Peregrinación de la Arquidiócesis de México a la Basílica de Guadalupe, Sábado 9 de enero de 2016

Este año nuestra peregrinación a la casita del Tepeyac adquiere un sentido especial por el Año Jubilar de la Misericordia que ha convocado el Papa Francisco.

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Peregrinación de la Arquidiócesis de México a la Basílica de Guadalupe.

Sábado 9 de enero de 2016.

 

Este año nuestra peregrinación a la casita del Tepeyac adquiere un sentido especial por el Año Jubilar de la Misericordia que ha convocado el Papa Francisco. El Papa viene especialmente a poner el año de la Misericordia precisamente en las manos de Nuestra Madre Misericordiosa, Santa María de Guadalupe, por ella recibimos al que es la Misericordia: Jesucristo nuestro Señor. Si aceptamos a Jesucristo, tendremos una experiencia de la Misericordia del Padre que impregnará nuestro camino personal y pastoral.

Como se los manifiesto en las Orientaciones Pastorales de 2016, que hoy entrego a toda la Iglesia Arquidiocesana, la dinámica interior a la que les animo es dejarnos interpelar por Jesucristo presente en el evangelio. Si así lo hacemos, las exigencias para la vida de nuestra Iglesia local se hacen fuertes y profundas.

Dejemos que la esperanza que nos trae el Salvador alimente nuestro espíritu apostólico. Así nos convertiremos en portadores de la alegría que está destinada para todo el pueblo (Cfr. Lc 2,10). Ese es el encuentro que renueva nuestra vocación de servicio al evangelio.

En esta ocasión, también presentamos en el altar del Señor una ofrenda especial: el servicio y la dedicación pastoral de quien ha sido el Vicario de Pastoral durante todo el proceso eclesial desde la realización del II Sínodo Diocesano, Mons. Alberto Márquez Aquino, quien fue llamado por el Padre el pasado sábado 2 de enero. Demos gracias a Dios por todos los dones que entregó a nuestra Iglesia local en el trabajo perseverante y generoso de Mons. Alberto.

El testimonio de muchos bautizados, del que es un ejemplo Mons. Alberto Márquez, que entregan lo mejor de sí mismos por el evangelio, haciéndolo con sencillez y sin buscar reconocimiento, es una levadura preciosa que fermenta la vida pastoral de nuestra Iglesia local, haciendo presente al Señor que se hace siervo, llevando adelante el anuncio de la buena noticia a pesar de nuestras limitaciones y pecados.

Así comprendida, la vida espiritual es un vivir en Cristo y de Cristo, o lo que es lo mismo, un dejar vivir a Cristo en nosotros (Cfr. Gal 2,20;4,6). Es también un vivir en el Espíritu, un marchar en él (Cfr. 1Cor 12,3-11). El evangelio ha sido y será siempre el fundamento de la vida en el Espíritu. Sólo quien permanece en Cristo produce los frutos del Espíritu (Cfr. Gal,5,22).

El fundamento, por tanto, de toda espiritualidad cristiana es Jesucristo, el que nació, murió y resucitó por nosotros. No estamos ante un personaje del pasado, sino ante el viviente, como lo recuerda el testimonio apostólico. Los evangelios serán siempre un punto de referencia obligado pues son, por la acción del Espíritu Santo, la palabra viva que el mismo Jesús nos dirige en el hoy de la historia. Cristo, como dice el Concilio, «está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla.» (SC 7) Y en otro texto leemos: «En los libros sagrados, el Padre, que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos. Y es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual. Por eso se aplican a la Escritura de modo especial aquellas palabras: La palabra de Dios es viva y eficaz (Hb 4, 12), puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido consagrados (Hch 20, 32; cf 1Ts 2, 13)» (DV 21). Un camino probado y eficaz para que la Palabra de Dios penetre en nosotros es la “Lectio Divina.”

De la lectura atenta y orante de estos textos evangélicos, se puede concluir: La compasión es el fundamento de la caridad de Jesús. Es el primer sentimiento que debe adueñarse también de nuestra alma cuando vemos a cualquier persona en desgracia. Quien permanece frío, insensible ante los males, es incapaz de toda obra solidaria y misericordiosa. Algo le hace a Jesús, ver a esa mujer llorar por su hijo que estaba siendo sepultado. Algo le hace ver llorar a Martha y a María a causa de la muerte de su hermano Lázaro y Jesús, a su vez, no puede contener sus propias lágrimas. Algo le hace también ver a toda esa gente que corre detrás de él, porque venidos de todos lados, ya no saben a quién encomendarse y necesitan oír palabras de esperanza. Algo le hace ver a Jerusalén, la ciudad santa, su ciudad, cerrarse al mensaje de paz que habría podido procurarle felicidad.

Es importante para nosotros mirar así a Jesús y aprender de él. El camino de Jesús es el camino de la Encarnación. Es el camino de un Dios que se hizo carne, que se puso a sí mismo en movimiento a la manera de los hombres, a partir de nuestros sufrimientos y de nuestras angustias. Esa es la raíz de la pastoral misionera de la que habla el II Sínodo: pastoral de testimonio, de diálogo y de encarnación. Sólo teniendo los sentimientos y las entrañas de Jesús podemos ser capaces de una actitud pastoral misericordiosa.
En la Palabra de Dios que hemos escuchado se nos da un testimonio con ese mismo espíritu del Mesías encarnado, que necesitamos ilumine la nueva etapa de la Misión Permanente que estamos comenzando a caminar juntos. Juan el Bautista vive su vocación de precursor del Salvador de forma generosa. De palabra y con su vida expresa: es necesario que él crezca y que yo venga a menos (Jn 3,30). Esa es la actitud a la que estamos invitados para renovar nuestro trabajo.

En la pasada Asamblea Diocesana se reflexionó sobre las decisiones que debemos tomar para promover un ambiente de mayor comunión en la pastoral y hacer realidad que nuestra Iglesia funcione como verdadero Cuerpo de Cristo. Este es un desafío que debemos afrontar con convicción para poder ser portadores del mensaje de misericordia a todos nuestros hermanos.

De esta manera, la nueva etapa de la Misión Permanente está llamada a conjuntar el espíritu misionero para llegar a todos y la fuerza de la compasión para quienes se sienten lejanos del amor de Dios.

Renuevo mi llamado a todos mis hermanos Obispos, Presbíteros y Diáconos para encabezar con humildad el servicio al evangelio en las comunidades. Reafirmen que todos los bautizados son necesarios en la tarea evangelizadora, convocando y haciendo participar a todos corresponsablemente, según los dones recibidos. Ese criterio y actitud harán de la nueva etapa de la Misión Permanente una vivencia de gran motivación de fe y servicio.

Hermanos y Hermanas de Vida Consagrada, su espíritu de consagración, de vida comunitaria y su visión de Iglesia universal sin fronteras, siempre nos hace falta para fortalecer la vida de nuestra Arquidiócesis. Estén dispuestos a compartir estos dones para enriquecer la capacidad evangelizadora de esta Iglesia Arquidiocesana de la cual también ustedes son parte viva.

Hermanos y Hermanas bautizados laicos, su maduración como discípulos misioneros de la misericordia para los habitantes de la ciudad, debe tomar un nuevo impulso. El cuidado de su vida interior y de su formación en la acción apostólica tiene que identificar esta etapa de nuestro caminar en la Misión Permanente. Desechemos los obstáculos y prejuicios. Construyamos puentes de comunión fraterna con todos los agentes de pastoral: con pastores, religiosos y religiosas. No desistan en ese empeño, el Espíritu Santo les mostrará que sí es posible.

Les invito a vivir la próxima visita del Papa Francisco como un acontecimiento de gracia. Todos ustedes conocen la profunda devoción que el Papa Francisco tiene a Santa María de Guadalupe y también son conocedores de la admiración que tiene a San Juan Diego a quien considera no solo agraciado por la elección que recibió de la Señora del Cielo, sino porque considera a nuestro Indígena Santo como un modelo de Laico Evangelizador, pues por El recibimos el Evangelio que nos trajo nuestra Morenita del Tepeyac. Abramos nuestros corazones a su mensaje de unidad y compromiso evangélico. La experiencia de recibirlo en la ciudad y luego en la zona metropolitana nos podrá ayudar a encontrar vínculos cada vez más fuertes para actuar en comunión pastoral interprovincial.

Pongamos en las manos de María de Guadalupe, Madre de Misericordia, este caminar común. Roguemos la sencillez de San Juan Diego para dar testimonio de la manifestación del Amor de Dios entre nosotros.

Que no falte la alegría en nuestros corazones porque el Señor Jesús nos acompaña siempre.

 

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