Solemnidad de Cristo Rey, 24 de Noviembre del 2013

Al terminar este Año de la fe en esta Festividad de Cristo Rey la liturgia nos lleva necesariamente a reflexionar sobre la naturaleza del Reino de Cristo ya que el mensaje de Jesús tiene como centro la proclamación del Reino de Dios que en Él mismo se hace presente. Durante el año litúrgico que hoy termina oímos con frecuencia que el evangelio nos habla de ese Reino comparándolo con una semilla, con un campo, con un tesoro escondido, con un banquete; se nos dice que el Reino de Dios está cerca, que ya llegó, que está en medio de nosotros. Veamos en qué consiste ese Reino de Dios que Cristo viene a anunciar y a realizar y por lo cual nosotros ahora lo proclamamos Rey.

 

 

Homilía pronunciada por el Card. Norberto Rivera C.
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolita de México

24 de Noviembre del 2013, Solemnidad de Cristo Rey


Al terminar este Año de la fe en esta Festividad de Cristo Rey la liturgia nos lleva necesariamente a reflexionar sobre la naturaleza del Reino de Cristo ya que el mensaje de Jesús tiene como centro la proclamación del Reino de Dios que en Él mismo se hace presente. Durante el año litúrgico que hoy termina oímos con frecuencia que el evangelio nos habla de ese Reino comparándolo con una semilla, con un campo, con un tesoro escondido, con un banquete; se nos dice que el Reino de Dios está cerca, que ya llegó, que está en medio de nosotros. Veamos en qué consiste ese Reino de Dios que Cristo viene a anunciar y a realizar y por lo cual nosotros ahora lo proclamamos Rey.

Podemos comenzar diciendo lo que no es: El Reino de Dios no es una institución política o jurídica, como son los reinos humanos, y mucho menos es una ideología para justificar un poder terrenal. Por lo tanto nada tienen que ver con Reino de Dios, en sentido evangélico, los integrismos tradicionales que piden la reconstrucción de la cristiandad en sentido medieval, teniendo como base las alianzas del poder civil y el poder eclesiástico; pero tampoco nada tienen que ver con el evangelio los anuncios que algunos grupos hacen del Reino de Dios, en base a las alianzas estratégicas con el socialismo internacional o con el liberalismo dominante, queriendo ser marxistas o capitalistas en nombre de la fe. El Reino de Dios es una realidad muy distinta a estos proyectos humanos.

El misterio del Reino de Dios, escondido durante siglos y generaciones en Dios y presente en la vida y las palabras de Jesús, identificado con su persona, es don del Padre y consiste en la comunión, gratuitamente ofrecida, del ser humano con Dios, comenzando en esta vida y teniendo su plena realización en la eternidad. Esta comunión con Dios se atestigua en el amor fraterno, del cual no puede separarse: “Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud”. Por tanto, la naturaleza del Reino de Dios consiste en la comunión de todos los seres humanos entre sí y principalmente con Dios.

Dicho de otro modo, el Reino de Dios es el Señorío de Dios, que coincide con la voluntad y con la santidad de Dios. Decir: “venga a nosotros tu reino”, equivale a decir: “hágase Señor tu voluntad”. Por eso escucharemos en el prefacio que se llama, con toda razón, Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la justicia, del amor y de la paz. Lo que aparentemente parece un rompimiento en el Nuevo Testamento es lo que explica esta relación entre Reino de Dios y Señorío de Cristo: En los evangelios la expresión que domina es “El Reino de Dios” y después en el resto del Nuevo Testamento esta expresión casi desaparece y encontramos a los apóstoles predicando ya no el Reino de Dios, sino a Jesucristo Muerto y Resucitado, predicando y proclamando que Jesucristo es el Señor. El Reino de Dios es el Señorío de Cristo.

La entrada al Reino de Dios se realiza mediante la fe en la Palabra de Jesús, sellada por el bautismo, atestiguada en el seguimiento, en el compartir su vida, su muerte y resurrección. Esto exige una profunda conversión, una ruptura con el pecado y con toda forma de egoísmo, una adhesión a los criterios de vida proclamados por Jesucristo. El Reino de Dios proclamado por Jesucristo no es desligable de la Iglesia por Él instituida, pero trasciende sus límites visibles, ya que en cierto modo se da en dondequiera que Dios esté reinando, mediante su gracia y amor, venciendo el pecado y ayudando a los hombres a crecer hacia la gran comunión que nos ofrece en Cristo.

El Reino de Dios no es desligable de la Iglesia, porque para establecer ese Reino “Jesús instituyó a los Doce, para que estuvieran con Él,y para enviarlos a predicar”, a los cuales reveló “los misterios del Reino” haciéndolos sus amigos y continuadores de la misma misión que Él había recibido de su Padre, y estableciendo a Pedro como fundamento de la nueva comunidad. Desde el día de Pentecostés la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo, está ordenada al reino. Ella “ya constituye en la tierra el germen y principio de ese Reino. Germen que deberá crecer en la historia, bajo el influjo del Espíritu, hasta el día que “Dios sea todo en todos”. Hasta entonces, la Iglesia permanecerá perfectible bajo muchos aspectos, permanentemente necesitada de autoevangelización, de mayor conversión y purificación.

Aunque continuamente debemos buscar el Reino de Dios y aunque sólo al final de los tiempos ese Reino llegará a su plenitud, ya está en medio de nosotros, y la Iglesia no sólo es germen y principio de ese Reino, sino que debe ser signo e instrumento eficaz para que se realice en el mundo y en cada uno de nosotros. La iglesia para ser signo claro y eficaz del Reino de Dios debe ser fiel a la Palabra de Dios y transmitir íntegramente al mundo esa Palabra con amor y valentía; debe celebrar en forma viva, participativa e inculturada los misterios o sacramentos establecidos por Cristo; debe organizarse para hacer presente el amor de Dios con los más pobres y alejados del influjo del evangelio. Así la implantación del Reino de Dios se hará no con estrategias humanas sino con el poder del Espíritu

Al clausurar este año de la Fe hagamos nuestra esta oración: Cristo Rey, tú estás en medio de nosotros, tu reinado se ha hecho presente en nuestras vidas tantas veces en este año litúrgico que toca a su fin, hemos experimentado tu presencia en tu palabra que hemos escuchado, en el pan que hemos consagrado y comido juntos, cada vez que moviste nuestro corazón para salir al encuentro de los hermanos. Tu Santo Espíritu verdaderamente te ha hecho presente en medio de nosotros. Ahora haz Señor que ese mismo Espíritu nos anime y nos haga capaces de decir en el año que comienza y siempre ¡Ven Señor Jesús!, “Venga a nosotros tu Reino”.

 

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