro tierno y amable del niño de Belén, la seriedad de la encarnación y de la salvación que viene a ofrecernos. Para evitar que "aniñemos" la Navidad, la Iglesia nos enfrentó el domingo pasado con la doble venida de Jesús: como niño y como juez. En este segundo domingo de Adviento nos presenta a un Cristo que nos llama a un profundo cambio de vida, que nos llama a la conversión por boca del profeta Isaías y de Juan el bautista.

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México

8 de Diciembre del 2013, Segundo Domingo de Adviento


Siempre será válida la invitación de Jesús para hacernos "como niños" a fin de poder captar los misterios del Reino de los Cielos. Lo que nunca nos será permitido es quedarnos con una "actitud infantil" o "aniñada" que nos impida la madurez cristiana. La celebración de la Navidad corre el peligro de ser "infantilizada", si no sabemos ver tras el rostro tierno y amable del niño de Belén, la seriedad de la encarnación y de la salvación que viene a ofrecernos. Para evitar que "aniñemos" la Navidad, la Iglesia nos enfrentó el domingo pasado con la doble venida de Jesús: como niño y como juez. En este segundo domingo de Adviento nos presenta a un Cristo que nos llama a un profundo cambio de vida, que nos llama a la conversión por boca del profeta Isaías y de Juan el bautista.

Ya hemos escuchado la voz de los dos más grandes predicadores del Adviento: Isaías predicó la venida del Señor, siglos antes de que sucediera, y su anuncio alimentó la espera de muchas generaciones que ansiaban la venida del Mesías. Juan el bautista fue elegido para anunciar la venida inminente del Señor y para señalarlo presente en medio de nosotros. Mateo une a los dos, aplicando a Juan el bautista la profecía de Isaías: "Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos".

Todo Adviento necesita precursores, alguien que prepare los ánimos, llame la atención, a fin de que el que ha de venir sea esperado, deseado, recibido y su llegada no pase desapercibida. En la antigüedad, cuando un personaje era esperado en visita oficial, alguno o algunos, eran nombrados como heraldos, para que se adelantaran e invitaran a la población a que repararan los caminos y puentes y salieran al encuentro del personaje que llegaba. El domingo pasado veíamos cómo el Adviento cristiano es preparación para celebrar la venida de Cristo que ya se realizó hace dos mil años, también es preparación para la venida final, pero principalmente es preparación para recibir a Aquél que está a la puerta y quiere entrar en nuestra vida.

Por decirlo de alguna manera, Jesús tuvo necesidad de que Juan el bautista preparara su llegada. Hoy en día Jesús sigue teniendo necesidad de precursores que preparen su encuentro con los hombres, su entrada a muchas realidades humanas. Para esto fuimos elegidos y consagrados nosotros los cristianos desde el día de nuestro bautismo y de nuestra confirmación. Jesús visitó y consagró a Juan desde que estaba en el seno de su madre Santa Isabel. La mayoría de nosotros, a los pocos días de nacidos, fuimos santificados y enviados para anunciar la Buena Nueva, para ser testigos y mensajeros de Cristo el Salvador. Tenemos que ser la voz que clama en el desierto, tenemos que preparar el camino del Señor.
Juan el bautista, el precursor por excelencia, nos ayudará a comprender cómo podemos ser precursores de Cristo. Hoy hemos escuchado que Juan comenzó a predicar diciendo: "Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca". Convertirse, significa originalmente cambio de espíritu y de corazón. Es dejar el camino equivocado y seguir un camino mejor: el de Aquél que dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Convertirse no puede consistir sólo en "dejar de portarse mal", sino en emprender una vida nueva. Convertirse implica un profundo cambio de mentalidad, en donde se dejan los criterios del mundo y se abrazan los criterios del evangelio. La conversión auténtica nos debe llevar a rechazar la injusticia, la violencia y el odio para implantar la justicia, la paz y la reconciliación.

Haciendo eco al profeta Isaías y a Juan el bautista, la Iglesia en su liturgia nos ha invitado a "Preparar el camino del Señor a enderezar los senderos". No podemos reducir la celebración de la Navidad al terreno de lo folclórico y ambiental. Necesitamos hacerle sitio a Jesús, barriendo todo aquello que el egoísmo y la injusticia han acumulado en nuestra vida personal y social y luchando por una sociedad en donde la paz, la tolerancia y la convivencia fraternal sean posibles y así acercarnos a los tiempos mesiánicos, en donde "El lobo habitará con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos y un muchachito los apacentará. La vaca pastará con la osa y sus crías vivirán juntas. El león comerá paja con el buey. El niño jugará sobre el agujero de la víbora; la creatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente y esta no le hará daño".

Los habitantes de esta gran ciudad de México tenemos un grande y urgente reto. Necesitamos convertirnos para convertir. Estamos a tiempo para dejarnos impregnar por el Evangelio, para capacitarnos y poder invitar, con palabras y con obras, a todos los moradores de esta gran urbe, a que dejen entrar en su vida a Jesucristo. El Papa Francisco, sucesor del Apóstol Pedro, nos impulsa con su ejemplo, a que tomemos en serio la tarea de la evangelización, la tarea de anunciar a Jesucristo. La tarea de gritarles a todos nuestros hermanos: "en medio de ustedes hay uno que no conocen", uno que puede hacerlos felices, uno que no los defraudará, uno que puede ayudarnos a edificar una ciudad más justa, más pacífica y más fraterna.

Sin duda alguna, el momento mas feliz de Juan el bautista, fue cuando se encontró con el Maestro, cuando lo vio venir a su encuentro y pudo exclamar: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, este es de quien yo les he hablado". También para nosotros el momento más feliz debe ser el encuentro con Cristo que se hace presente en nuestra vida, cada vez que nos acercamos a su Palabra y a la Cena que nos ha preparado con su Cuerpo y con su Sangre, cada vez que podemos decir a los demás: "este es de quien yo les he hablado".

 

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