IV Domingo del Tiempo Ordinario, 1 de Febrero del 2015

En nuestras familias, al interior de la Iglesia y en la sociedad civil, con frecuencia, se habla de crisis de obediencia y se quiere justificar la crisis de obediencia diciendo que no se sabe mandar, resultando que a la base de la crisis de obediencia está la crisis de autoridad. Por una parte lamentamos que tantas cosas importantes quedan a la deriva porque falta autoridad, nadie quiere tomar decisiones, ya que si se toman se tiene el temor de no ser obedecido.


Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.



En nuestras familias, al interior de la Iglesia y en la sociedad civil, con frecuencia, se habla de crisis de obediencia y se quiere justificar la crisis de obediencia diciendo que no se sabe mandar, resultando que a la base de la crisis de obediencia está la crisis de autoridad. Por una parte lamentamos que tantas cosas importantes quedan a la deriva porque falta autoridad, nadie quiere tomar decisiones, ya que si se toman se tiene el temor de no ser obedecido. Por otra parte vemos que aquellos que ejercen la autoridad, no pocas veces, son acusados de autoritarios y represores por aquellos mismos que a gritos pedían una decisión. En nuestra sociedad se esta dando este fenómeno ya que a gritos estamos manifestando que la “impunidad” termine ya que de otra manera la violencia y el crimen terminarán con nosotros. En el Evangelio de hoy se afirma por dos veces que Jesús enseña con autoridad. Para todos nosotros es necesario volver los ojos a Jesús para ver en qué se apoya la autoridad que le es reconocida y ver cómo ejerce esa autoridad en los ambientes más difíciles.

San Marcos nos dice que “Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”. Pero no sólo sus enseñanzas arrancan ese reconocimiento de autoridad, sino también su actuación ante aquel hombre poseído por un espíritu inmundo, Jesús le ordena salir de él y el espíritu sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y exclamaban: “Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”.

Hay dos niveles en la actuación de Jesús que merecen la alabanza de su autoridad. El primero es en su enseñanza, pues “jamás hombre alguno habló como este hombre”. Es cierto que en ocasiones la gente queda deslumbrada y fascinada por los merolicos o los falsos profetas, pero a la larga la gente sabe distinguir bien entre la palabrería de los que quieren embaucarle y la sinceridad de los que desean auténticamente su bien. Jesús nos habla como poseído y poseedor de la Palabra de Dios, ya que él es la Palabra divina que se traduce en palabras humanas para sus hermanos. Jesús convence porque habla, no de memoria, sino de corazón, con sinceridad, sintiendo lo que dice, siendo fiel al Espíritu Santo que lo inspira, Jesús se entrega de verdad cantando las verdades, por dolorosas que éstas sean, y contando la verdad que el Padre le ha confiado para quitar el pecado del mundo y potenciar el bien del hombre y de la sociedad. LA FIDELIDAD A LA VERDAD NECESARIAMENTE NOS LLEVA A TENER AUTORIDAD.

Pero la autoridad de Jesús no se redujo a las palabras, a la enseñanza de la verdad, sino que se extendió a las obras. No sólo levantó entusiasmos como predicador del Evangelio, sino también al ver cómo se compadecía y remediaba las necesidades de las multitudes enfermas y con hambre que vagaban como ovejas sin pastor. Y es que a nosotros si nos convencen las palabras sinceras, más nos persuaden los hechos nacidos de una personalidad auténtica. Las palabras convencen, pero los hechos arrastran. Jesús convence y vence porque es Santo. “Sé que eres el Santo de Dios”, tiene que reconocer el mal espíritu acosado por Jesús. La misión de Jesús es la lucha contra el mal en todas sus formas instalado en el hombre y en la sociedad. Y su autoridad es la Santidad de vida. Su autoridad son las obras. SU AUTORIDAD ES SER CONSECUENTE CON LO QUE DICE Y LO QUE HACE.

Si queremos tener autoridad en los distintos estratos en donde nos movemos, eclesiales o sociales, debemos tomar como modelo la autoridad de Jesús. No arrastraremos con la mera repetición mecánica de la letra del mensaje divino, como los letrados, sino con la fidelidad vital al espíritu de la Palabra de Dios.  No convenceremos a nadie si nos dedicamos a proclamar las teorías de moda o a ser mensajeros de ideologías pasajeras. Como Jesús, debemos proclamar la verdad revelada por Dios desde el principio, aunque esa verdad sea dolorosa para los oyentes o aunque tengamos que pronunciarla contra corriente en un mundo que no quiere oírla o de ella se burla. Como Jesús, hemos de ser poseedores y estar poseídos de la Palabra de Dios, conocida, meditada, asimilada, y sobre todo, hecha vida. Como Jesús, debemos acompañar las palabras con obras concretas que muestren el amor de Dios. Entonces tendremos autoridad.

    Hoy nuestra Catedral se engalana con la presencia de muchas hermanas y algunos hermanos de vida consagrada que en nuestra gran ciudad tienen verdadera autoridad por la congruencia de su vida como lo reconocen varias encuestas realizadas recientemente. A ustedes queridos hermanas y hermanos les repito las palabras del Papa Francisco:
“Donde hay religiosos hay alegría”. Estamos llamados a experimentar y demostrar que Dios es capaz de colmar nuestros corazones y hacernos felices, sin necesidad de buscar nuestra felicidad en otro lado; que la auténtica fraternidad vivida en nuestras comunidades alimenta nuestra alegría; que nuestra entrega total al servicio de la iglesia, las familias, los jóvenes, los ancianos, los pobres, nos realiza como personas y da plenitud a nuestra vida.

    Que entre nosotros no se vean caras tristes, personas descontentas e insatisfechas, porque “un seguimiento triste es un triste seguimiento”. También nosotros, al igual que todos los otros hombres y mujeres, sentimos las dificultades, las noches del espíritu, la decepción, la enfermedad, la pérdida de fuerzas debido a la vejez. Precisamente en esto deberíamos encontrar la “perfecta alegría”, aprender a reconocer el rostro de Cristo, que se hizo en todo semejante a nosotros, y sentir por tanto la alegría de sabernos semejantes a él, que no ha rehusado someterse a la cruz por amor nuestro.

    Bien podemos aplicar a la vida consagrada lo que escribió el Papa en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, citando una homilía de Benedicto XVI: “La Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción”. Sí, la vida consagrada no crece cuando organizamos bellas campañas vocacionales, sino cuando los jóvenes que nos conocen se sienten atraídos por nosotros, cuando nos ven hombres y mujeres felices. Tampoco su eficacia apostólica depende de la eficiencia y el poderío de sus medios. Es vuestra vida la que debe hablar, una vida en la que se trasparenta la alegría y la belleza de vivir el Evangelio y de seguir a Cristo.

    Repito a vosotros lo que dije en la última Vigilia de Pentecostés a los Movimientos Eclesiales: “El valor de la Iglesia, fundamentalmente, es vivir el Evangelio y dar testimonio de nuestra fe. La Iglesia es la sal de la tierra, es luz del mundo, está llamada a hacer presente en la sociedad la levadura del Reino de Dios y lo hace ante todo con su testimonio, el testimonio del amor fraterno, de la solidaridad, del compartir”.

Felicidades, hermanos y hermanas en este año jubilar de la vida consagrada.

Back to top