III Domingo del Tiempo Ordinario, 25 de Enero de 2015

En la vida de los pueblos y de los individuos siempre hay un momento decisivo en que la historia comienza o cambia radicalmente. Siempre hay en nuestra vida momentos decisivos en que decimos: "Se llegó el día - Llegó la hora", y comenzamos algo nuevo, tomamos un rumbo distinto. El Evangelio de hoy habla de esto, de un momento trascendental, de la llamada a una vida nueva. Jesús empieza su predicación con un clarinazo. Ha llegado la hora: "El tiempo se ha cumplido, ya está aquí el Reino de Dios. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio". El Reino de Dios está encarnado en el mismo Jesús. Es Jesús. Cuando Él afirma: "El Reino de Dios está en medio de ustedes", nos está diciendo que Él está en medio de nosotros, ya que Él es el Emmanuel, el Dios con nosotros.



Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.



En la vida de los pueblos y de los individuos siempre hay un momento decisivo en que la historia comienza o cambia radicalmente. Siempre hay en nuestra vida momentos decisivos en que decimos: "Se llegó el día - Llegó la hora", y comenzamos algo nuevo, tomamos un rumbo distinto. El Evangelio de hoy habla de esto, de un momento trascendental, de la llamada a una vida nueva. Jesús empieza su predicación con un clarinazo. Ha llegado la hora: "El tiempo se ha cumplido, ya está aquí el Reino de Dios. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio". El Reino de Dios está encarnado en el mismo Jesús. Es Jesús. Cuando Él afirma: "El Reino de Dios está en medio de ustedes", nos está diciendo que Él está en medio de nosotros, ya que Él es el Emmanuel, el Dios con nosotros.

Ahora bien, recibir a Jesús, dejar que plante su tienda de campaña en nuestra vida individual, familiar y social es lo más trascendente que puede ocurrir en nuestro calendario. La escena que nos describe el Evangelio es de un dramatismo sorprendente: Simón y Andrés, lo mismo que Santiago y Juan, estaban echando las redes en el lago o las estaban remendando, pues eran pescadores, al oír la invitación de Jesús "dejaron las redes y a su padre que estaba en la barca", es decir, lo dejan todo, su propia vida, para seguir a Jesús. Comienzan una aventura misteriosa para buscar ese Reino de Dios y después para anunciarlo. Le dieron sentido a su vida. Encontraron la vida. Trascendieron no sólo el tiempo, sino la eternidad.

En verdad que todos los líderes presentan su mensaje social o político como un programa de felicidad humana. Todos tienen siempre en sus labios eslogans de bienestar y progreso. Todos prometen reinos sobre la tierra y paraísos en el tiempo. Pero en la propuesta de Jesús hay algo muy original. Paradójico. Los otros líderes evitan pronunciar en sus campañas palabras negativas que puedan desanimar a sus seguidores. Pero, precisamente por eso, todos los proyectos humanos resultan imperfectos. Hablan de derechos, pero no de los deberes correspondientes. Jesús, sin embargo, comienza el anuncio del Reino, la predicación de su Evangelio, diciéndonos: "Conviértanse", rectifiquen el rumbo, cambien, arrepiéntanse. Su originalidad además es realista porque para conseguir un mundo mejor, no basta con cambios exteriores, que suelen significar que los de abajo suban y los de arriba bajen. Hay algo que debe cambiar en profundidad y Jesús lo está señalando: hay que cambiar en el corazón, hay que cambiar de mente, hay que renovarse interiormente.

De verdad que el anuncio de Jesús, es un anuncio radical: Pretende un cambio personal, social e histórico a través de la conversión del corazón y el espíritu. No quiere cambios superficiales o maquillados. Anuncia "La conversión", como Buena Nueva, aunque parezca dolorosa, porque sólo así, dejando las redes, quemando las naves, nace una vida nueva, se establece el Reino de Dios que es reino de paz y de justicia, porque lo es de gracia y de amor, lo es de perdón y reconciliación.

La Iglesia actual para entender bien el Reino de Cristo tiene que superar el integrismo tradicional, que quisiera la reconstrucción de una cristiandad al estilo medieval con alianza estrecha entre el poder temporal y el poder eclesiástico. También tiene que superar el radicalismo de las ideologías contemporáneas que esperan la realización del Reino justificando el socialismo o el capitalismo en nombre del evangelio y exigiendo ser socialista o capitalista en nombre de la fe.

Jesucristo, ungido por el Espíritu Santo, proclama en la plenitud de los tiempos la Buena Nueva diciendo: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio". Este Reino inaugurado por Jesús nos revela primeramente al propio Dios como "un Padre amoroso y lleno de compasión", que llama a todos los hombres y mujeres, a ingresar en él. La entrada en el Reino de Dios se realiza mediante la fe en la Palabra de Jesús, sellada por el bautismo, atestiguada en el seguimiento, en el compartir su vida, su muerte y resurrección. Esto exige una profunda conversión, una ruptura con toda forma de egoísmo en un mundo marcado por el pecado; es decir, una adhesión al anuncio de las bienaventuranzas. El misterio del Reino, escondido durante siglos y generaciones en Dios y presente en la vida y las palabras de Jesús, identificado con su persona, es don del Padre y consiste en la comunión, gratuitamente ofrecida, del ser humano con Dios, comenzando en esta vida y teniendo su plena realización en la eternidad.

Cristo Rey, al final de nuestros días, nos enfrentará con una serie de realidades que antes se llamaban obras de misericordia y ahora se denominan derechos humanos. Jesús juzgará dignos súbditos de su Reino a los que se hayan preocupado por hacer efectivas en la tierra las exigencias básicas del hombre: el alimento, la vivienda, el vestido, la salud y la libertad. Aquí tenemos la declaración de los derechos humanos con veinte siglos de adelanto y sin ideologías. Pues bien, satisfacer esos derechos, especialmente entre los más necesitados y marginados, constituye el programa del Reino de Cristo. Vestir al desnudo, alimentar al hambriento, cobijar a los sin techo, sanar a los enfermos, liberar a los que de mil formas están encarcelados, es la manera de establecer el Reino de Cristo aquí en la tierra.

Hermanos, hermanas, si no hay perdón, si no hay reconciliación no puede haber vida nueva. Si no hay gracia, más allá de la aplicación de las leyes, si no hay misericordia más allá de la justicia no puede establecerse el amor y el amor es lo determinante en el seguimiento de Jesús. En este año, como ayer junto al lago de Galilea, repite: "Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres". Jesús busca equipos de hombres y mujeres que le sigan, imitando su ejemplo y haciendo eco a su Buena Nueva. Siendo joven me llamó la atención la ironía de una frase de Mons. Fulton Sheen, obispo auxiliar de New York y hábil comunicador, que decía: "Cristo nos mandó ser pescadores de hombres, pero nosotros nos hemos convertido en dueños de peceras", haciendo así alusión al hecho de que sólo atendemos a aquellos que acuden a nuestros templos, aquellos que acuden a nuestras ceremonias y hacía alusión a que nos falta salir para encontrar a los más alejados del influjo del Evangelio, haciendo alusión a esa falta de impulso misionero que tanto necesitamos.

En medio de nosotros hay muchos que no han escuchado el Evangelio, se pueden contar por millones los que todavía no descubren la maravilla del Banquete Eucarístico, no escondamos bajo la cama la luz que se nos ha entregado sino pongámosla en alto para que ilumine a todos, a los que están cerca y a los que están lejos.

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