XXXIII Domingo Ordinario, 17 de Noviembre del 2013

Agradecemos a la liturgia que con su antífona de entrada nos da la pauta para entender mejor las lecturas de este domingo: “Yo tengo designios de paz, no de aflicción, dice el Señor. Me invocarán y yo los escucharé y los libraré de su esclavitud dondequiera que se encuentren”. Oyendo el evangelio de hoy podríamos tener la impresión de que sólo se nos anuncian desgracias. En realidad el anuncio fundamental es de paz. Es cierto que las guerras, terremotos, epidemias y hambre, forman parte de la historia humana, pero Jesús nos trae la posibilidad de superar estas tragedias mediante la fe en su nombre: “Sin embargo, no caerá ningún cabello de la cabeza de ustedes. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”, nos ha dicho Jesús al final de la lectura evangélica.

 

 

Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México.

17 de Noviembre del 2013, XXXIII Domingo Ordinario


Agradecemos a la liturgia que con su antífona de entrada nos da la pauta para entender mejor las lecturas de este domingo: “Yo tengo designios de paz, no de aflicción, dice el Señor. Me invocarán y yo los escucharé y los libraré de su esclavitud dondequiera que se encuentren”. Oyendo el evangelio de hoy podríamos tener la impresión de que sólo se nos anuncian desgracias. En realidad el anuncio fundamental es de paz. Es cierto que las guerras, terremotos, epidemias y hambre, forman parte de la historia humana, pero Jesús nos trae la posibilidad de superar estas tragedias mediante la fe en su nombre: “Sin embargo, no caerá ningún cabello de la cabeza de ustedes. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”, nos ha dicho Jesús al final de la lectura evangélica.

Es fácil descubrir en la narración evangélica tres planos distintos y distantes. El primero es el nivel histórico contemporáneo a la primitiva comunidad cristiana en donde se da la destrucción de Jerusalén por las tropas de ocupación romana. El segundo plano se refiere a la situación de los cristianos durante la historia. El tercer y último plano se dará al final de la historia con la destrucción del mundo y la llegada plena del Reino de Dios. En el primer plano se anuncia “días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido” y sabemos por la historia que así sucedió. En el segundo plano Jesús advierte a sus discípulos:

“Los perseguirán a ustedes y los apresarán; los llevarán a los tribunales y a la cárcel...”, aquí fácilmente podemos reconocer la historia de la Iglesia durante los veinte siglos que lleva de existencia. En el tercer plano Jesús predice la aparición de “señales prodigiosas y terribles en el cielo”.

A los que nos toca vivir la etapa histórica de la Iglesia Jesús nos dice: “Con esto darán testimonio de mí”. Para dar ese testimonio hemos de evitar la alienación de abandonar la tarea del suelo para pensar sólo en el cielo; no podemos descuidar el tiempo para dedicarnos sólo a la eternidad; no debemos ignorar las injusticias actuales para esperar sólo la justicia del juicio final. Tenemos que evitar el angelismo de esperar sólo la salvación del alma sabiendo, como sabemos, que Cristo vino a salvar a todo el hombre y a todos los hombres.

Los cristianos debemos adoptar una postura positiva de encamación y no de huida de los problemas terrenos, pero desde una perspectiva muy original y muy efectiva, desde la perspectiva de ciudadanos del cielo, es decir, actuando con la responsabilidad del que sabe que sus obras tienen trascendencia para la vida eterna; rigiéndonos por la ley única del amor altruista; desde una visión de servicio al bien común, colaborando con nuestro pequeño grano de arena a la edificación de una sociedad y de una Iglesia mejores cada día.

Parece que en una de las primitivas comunidades cristianas, ante el anuncio apocalíptico del fin del mundo, algunos de los creyentes reaccionaron negativamente diciendo, es inútil preocuparse, no vale la pena trabajar y producir, total, ya pronto vendrá el Señor y todo esto se va a acabar. Por esto San Pablo nos ha dicho: “Vengo a saber que algunos de ustedes viven como holgazanes, sin hacer nada y además, entrometiéndose en todo. Les suplicamos a esos tales y les ordenamos, de parte del Señor Jesús, que se pongan a trabajar en paz para ganarse con sus propias manos la comida... El que no quiera trabajar, que no coma”.

Para la Iglesia el trabajo es como “la clave de la cuestión social”, y el trabajador no es una fuerza de trabajo, sino un hijo de Dios que se realiza en el trabajo. “El trabajo humano, autónomo o dirigido, procede inmediatamente de la persona, la cual marca con su impronta la materia sobre la que trabaja y la somete a su voluntad. Es para el trabajador y para su familia el medio ordinario de subsistencia; por él el hombre se relaciona con sus hermanos y les hace un servicio, puede practicar la verdadera caridad y cooperar al perfeccionamiento de la creación divina. No sólo esto. Estamos persuadidos de que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad insospechada laborando con sus propias manos en Nazaret. De aquí se deriva para todo hombre el deber de trabajar, así como el derecho al trabajo. La sociedad por su parte, debe esforzarse, según sus propias circunstancias, por ayudar a los ciudadanos para que logren encontrar la oportunidad de un suficiente trabajo. Y la remuneración del trabajo debe ser tal que permita al trabajador y su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común”. (G.S.67).

Es cierto, el trabajo es participación en la obra creadora de Dios y colaboración en la obra redentora de Cristo, pero también es fatiga, cansancio, dolor y fuente de conflictos. Hoy quisiera referirme sólo a un aspecto negativo del trabajo. A la falta de trabajo, a la desocupación, que considero un fantasma que nos aterroriza en cada crisis económica, y nos aterroriza porque hace imposible sacar adelante a la familia; crea dramas morales y sicológicos por el sentido de frustración y de desesperanza que origina; el desocupado se siente inútil, pierde la estima de sí mismo y la de sus familiares que quizá lo juzgan incapaz y falto de iniciativa. Frente a esta tragedia debemos desarrollar más nuestro sentido de responsabilidad y de solidaridad; debemos impulsar las rectificaciones necesarias al sistema económico para que haga posible la creación de las urgentes fuentes de trabajo; debemos mostrarnos agradecidos a los miles de trabajadores y trabajadoras que con su trabajo silencioso y constante hacen posible que México esté en pie; debemos aplaudir y premiar fiscalmente a aquellos que en medio de la crisis se muestran verdaderos empresarios; debemos crear conciencia de que el pago de impuestos debe ser un instrumento eficaz para la justa distribución de la riqueza que México está produciendo y de que sólo con el justo pago y el recto uso de los impuestos será posible llevar los servicios básicos a los más necesitados.

Hoy, como cada domingo, diremos al presentar el pan: “Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre”. En el pan no sólo presentamos el trabajo de los agricultores, sino el trabajo de todos los que hacen posible las máquinas y el vestido del agricultor; presentamos el trabajo escondido y muchas veces ignorado de las amas de casa; presentamos el trabajo de los que hacen habitable la ciudad; presentamos los proyectos grandiosos y los trabajos más humildes, con la seguridad de que Dios nuestro Padre los recibe y nos los regresa como “pan de vida”.

 

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