V Domingo de Cuaresma, 22 de Marzo de 2015

 San Juan nos ha propuesto, en esta bella página del evangelio que acabamos de escuchar, una meditación profunda sobre la muerte-glorificación de Cristo, es una prefiguración del misterio pascual.  Pero si el evangelio de hoy es un preludio de la pasión, la primera lectura del profeta Jeremías nos ha descubierto el fruto más bello de la pasión: la nueva alianza: “he aquí que vendrán días, dice el Señor, en los cuales yo sellaré una alianza nueva con la casa de Israel y con la casa de Judá”.



Homilía Pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C,
Arzobispo Primado de México en la Catedral Metropolitana



22 de Marzo de 2015, V Domingo de Cuaresma


San Juan nos ha propuesto, en esta bella página del evangelio que acabamos de escuchar, una meditación profunda sobre la muerte-glorificación de Cristo, es una prefiguración del misterio pascual.  Pero si el evangelio de hoy es un preludio de la pasión, la primera lectura del profeta Jeremías nos ha descubierto el fruto más bello de la pasión: la nueva alianza: “he aquí que vendrán días, dice el Señor, en los cuales yo sellaré una alianza nueva con la casa de Israel y con la casa de Judá”.

La alianza es como el hilo conductor de toda la historia de salvación que meditábamos el domingo pasado.  Sólo en torno a la alianza pueden entenderse todos los acontecimientos e intervenciones de Dios en la historia.  Bajo la guía de los profetas, Israel fue conducido a una comprensión más interior de la alianza: los contenidos jurídicos y rituales pasan a un segundo plano, en relación a la revelación de una alianza que es ante todo comunión con Dios.  Yahvé se presentó como un Padre que ama y guía a su Hijo, como una madre que no abandona el fruto de su seno, como un pastor que cuida de sus ovejas, como un esposo tierno y amoroso y al mismo tiempo celoso.  Con la sangre de Cristo se sella una alianza nueva y eterna, cumpliéndose así el anhelo profético.  Se realiza entre Dios y el hombre una mutua pertenencia, un ser el uno para el otro: “ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios”.

La Alianza, sin embargo, tiene no sólo una dimensión vertical con Dios que nos ha elegido, sino también una dimensión horizontal, pues nos ha hecho un Pueblo, nos ha hecho hermanos, ha creado entre nosotros una solidaridad insospechada, por esta razón, la tradición eclesial nos insiste tanto en la necesidad de la práctica de la caridad fraterna durante las semanas cuaresmales.  El rostro del Dios verdadero es el del Dios de la alianza con los hombres, el Dios que habita en lo profundo de los corazones;  convertirnos a ese Dios es convertirnos al hermano.  Sólo un corazón puro, lleno de Dios, puede amar desinteresadamente al prójimo.  Sólo el signo de la caridad fraternal es capaz de dar coherencia en nuestra vida al amor a Dios.

En esta Arquidiócesis ya tenemos quince años esforzándonos por impulsar la Misión Permanente, después vino de la reunión de los Obispos en Aparecida, Brasil, la  Misión Continental y ahora el Papa Francisco nos insiste en que  si nuestra Iglesia no es misionera sencillamente no es la Iglesia de Jesús en sentido pleno.

Por supuesto que la Misión  se realiza con el anuncio de la palabra y con la celebración de los Santos Misterios, pero S. S. Benedicto XVI nos ha clarificado que “La Caridad es el alma de la misión”: si la Misión no esta orientada por la caridad, si no emana de un profundo acto de amor divino, pueda reducirse a una mera actividad filantrópica  y social.

En el texto evangélico de hoy, Jesús anuncia proféticamente que su cruz será el punto de referencia hacia el cual se dirigirán todas las mentes y todos los corazones, ya que esa cruz es la reveladora del amor de Dios y del amor de los hombres entre si.

Convirtámonos a la cruz de nuestro Señor Jesucristo, dejémonos atraer por la fuerza poderosa del leño de la caridad y transformando nuestro corazón, hagamos una alianza de justicia con los hermanos empobrecidos.

También la Eucaristía nos enseña, siguiendo el pensamiento patrístico, a tratar con exquisita caridad y delicadeza a los pobres, que son predilectos del Señor Jesús, y comprometernos con el mejoramiento de sus condiciones.  En efecto, así como nos preocupamos porque los manteles del altar sean limpios y los vasos sagrados dignos para recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, así también hemos de preocuparnos por la casa, el vestido y el sustento del pobre, porque su cuerpo es Cuerpo de Cristo.

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