IV Domingo de Cuaresma, 15 de marzo de 2015

Hoy hemos cantado en el Salmo Responsorial: “Tu recuerdo Señor es mi alegría” para hacer presente así en este domingo “laetare” de cuaresma, cuál es el motivo de nuestra alegría. Porque hay que reconocer que no es fácil motivar al Pueblo de Dios a la alegría cuando las realidades son adversas. Pero el fundamento para alegrarnos que nos propone hoy la liturgia es fuerte y poderoso: “Dios nos ama”. Así de simple y de sencillo. Es muy importante tener esto siempre presente ya que para muchos no es fácil creer en el amor por las traiciones y desilusiones que han sufrido. El que ha sido engañado y ha sido herido una vez, tiene miedo de amar y de ser amado porque sabe cuánto duele un desengaño.



Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México


15 de marzo de 2015, IV Domingo de Cuaresma.



Hoy hemos cantado en el Salmo Responsorial: “Tu recuerdo Señor es mi alegría” para hacer presente así en este domingo “laetare” de cuaresma, cuál es el motivo de nuestra alegría. Porque hay que reconocer que no es fácil motivar al Pueblo de Dios a la alegría cuando las realidades son adversas. Pero el fundamento para alegrarnos que nos propone hoy la liturgia es fuerte y poderoso: “Dios nos ama”. Así de simple y de sencillo. Es muy importante tener esto siempre presente ya que para muchos no es fácil creer en el amor por las traiciones y desilusiones que han sufrido. El que ha sido engañado y ha sido herido una vez, tiene miedo de amar y de ser amado porque sabe cuánto duele un desengaño.
El Cristiano puede romper este miedo porque recibe no una promesa sino una certeza que ya se cumplió pues San Pablo nos ha dicho en la segunda lectura: “La misericordia y el amor de Dios son muy grandes, Él nos ha amado con un grande amor, porque nosotros estábamos muertos por nuestros pecados y Él nos dio la vida con Cristo y en Cristo.  Por pura generosidad suya hemos sido salvados”. Y san Juan nos ha asegurado en el Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”.

El amor de Dios, que puede provocar en nosotros una alegría que el mundo no puede dar, es una realidad única, indivisible e irrefutable que se ha manifestado no sólo en “palabras bonitas”, sino en gestos y realidades que solemos llamar “Historia de Salvación”, realizada en otros tiempos y que se repite en cada uno de nosotros.

Cuando cada uno de nosotros recorremos esta Historia de Salvación y sobre todo cuando nos damos cuenta de que esta es nuestra historia personal en donde Dios nos amó, antes de que nosotros lo pudiéramos amar, nos convencemos de que la “civilización del amor” es posible, no por nuestra inteligencia o fantasía, sino porque el “Amor” ya ha sido derramado en nuestros corazones y necesitamos descubrirlo, vivirlo y sobre todo testimoniarlo al interior de la Iglesia y a nuestro mundo, para que se termine esta etapa glacial de desilusiones e indiferencias, para que nuestra sociedad no sea un “hormiguero” que se autodestruye, para que cada uno de nosotros no sea “una pasión inútil”.

“Metz Yeghern” gran crimen, gran maldad sufrió el pueblo Armenio hace cien años. Pero con la gracia del Señor el pueblo Armenio surgió de la muerte, recreó un país sobre las ruinas y los vestigios y reconstruyó “una patria de luz y de esperanza, de ciencia, instrucción y cultura. Con el poder de Dios en quien pusieron toda su confianza y con esfuerzos heroicos de sus hijos han logrado grandes victorias, ganándose el respeto y la confianza y obteniendo reconocimiento por el trabajo esforzado y su contribución en las ciencias, en las artes y en el bien común en el concierto de las naciones.

Pueblo Armenio, embellecido desde lo alto, nación mártir, pueblo resucitado, vive con alegría y amor, avanza con seguridad, con tu mirada dirigida hacia el monte Ararat que contiene el Arca. Entierra el odio y la venganza y lucha por la paz y la justicia.

Has fecundo el centenario que celebramos, valorizando el recorrido de pesares y viviendo intensamente tu renacimiento. Transforma la memoria de tus mártires en energía para una vida espiritual mas intensa y un progreso mas consolidado.

Desde esta iglesia de México los acompañamos en la plegaria para que alcancen una paz duradera, un progreso y una seguridad que puedan heredar a los hijos de sus hijos. Junto con ustedes imploramos de Dios la luz eterna y la gloria para las almas inocentes de Sus Santos Mártires.

Hermanos y Hermanas, insisto, es necesario que descubramos ese amor que Dios nos tiene; es necesario que disfrutemos y gocemos ese amor sin límites que Dios nos ha manifestado; es necesario que testimoniemos ese amor a nuestro mundo, para que nuestro mundo se salve. El que la luz no penetre en una habitación, la ilumine y caliente, no es culpa del sol, sino de las puertas y ventanas que no quieren abrirse. Para que inunde nuestras vidas la luz de la verdad y el calor del amor de Dios, hay que abrir las puertas y ventanas de nuestro corazón a Jesucristo que nos dijo: “Yo soy la luz del mundo”.

Nuestra etapa glacial, la autodestrucción de nuestro mundo, la inutilidad de nuestras vidas, no proviene de Dios, no puede venir de Dios, pues depende de nosotros el abrir las puertas y ventanas, para que el verdadero sol de justicia, que es Cristo Jesús, entre a nuestro mundo, entre a nosotros y renueve la faz de la tierra y a nosotros nos dé un corazón nuevo. Que a ninguno de nosotros, ni a nuestros contemporáneos se vayan a aplicar estas terribles palabras: “La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz”.

Ya se acerca la noche más solemne de todas las noches, en donde se bendice el fuego, y una pequeña luz ilumina a la Iglesia que está en tinieblas y la ilumina porque esa luz simboliza a Cristo, y la ilumina porque esa luz se multiplica ya que todos los presentes traeremos una candela que después llevaremos encendida a nuestros hogares.



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