II domingo del Tiempo Ordinario, 18 de enero de 2015

    En la primera lectura hemos escuchado la narración de la vocación o llamada de Dios a Samuel y en el evangelio se nos describe, de una manera muy sencilla, cómo Jesús hizo sus dos primeros discípulos: parece un encuentro casual, “Maestro ¿dónde vives? Vengan y vean, y ahí se quedaron con Él todo el día”. No sabemos qué dijeron, de qué conversaron, pero sabemos que decidieron quedarse con Él toda la vida. Ahí nace el colegio apostólico, ahí comienza a formarse la Iglesia.

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

 

18 de enero de 2015, II domingo del Tiempo Ordinario.

         En la primera lectura hemos escuchado la narración de la vocación o llamada de Dios a Samuel y en el evangelio se nos describe, de una manera muy sencilla, cómo Jesús hizo sus dos primeros discípulos: parece un encuentro casual, “Maestro ¿dónde vives? Vengan y vean, y ahí se quedaron con Él todo el día”. No sabemos qué dijeron, de qué conversaron, pero sabemos que decidieron quedarse con Él toda la vida. Ahí nace el colegio apostólico, ahí comienza a formarse la Iglesia.

      La vocación cristiana tiene características muy especiales, no se trata de una atracción hacia algo: una causa, una ideología, un partido o una ocupación; se trata de una atracción hacia Alguien, se trata del seguimiento de una persona, Jesús, como alguien fundamental para la propia vida. Es creer y sentir que Jesús es la razón de ser de la propia historia personal, se trata de un enamoramiento personal experimentando que Cristo es imprescindible para mí, que no puedo vivir sin Él. La vocación, por tratarse de un enamoramiento, lleva a un encuentro y a un trato interpersonal: “¿Dónde vives? Vengan y vean. Y se quedaron con Él todo aquel día”. Cuando llega el llamado de Jesús hay que convivir con Él, hay que trabar contacto constante con Jesús, presente en el alma, en la Eucaristía y en su evangelio. No se puede tener vocación a larga distancia, no se puede ser cristiano por correspondencia, sino con el trato cercano, íntimo y personal en la oración.

       También nos llama la atención el que la vocación no es para quedarse solos con Jesús y encerrarse en sí mismos contemplando el llamado: Andrés corrió a decírselo a su hermano Simón; Felipe a Natanael. A Juan también lo encontramos de inmediato con su hermano Santiago siguiendo a Jesús. Los discípulos hacen discípulos; participan con grande alegría su descubrimiento, su vocación. Ser discípulo de Jesús de Nazaret es la nueva identidad personal. Si ser cristiano “es dar razón de nuestras esperanzas”, como dice San Pedro, ser cristiano es comunicar a otros el centro de esas esperanzas, que es Jesús. El cristiano debe sentir el doble movimiento del corazón: centrípeto, por el que atrae hacia sí a Cristo, y centrífugo por el que lleva a Cristo a los demás.

      Ser discípulo de Jesús hoy en día significa esencialmente dos cosas: primera, imitar a Cristo, que en sentido evangélico quiere decir seguir a Cristo y aprender de Él a hacer la voluntad del Padre, y segunda, testimoniar a Cristo, que nos compromete a decir al mundo lo que Jesús es y significa para nosotros, que nos impulsa a invitar a los demás a ir tras los pasos de Jesús. Podría desarrollar ampliamente lo que significa un programa de vida, de imitación y de testimonio de Cristo, pero hoy quisiera mas bien reavivar y encender en cada uno de nosotros, el sentido de pertenencia, el sentido de nuestra vocación, descubrir lo que es ser discípulo, hasta tal punto que siempre que oigamos: “Jesús dijo a sus discípulos...” sintamos que Jesús nos está hablando a nosotros y está esperando de nosotros una escucha atenta y una respuesta.

      El lugar privilegiado de la vocación es la familia, ahí es donde se da el contagio de persona a persona para seguir a Cristo, así lo hemos visto en el evangelio, cómo los hermanos llaman a los hermanos. El seguimiento de Jesús y la vivencia religiosa debe integrarse en forma muy natural en la vida familiar, aprovechando los momentos ordinarios, levantarse, acostarse, comer, domingos, etc. y los eventos extraordinarios, nacimientos, cumpleaños, fiestas, Navidad, Pascua, enfermedad, muerte, etc. La Familia, como pequeña Iglesia, debe ser un espacio donde Jesús sea conocido y su evangelio transmitido, para que todos los miembros sean evangelizados y se conviertan en evangelizadores. Los papás no sólo comunican a los hijos el evangelio, sino que también pueden recibir de ellos este mismo evangelio profundamente vivido... una familia así se hace evangelizadora de otras muchas familias y transforma el ambiente en donde vive.

       Si queremos ser auténticos servidores de Cristo, conozcámoslo y tratémoslo en profundidad, y comuniquémoslo a los demás, sobre todo en nuestra propia familia. Es más, alimentémonos de Él y llevémoslo también a los que están lejos. Descubrámoslo presente en esta Eucaristía y contagiemos nuestro propio ambiente con su presencia.

 

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