I Domingo de Cuaresma, 22 de Febrero del 2015

 

"Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio". Al principio de la Cuaresma la liturgia proclama el principio del Evangelio, como invitándonos a comenzar nuestra evangelización, y esta evangelización sólo puede iniciarse con la conversión. Conversión es la traducción de la palabra griega "metanoia", que literalmente significa "revolución mental": "meta" es una preposición que indica inversión del movimiento, cambio, reversa y "noia" es un sustantivo que significa mente, es el cambio de mentalidad, rectificar la mente.

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México



"Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio". Al principio de la Cuaresma la liturgia proclama el principio del Evangelio, como invitándonos a comenzar nuestra evangelización, y esta evangelización sólo puede iniciarse con la conversión. Conversión es la traducción de la palabra griega "metanoia", que literalmente significa "revolución mental": "meta" es una preposición que indica inversión del movimiento, cambio, reversa y "noia" es un sustantivo que significa mente, es el cambio de mentalidad, rectificar la mente.

Cuando nosotros escuchamos revolución, ordinariamente pensamos que es algo que va en contra de algo o de alguien, como en las revoluciones sociales, proletarias, culturales, sexuales, en donde se lucha contra la estructura, otra clase, las costumbres, el otro sexo.  La revolución evangélica es muy distinta ya que es una revolución fundamentalmente interna, de la mente, del corazón, y es una revolución de nosotros mismos y no contra alguien, porque del interior del hombre, de lo íntimo de su corazón, es de donde nace, según Jesús, toda la clase de males. Esta es la verdadera revolución, porque las revoluciones que tienden a eliminar al otro, sólo a cambiar las estructuras, son cambios para quitar al otro y ponerme yo, es propugnar cambios para que todo siga igual.

Así pues, la conversión que nos pide Jesús no es algo negativo, como a primera vista pudiera parecer, sino algo eminentemente positivo, pues a nadie que va por una ruta equivocada le parece algo negativo cambiar todo lo que sea necesario para ponerse de nuevo en la carretera adecuada que lo conduzca a donde realmente quiere ir. Es cierto que en ocasiones resulta doloroso o molesto echar marcha atrás, poner reversa, rectificar el camino, pero tenemos que reconocer que es algo positivo, algo absolutamente necesario para volver al camino correcto y no continuar por el camino de la autodestrucción.

La conversión proclamada por Cristo es definitivamente positiva, porque pide un cambio de mentalidad, de valoración y de vida acorde con la brújula del plan de Dios. Nosotros creemos que Aquel que nos dice, "Yo soy el camino, la verdad y la vida", tiene en sus manos un código de circulación humana mejor que cualquier otro guía de hombres. Por esto no sólo nos dice: "Conviértanse", sino que añade: "Crean en el Evangelio". No se trata sólo de cambiar por cambiar, sino de cambiar a una tabla de valores proclamados por Jesús, de orientar nuestra vida conforme a los valores del Reino, a los valores evangélicos.

Todos nosotros, absolutamente todos, vemos la necesidad del cambio, pero pensamos que los demás son los que tienen que cambiar. Porque pensamos que la causa de nuestros males está en que el gobierno, la Iglesia, los partidos, los empresarios, los medios de comunicación, los jóvenes, los de izquierda, los de derecha, mi esposo, mis hijos, mis papás, todos ellos son los que andan mal.  Es más, nos da gusto que la Iglesia reconozca sus faltas históricas y que públicamente pida perdón, pero quizá no llegamos a ver la necesidad de un cambio personal. El llamado de Jesús es muy claro, todos estamos necesitados de la conversión, sólo los hipócritas pueden decir que son tan justos y tan santos que no necesitan conversión, sólo los cínicos pueden decir que ellos están libres de culpa y por eso pueden arrojar no sólo la primera piedra sino insultar y destruir al que se les ponga enfrente.

¿Por quién doblan las campanas? ¿Para quién es el llamado a la conversión? Por supuesto que en primer lugar para nosotros, los miembros de la Iglesia, para nosotros que nos llamamos cristianos. La Iglesia actual no debe pretender erigirse en juez del pasado, ni encerrarse de manera pesimista en sus propios pecados, pero sí debe atender el llamado de su Señor a la conversión y al arrepentimiento, por eso siempre, antes de celebrar los sagrados misterios, asume con solidaridad materna los pecados de sus hijos y dice: "yo confieso, ante Dios Todopoderoso y ante ustedes hermanos, porque he pecado mucho...".

¿Por quién doblan las campanas? ¿Para quién es el llamado a la conversión? Para todos y cada uno de nosotros. El Evangelio nos ofrece numerosos ejemplos de conversión, de cambio de vida, quizá algunos nos sintamos identificados con el hijo pródigo o con el hijo que se creía bueno porque se quedó en casa.  Otros quizá veamos en Zaqueo el camino para nuestra conversión, para llegar a decir como él "si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más" porque, quizá no hemos defraudado en términos monetarios, pero llegamos a reconocer que estamos defraudando en el respeto, en el amor, en el cariño, que les debemos a aquellos que el Señor puso cerca de nuestra vida. Unos más quizá se sientan atraídos por la valentía de la mujer pecadora que a los pies de Jesús lloró sus pecados y empezó a amar de manera distinta, a cambiar de vida, para sepultar la vida doble, para dejar las excusas de que sólo era una preferencia sexual, un sentimiento de culpa o un condicionamiento social. Para muchos de nosotros es inspirador el camino de conversión que el Señor le concedió a Saulo de Tarso, al derribarlo de su caballo y ahí comenzar una vida nueva, porque cuántas veces nosotros "nos montamos en nuestro macho" y ni quien nos baje, nos endurecemos en nuestras posiciones y en nuestro corazón y ni quien nos haga cambiar.

Hoy que vemos a Jesús tentado por Satanás, recordemos que la gran tentación que nosotros podemos sufrir es endurecer nuestro corazón, no sentir la necesidad de la conversión, cerrar nuestra vida a Dios y al prójimo. El único pecado que Dios no puede perdonar es precisamente el pecado contra el Espíritu Santo, que consiste en la "esclerocardía" o en el endurecimiento del corazón. Jesús venció al tentador, según San Mateo y San Lucas, con el recurso a la Palabra de Dios. Para alimentar el camino de la conversión todos nosotros necesitamos mantener los ideales evangélicos: "Creer en el Evangelio". Que en esta Cuaresma, y siempre, la Palabra de Dios sea nuestra luz y nuestra fuerza, para vencernos a nosotros mismos y vencer al Maligno.

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