II domingo del Tiempo Ordinario, 17 de enero de 2016

En las bodas de Caná se da una nueva “manifestación” de Jesús. En esta fiesta matrimonial Jesucristo se manifestó, como se manifestó a los magos y como se manifestó en el bautismo, y el fruto de su manifestación fue el mismo: la fe; “Jesús manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él”.

 

 Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

17 de enero de 2016, II domingo del Tiempo Ordinario.

En las bodas de Caná se da una nueva “manifestación” de Jesús. En esta fiesta matrimonial Jesucristo se manifestó, como se manifestó a los magos y como se manifestó en el bautismo, y el fruto de su manifestación fue el mismo: la fe; “Jesús manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él”. Jesús ha elegido el matrimonio para manifestarse. Cuando Jesús es invitado a la boda, cuando es invitado por la pareja, cuando Jesús se hace presente en el matrimonio, confirma la unión conyugal de la pareja en su triple dimensión: física, sicológica y espiritual, pero no sólo eso, sino que transforma y ayuda a realizar el amor humano. Jesús eleva a categoría de sacramento la unión y el amor entre un hombre y una mujer. Es decir, convierte el agua del amor humano en vino de amor sobrenatural. Es decir, un matrimonio cristiano de verdad es un auténtico milagro. Si en Caná el agua se transformó en vino exquisito, en los hogares donde se da cabida a Jesús se experimenta el poder de su presencia que transforma todas las realidades familiares.

Hoy sucede lo mismo que en Caná de Galilea, la pareja que comenzó con entusiasmo y alegría su vida matrimonial - el vino es símbolo de esta alegría y entusiasmo - al pasar los días y los años este vino se acaba y los sentimientos humanos, precisamente por ser humanos, se van deteriorando y se llega al cansancio, a la rutina, a la tristeza y quizá hasta al rechazo. Y a los invitados de aquella boda, que son los hijos, no hay nada que ofrecerles, a no ser la frialdad de las relaciones y quizá la amargura y la desilusión del fracaso de un amor. Ese fuego de amor que los unía se va apagando y todos comienzan a buscar otros fuegos fuera del hogar y la fiesta de la boda se convierte en tragedia.

El remedio eficaz para afrontar estas tragedias nos lo dan los esposos de Caná de Galilea: invitar a Jesús. Si Jesús está en casa, a Él se puede acudir cuando el entusiasmo disminuye, cuando decae el atractivo físico, cuando se va apagando el amor con que se comenzó, porque Jesús puede convertir el agua de la rutina en vino nuevo y generoso, es decir, puede convertir el amor juvenil en un amor más maduro y profundo, más duradero, más comprensivo de mutuo conocimiento y con capacidad de perdonar. A Jesús se le invita a la boda, reconociendo desde el noviazgo que el matrimonio no es asunto privado entre el hombre y la mujer, sino un llamado o una vocación en donde se realiza la propia vida y el propio destino, siguiendo el proyecto y el ideal que Dios estableció desde el principio y para lo cual Él mismo da la capacidad.

En la segunda lectura San Pablo nos ha recordado que hay diversidad de carismas y de ministerios en la Iglesia. El matrimonio es un verdadero ministerio de amor y de vida, es un carisma o una vocación a la santidad, es un verdadero sacramento por el cual los esposos hacen presente a Cristo entre ellos y para los hijos, y junto con los hijos, hacen presente a Cristo siendo signos y testigos de su amor ante el mundo.

Vivir la vocación del matrimonio, significa vivirlo en alegría: “porque hay mayor alegría en el dar, y en el darse, que en recibir”. Jesús nos ha invitado a tomar su yugo que es dulce y ligero. El yugo de los con-yuges significa que entre los dos se ayudan a llevarlo. Si este yugo es el de la carne, el del placer, el del interés económico, pronto se convierte en yugo insoportable; pero si el yugo es el del proyecto de Dios, si es el yugo de Cristo, de su palabra y de su amor, entonces el yugo es ligero, es yugo suave y dulce y se lleva con alegría en medio de las contrariedades. El matrimonio no es una vocación para “aguantarse” y “soportarse” el uno al otro, sino para realizarse en el amor, compartiendo la vida en todas sus dimensiones y transmitir esa vida en plenitud.

Sólo el Espíritu de Dios que descubre la vocación al matrimonio y a la familia, es el que puede dar la fuerza de realizar ese proyecto de vida y de amor revelado desde el inicio de la humanidad. De verdad que el Espíritu Santo es el gran renovador del matrimonio y la vitalidad de los esposos cristianos y su familia, precisamente porque es el Espíritu de amor, el Espíritu que da vida. El sacramento del matrimonio es un gran sacramento por el cual los hijos de Dios participan de una comunidad de amor y de vida entre un hombre y una mujer. El Espíritu Santo es el que hace posible este sacramento, Él es el alma de la “iglesia doméstica”, de la misma manera que es el alma de la “gran Iglesia”. Así lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica: “En el sacramento del matrimonio, los esposos reciben el Espíritu Santo como comunión de amor de Cristo y de la Iglesia. El Espíritu Santo es el sello de la alianza de los esposos, la fuente siempre generosa de su amor, la fuerza con que se renovará su fidelidad”.

Es muy importante hacer notar que en Caná de Galilea Jesús no “inventa” o crea de la nada el vino. “Convierte el agua en vino”. Así el sacramento del matrimonio supone una realidad humana, de ahí la importancia de los fundamentos humanos del amor en el matrimonio, de ahí la importancia de la preparación remota y próxima para casarse, para que Jesús pueda convertir el agua en vino: “llenaron las tinajas hasta el borde”.
La primera lectura de hoy nos ha descrito la renovación de un matrimonio, del matrimonio entre Dios y su pueblo: un amor destruido por la infidelidad, florece; los que estaban separados comienzan a encontrarse y la que estaba “abandonada” es llamada “mi complacencia”. En nuestra comunidad ciertamente se dan cónyuges desconfiados, sin amor; matrimonios que viven bajo el mismo techo padeciendo un terrible divorcio espiritual. Dios, que un día les dio la capacidad de amarse, puede resucitar en ellos la gracia de volverse a amar. Jesús puede convertir el agua en vino, pero hay que invitarlo a la boda, a la familia, a la vida de todos los días.

Este milagro de Jesús sólo se realiza con la presencia de María. Recordemos que ella fue invitada a Caná, lo mismo que Jesús. En esta época en que falta el vino del amor, en que la vida se ve amenazada por el egoísmo, la invitación a María se hace necesaria para repetir el milagro del amor y la vida. Ella puede hacer, con sus ruegos, que Jesús convierta el agua en vino y Ella estará insistiendo a los esposos: “hagan lo que Él les diga”.

Que esta Eucaristía, que es el sacramento de la nueva y eterna Alianza, ayude a todos los esposos cristianos a renovar su alianza de amor para caminar siempre juntos hacia el Amor eterno.

 

Back to top