XXXII Domingo Ordinario, 10 de Noviembre del 2013

Domingo a domingo concluimos nuestra profesión de fe diciendo:” Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. Ahora nos acercamos al final del año litúrgico y es normal que la Iglesia nos invite con insistencia a reflexionar sobre las realidades últimas, a meditar sobre el final de nuestro camino sobre la tierra, a profundizar nuestra fe en la resurrección de los muertos.

 

 

Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana de México

10 de Noviembre del 2013, XXXII Domingo Ordinario


Domingo a domingo concluimos nuestra profesión de fe diciendo:” Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. Ahora nos acercamos al final del año litúrgico y es normal que la Iglesia nos invite con insistencia a reflexionar sobre las realidades últimas, a meditar sobre el final de nuestro camino sobre la tierra, a profundizar nuestra fe en la resurrección de los muertos.

Las lecturas que hemos escuchado nos permiten tener una visión muy completa de la revelación bíblica sobre la resurrección de los muertos. En el segundo libro de los Macabeos, al final del Antiguo Testamento, hemos oído con qué fuerza se proclama la fe en la resurrección. “El Rey del universo nos resucitará a una vida eterna”, dijo el segundo joven al rey que lo mandó matar y el cuarto joven ya para expirar dijo: “Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”.

Esta fe proclamada por los jóvenes Macabeos es fruto de dos certezas que recorren todo el Antiguo Testamento: la certeza de la omnipotencia de Dios y la certeza de la insuficiencia y de la injusticia de la retribución terrena.

En el pasaje evangélico podemos ver el modo de pensar que se tenía sobre la resurrección en tiempos de Jesús y nos permite conocer la doctrina de Cristo sobre esta cuestión trascendente. Los Saduceos, que eran los representantes de la aristocracia de Jerusalén, fundados en la revelación bíblica más antigua, no aceptaban la doctrina sobre la resurrección de los muertos por considerarla una novedad, por eso presentan como objeción el caso hipotético fundamentado en la ley del levirato. La respuesta de Jesús es extraordinaria, manifestando dónde está el error de los saduceos y revelando dónde está el fundamento más convincente sobre la resurrección de los muertos. El error de los Saduceos es que leen las Sagradas Escrituras con espíritu racionalista y así no alcanzan a descubrir que si el poder de Dios hizo posible la creación del hombre de la nada, con mayor razón hace posible la resurrección: “Todo es posible para Dios”. El fundamento más convincente sobre la resurrección de los muertos Jesús lo presenta invocando precisamente a Moisés, que para los saduceos era la máxima autoridad, en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven”.

Jesús en forma maravillosa nos pone una alternativa radical: o aceptamos la fe en la resurrección o tomamos el camino del ateísmo. No podemos creer en un Dios que ha creado cielos y tierra para el hombre, no podemos concebir a un Dios que ha realizado toda una historia de salvación para el hombre y después afirmar que ese hombre termina en la nada, termina en el sepulcro. Nos encontraríamos a un Dios reinando sobre las tumbas, a un Dios de muertos. Si no queremos llegar al absurdo tenemos que admitir que si de verdad creemos en Dios, también creemos en la resurrección de los muertos. Dostoevskij escribió en su obra “Los Demonios”: “Mi inmortalidad es indispensable, ya que Dios no cometerá la iniquidad de apagar totalmente el fuego de amor que Él mismo encendió en mi corazón... Yo comencé a amarlo y me alegré en su amor, ¿Es posible que Él extinga en mí la alegría y me convierta en cero? Si hay Dios, también yo soy inmortal”.

Pero en definitiva, nuestra fe en la resurrección de los muertos, no se apoya sólo en doctrina o en reflexiones por convincentes que estas puedan ser, sino en el hecho central de toda la historia de la salvación: la resurrección de Cristo. Por esto San Pablo en su Primera Carta a los Corintios les dice: “Si se predica que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de ustedes que no hay resurrección de los muertos? Porque si no hay resurrección de los muertos, tampoco resucitó Cristo; y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana es nuestra fe... y seríamos los más desdichados de todos los hombres... Pero es un hecho que Cristo resucitó de entre los muertos”. Y como dice la aclamación antes del evangelio de hoy: “Cristo es la primicia de los que han muerto”. Pues ya que por un hombre ha venido la muerte, también por un hombre ha venido la resurrección de los muertos.

Este panorama de eternidad que hoy se nos ha presentado nos impulsa a los cristianos a ser dinámicos y audaces, libres y abiertos, despojados de la esclavitud de las cosas y de la pereza presente. Nuestra vida debe ser la vida de un Peregrino en continuo camino, saliendo de un punto para llegar a nuestra ciudad definitiva, con etapas intermedias. Para todos nosotros es conocida la simbología bíblica del “extranjero” aplicada al cristiano que vive en el tiempo y en el espacio presente, anhelando el regreso a su casa definitiva. El presente es importante y debe ser vivido intensamente, como hoy nos ha dicho San Pablo: “con los corazones confortados y dispuestos a toda clase de obras buenas y de buenas palabras”. El anhelo de la casa definitiva nos debe llevar a relativizar el presente, sabiendo que sólo hay un absoluto y total que es Dios, a quien veremos, no en signos e imágenes, sino tal cual es.

Ante el Dios creador de nuestra vida humana es necesaria la actitud de agradecimiento y responsabilidad, por eso debemos exclamar: “Te alabamos Padre santo, porque eres grande y porque hiciste todas las cosas con sabiduría y amor. A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero”. Y ante el Padre de nuestra vida divina, y de nuestro destino eterno, cabe un agradecimiento aún mayor, “ya que al cumplirse la plenitud de los tiempos nos envió como salvador a su Hijo único, el cual, para cumplir sus designios, se entregó a la muerte y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida”.

 

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