Bautismo del Señor, 10 de Enero del 2016

 

San Lucas nos habla hoy de dos bautismos: del bautismo que Jesús recibió y el bautismo que Jesús estableció: “sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado”.

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

10 de Enero del 2016, Bautismo del Señor.

 

San Lucas nos habla hoy de dos bautismos: del bautismo que Jesús recibió y el bautismo que Jesús estableció: “sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado”. Y después anuncia: “Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”.

El bautismo que Jesús recibe, es el bautismo antiguo, el bautismo de Juan, el bautismo con agua; pero por el hecho de que el cielo se abrió y el Espíritu Santo bajó sobre Él en forma sensible, como de paloma, el bautismo de Jesús, es un bautismo nuevo, el primer bautismo en el Espíritu Santo. Pero no sólo el primer bautismo, sino el modelo y la fuente de todo bautismo cristiano. En el Jordán, no fue el agua la que santificó a Jesús, sino que Jesús santificó el agua. Todas las aguas, en donde se bautiza en el Nombre del Señor Jesús, ahí está el Jordán, por eso en el nuevo bautismo el Espíritu de Dios desciende sobre la criatura humana y se convierte en Hijo predilecto del Padre, en donde Él pone todas sus complacencias.

Esta es la maravillosa realidad del bautismo: de servidores nos convierte en hijos de Dios: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco”. Son las mismas palabras de complacencia que recibió Isaías, pero en lugar de “siervo”, a Jesús se le llama “Hijo”. Este es el paso grandioso del antiguo al nuevo testamento: de siervos de Dios, por ser criaturas suyas, pasamos a ser hijos de Dios por la gracia del bautismo. Lo que en el bautismo de Jesús fue mera manifestación de su filiación divina, por ser Hijo de Dios desde la eternidad, en nosotros comienza a serlo por el bautismo. Con la infusión de su Espíritu en nuestras almas, “no sólo nos llamamos sino que somos de verdad hijos de Dios”.

Pero nuestro bautismo no es una ceremonia del pasado sino una realidad dinámica que nos pide crecimiento, porque de alguna manera el bautismo que hemos recibido sólo nos da la capacidad de llegar a ser hijos de Dios en plenitud: “A cuantos lo han recibido, les ha dado el poder de convertirse en hijos de Dios”. El bautismo nos dio el poder de llegar a ser hijos de Dios, por lo tanto es un don que nos pide cooperación, corresponsabilidad y esfuerzo continuo para que en nosotros se de la aceptación, el crecimiento y la maduración del don recibido. Hace tiempo conocí a unos papás sumamente preocupados porque los años pasaban y su hijo no crecía regularmente. ¡Cuántos médicos consultados, cuántas terapias ensayadas, cuántas dietas realizadas! Ojalá y que nos preocupemos no sólo del crecimiento y de la salud corporal, sino también del crecimiento y de la salud espiritual.

De los cielos rasgados, símbolo de un comienzo nuevo en la historia de la salvación, el Espíritu descendió sobre Jesús como una paloma, como la paloma del diluvio que dio testimonio de que había una nueva creación y nueva vida, de que había esperanza de una nueva humanidad. El Espíritu Santo viene a realizar una nueva creación, el Espíritu de Jesús nos hace creaturas nuevas, nos da nueva vida, nos da la esperanza y la capacidad de transformar la humanidad.

Jesús tuvo una conciencia tan clara de su filiación divina, que vivió siempre como Hijo de Dios. “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre... Yo siempre hago lo que a mi Padre le agrada”, podía presumir sin ninguna vanidad. Los bautizados nunca agradeceremos lo suficiente ese regalo precioso de la adopción divina que recibimos el día de nuestro bautismo. Ustedes habrán visto que algunos niños presumen que son hijos de fulano de tal o de mengano... los adultos con frecuencia presumimos los títulos o los grados académicos. Lo que realmente deberíamos presumir es nuestro mayor título: “hijo de Dios”. Pero no sólo presumirlo, sino como Jesús, con las obras demostrarlo.

Pero, no todos los niños y niñas pueden disfrutar de su niñez, ni pueden descubrir el gran regalo que han recibido de ser Hijos de Dios. Si es cierto que un niño es la alegría no sólo de sus padres, sino también de la Iglesia y de toda la sociedad, también es cierto que en nuestros días muchos niños, por desgracia, sufren o son amenazados en varias partes del mundo: padecen hambre y miseria, mueren a causa de las enfermedades que fácilmente podrían ser curadas o por desnutrición, tienen que emigrar en condiciones infrahumanas, no tienen posibilidad de recibir educación, perecen víctimas de la guerra, son abandonados por sus padres y condenados a vivir sin hogar, privados del calor de una familia propia, soportan muchas formas de violencia y de abuso por parte de los adultos, y lo que es peor, muchos niños y niñas mueren en el seno de su madre asesinados por quienes más los debían cuidar.

“Jesús de Nazaret, ungido con la fuerza del Espíritu Santo, pasó por la tierra haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”. El bautismo de Jesús no fue sólo para manifestarnos su condición de hijo preferido del Padre, sino también su misión mesiánica de salvador de los hombres en su doble vertiente, material y espiritual. El bautismo que nosotros recibimos nos lanza a la misma misión de Jesús tal y como fue profetizado por Isaías: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice nuestro Dios”. “Preparen el camino del Señor en el desierto, construyan en el páramo una calzada para nuestro Dios”. “Sube a lo alto del monte, mensajero de nuevas buenas para Sión, anuncia a los ciudadanos: aquí está su Dios. Aquí llega el Señor”. “Yo te he hecho luz de las naciones para que abras los ojos de los ciegos”.

Back to top