Fiesta del Bautismo de Señor, sábado 10 de enero de 2015

Deseo saludar a todos y, en especial, manifestar mi solidaridad a quienes están sufriendo por causa de la violencia. A quienes sienten que ya no tienen motivos para la esperanza y a quienes necesitan consuelo y solidaridad, invitarlos a vivir la fortaleza y la paz que nos trae nuestro Salvador.

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C., Arzobispo Primado de México,
en la Peregrinación de la Arquidiócesis de México, a la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe.


Is 42, 1-4. 6-7; Hech 10, 34-38; Mc 1,7-11



Deseo saludar a todos y, en especial, manifestar mi solidaridad a quienes están sufriendo por causa de la violencia. A quienes sienten que ya no tienen motivos para la esperanza y a quienes necesitan consuelo y solidaridad, invitarlos a vivir la fortaleza y la paz que nos trae nuestro Salvador.

Ruego al Señor por quienes siguen luchando día a día, porque están convencidos que es posible un mejor ambiente social. A quienes no se han dejado doblegar por las adversidades. Y a quienes mantienen su confianza en las personas y buscan ser mejores seres humanos. Les puedo asegurar que los sostiene el Amor de Dios presente en su corazón.

LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS Y NUESTRO COMPROMISO

Las circunstancias que viven nuestra ciudad y nuestra patria hacen cada vez más urgente que todos los bautizados asumamos nuestra responsabilidad social. Esto no es algo ajeno a nuestra fe, sino consecuencia de la práctica del evangelio, que nos hace capaces de compasión y de involucrarnos en la situación de nuestro prójimo (Cfr. Lc 10,25-37).
 
Esa es la Buena Noticia de la que tenemos que ser testigos: que sí es posible la cercanía fraterna entre los seres humanos. El Papa Francisco nos recuerda que Jesús se identifica especialmente con los más pequeños (Cfr. Mt 25,40) y que los cristianos estamos llamados a cuidar a los más frágiles de la tierra (Cfr. EG 209).

Si así comprendemos nuestro compromiso evangelizador y la reafirmación del camino eclesial que venimos recorriendo juntos, entonces nuestra presencia en medio de la ciudad se convertirá en verdadera levadura (Cfr. Mt 13,33), capaz de ser factor de cambio en bien de todos los que habitan la urbe. Procuremos estar siempre conscientes de nuestra pequeñez, como la semilla de mostaza (Cfr. Ídem 13,31-32), para que sea la fuerza de Dios la que se manifieste (Cfr. 2Cor 4,7).

EL ESPÍRITU SOSTIENE NUESTRO CAMINAR ECLESIAL

Con gran alegría y esperanza doy testimonio de que el Espíritu del Señor ha ido construyendo y sigue suscitando en el seno de nuestra Iglesia Diocesana todo lo necesario para que podamos ser instrumentos del evangelio en la Ciudad de México.

En el trayecto recorrido desde el II Sínodo, a pesar de nuestras inconsistencias, el Espíritu Santo ha hecho posible que se genere un cimiento de renovación eclesial, ruta que está señalada por las intuiciones sinodales, y que se ha venido fraguando con el impulso misionero que ha motivado a muchos miembros de nuestra Iglesia local a avanzar en su conversión pastoral en los últimos veinte años.

Este día en que hemos venido juntos a la casita del Tepeyac, observemos con atención a María de Guadalupe y aprendamos de ella el espíritu de la Misión: ofrecer, siempre, consuelo y misericordia a todos. Su secreto es decir sí al Espíritu y mantenerlo; aceptar con todo su amor a Jesús en su vida; y, comunicar su paz a todos. Tenemos en María una madre que es ejemplo y modelo de misionera.

COMO CRISTO, HEMOS SIDO UNGIDOS PARA LA MISIÓN

Nuestra peregrinación es, también, una buena ocasión para dar gracias por todos los dones que el Espíritu sigue derramando en nuestra comunidad arquidiocesana. Esta experiencia nos hace sentir que la voz del Padre que resonó en el Jordán, ahora continúa resonando para cada bautizado. En Jesús, vivamos hoy la alegría y la responsabilidad de que la voz del Padre es para cada uno de nosotros: Éste es mi Hijo amado, en quien he puesto todo mi amor (Mt 3,17).

La Palabra de Dios que se ha proclamado corresponde a la fiesta del Bautismo del Señor. Nos ha recordado este significativo acontecimiento de la vida de Jesús, que nos hace pensar también en nuestro bautismo.

Desde la primera lectura se revela la disposición que Dios tiene para que el hombre lo pueda encontrar: es un Dios rico en perdón. Con esa expectativa había que recibir el bautismo al que Juan invitaba. Jesús no tenía necesidad alguna del mismo. Sin embargo, era consciente de que, para llevar a cabo su misión, debía ir a que Juan lo bautizara, debía introducirse entre los pecadores, hacer, en cierto sentido, causa común con ellos, mostrándose solidario con ellos.

Todo esto nos hace comprender la misión de Jesús: él había venido nos sólo a estar entre nosotros, a consolarnos con su presencia, sino a estar entre nosotros a fin de compartir nuestra suerte y transformarla en camino de salvación. Sólo por amor.

El Bautista es consciente del aspecto provisional e imperfecto de su bautismo; de hecho, dice a los que vienen a él: “Detrás de mí viene uno con más autoridad que yo […] Yo los bautizo con agua, él los bautizará con Espíritu Santo”.

Es Jesús quien comunica el Espíritu Santo. Y, tras ser bautizado, se manifiesta el Espíritu presente.

De esta forma, el bautismo que Jesús recibe de Juan es, además, un momento de investidura y consagración mesiánica: Jesús es el Hijo, el Señor. Así lo proclama la voz del Padre. Los cielos se abren para que en el Hijo Mesías se manifieste la misericordia del Padre para todo el pueblo. Se realiza el anuncio del profeta Isaías, el Mesías está ungido de Espíritu: fuerza, sabiduría y amor, justicia y liberación.

Entonces, si nuestro bautismo nace del de Cristo, es nueva creación por el agua viva, nuevo nacimiento por el Espíritu, filiación con respecto a Dios y entrada a la Iglesia, pueblo de Dios y comunidad creyente.

EL AMOR DE JESÚS NOS APREMIA A CONTINUAR EL COMPROMISO MISIONERO

En verdad, somos hijos amados del Padre y todavía muchos no lo saben y viven necesitados de amor. Es por eso que la Misión siempre nos urge a poner a disposición del Espíritu lo que somos: para que el amor del Padre llegue al corazón de todos los habitantes de la Ciudad. Miren qué responsabilidad tenemos como discípulos misioneros: la fuerza del Espíritu y la misericordia del Salvador pasan a través de nosotros.

El Papa Francisco ha resaltado que es la experiencia del amor de Dios lo que es el cimiento del evangelizador: La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús (EG 120).

Esa debe ser la motivación de fondo para asumir nuestra responsabilidad en la Misión de la Arquidiócesis. La vivencia de nuestro bautismo nos va impregnando de los sentimientos de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Esa es nuestra motivación y nuestra fuerza.

En noviembre pasado, se cumplieron 21 años de que mi Predecesor entregó a la Comunidad Arquidiocesana el Decreto del II Sínodo Diocesano en este mismo recinto. Aquí mismo, bajo la intercesión de Santa María de Guadalupe y de San Juan Diego, convoco a todos a renovar su generosidad para responder al envío que recibimos de Jesús. Apoyados en los dones y frutos de los años transcurridos, sigamos adelante con la meta de madurar la identidad misionera de nuestra pastoral.

El resultado de la XX Asamblea Diocesana vino a confirmar las áreas de pastoral que debemos atender con más esmero en esta nueva etapa de la Misión Permanente: 

  • el acompañamiento a la familia, en sus distintas etapas y realidades; 
  • el apoyo a las nuevas generaciones, renovando la confianza en los jóvenes y en su potencial presente y futuro;
  • el hacerse presente en las periferias, yendo al encuentro de los pobres y alejados;
  • cultivando las vocaciones que sigue sembrando el Espíritu;
  • retroalimentando el espíritu y el ministerio de los pastores para que animen y encabecen la opción misionera;
  • todas esas prioridades deben ir construyéndose desde la base de la organización pastoral, que se identifica con la parroquia, sin olvidar la perspectiva sinodal: la ciudad necesita una atención de sectores territoriales y de ambientes culturales.


Delante de estos retos, como a sus discípulos, el Señor nos pide que alimentemos (Cfr. Mc 6,34-44) a quienes necesitan la Buena Noticia. Nuestra capacidad y recursos son insuficientes para tantas y tan profundas carencias. En nuestra ciudad hace falta el milagro de la multiplicación. El Señor Jesús lo puede hacer. Pero la condición es que estemos dispuestos a poner en sus manos lo poco que somos y tenemos.

Como cada año, hoy les entrego las Orientaciones Pastorales donde señalo la dirección a seguir para dar continuidad al proceso pastoral e impulsar los programas prioritarios que nos permitan ir madurando como Iglesia misionera. Nos espera una etapa muy intensa que debemos abordar con gran esperanza y espíritu de comunión eclesial, dando gracias al Señor por lo mucho que nos ha dado.


APOYEMOS LA ACCIÓN MISIONERA UNIÉNDONOS EN LA ORACIÓN

En este año tenemos dos acontecimientos providenciales que vienen a iluminar y fortalecer nuestro caminar: el Sínodo de la Familia y el Año de la Vida Consagrada. 

  • Como uno de los programas claves de la nueva etapa de la Misión Permanente es la organización de la pastoral familiar desde las parroquias, sin duda los trabajos del Sínodo para la Familia será de gran ayuda e impulso en esta vertiente en que nos empeñaremos de forma especial.
  • El año dedicado a la Vida Consagrada dio inicio el 30 de noviembre pasado y culminará el 2 de febrero del 2016. Saludo afectuosamente a todos los Institutos masculinos y femeninos de Vida Consagrada. Los invito a que reflexionemos cómo podemos intensificar nuestra comunión en favor de la misión evangelizadora en la ciudad con acciones a mediano y largo plazo.


En comunión con la enseñanza del Papa Francisco hago eco de su exhortación a todos los que quieren seguir a Jesús: La evangelización se hace de rodillas. La fuerza del hombre es la oración y también la oración del humilde es la debilidad de Dios. El Señor es débil sólo en esto; es débil frente a la oración de su pueblo. Seamos constantes en la oración para que el Señor nos mantenga fuertes al servicio del Evangelio.

En esta nueva etapa pastoral
te ruego Padre que sigas alimentando con tu Espíritu
a la Iglesia que peregrina en la Ciudad de México.
Señor Jesús reafirma en nuestros corazones la vocación misionera que nos has dado,
para que continuemos construyendo comunidades de fe y servicio,
capaces de testimoniar con alegría la Buena Noticia en las periferias urbanas.

Padre Bueno,
con tu Espíritu modela nuestro corazón
con los mismos sentimientos de tu Hijo Jesús.
Danos un corazón nuevo, como el de María de Guadalupe,
siempre valiente y mostrando tu compasión.
Modela nuestro corazón y pon en él la sencillez de Juan Diego
para ser fieles misioneros de tu Palabra.
Que tu amor sin medida nos transforme
para que nuestra alegría sea dar testimonio de tu amor a todos los que lo necesitan.

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