III Domingo ordinario, 24 de Enero de 2016

La fiesta de las Tiendas, recordada en la primera lectura, y la homilía de Jesús en la sinagoga de Nazaret, narrada en el evangelio, nos ayudarán a entender lo que debe ser el "Domingo", "el Día del Señor", en nuestra vida.

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

24 de Enero de 2016, III Domingo ordinario.

La fiesta de las Tiendas, recordada en la primera lectura, y la homilía de Jesús en la sinagoga de Nazaret, narrada en el evangelio, nos ayudarán a entender lo que debe ser el "Domingo", "el Día del Señor", en nuestra vida. Vale la pena que sepamos la razón y el objetivo de nuestras reuniones litúrgicas dominicales, su valor para el resto de la semana, su trascendencia para toda nuestra vida.

Cuando el Pueblo de Dios del Antiguo Testamento se reunió después del destierro, para restaurar su vida comunitaria en la fiesta de los Tabernáculos, Esdras el sacerdote y los levitas dijeron al pueblo entero: "Este es un día consagrado al Señor, nuestro Dios. No estén ustedes tristes ni lloren, porque celebrar al Señor es nuestra fuerza". Cuando escuchamos estas palabras nos damos cuenta que hemos perdido el sentido de fiesta que debe tener el día del Señor. El plan de Dios al establecer una jornada semanal de descanso es para alimentar junto a él y los hermanos una alegría profunda que inspire el resto de la semana.

¿Y qué hay que hacer en estas reuniones semanales para fomentar nuestra alegría y fortaleza? Lo acabamos de escuchar: "Los levitas leían el libro de la Ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura". Parte importante de la celebración dominical gira en torno a la lectura y explicación de la Palabra de Dios, que debe ser fuente de alegría vital. Si no lo es, no podemos atribuirlo al mensaje del Señor, porque la Palabra de Dios siempre es Buena Nueva, sino a la mala explicación o a nuestra falta de atención o lo que es más triste, a un mal equipo de sonido que imposibilita escuchar con claridad el mensaje.

San Gregorio Magno en una famosa carta, dirigida a un laico, médico del emperador, le decía: "Busca meditar cada día las palabras de tu creador. Aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios, para que puedas desear más ardientemente los bienes eternos y con mayor fervor tu alma se encienda por los bienes del cielo". Un cristiano que asiste a la celebración eucarística cada domingo, en un ciclo de tres años puede decir que ha escuchado y meditado todo el mensaje contenido en la Sagrada Biblia.

Cuando Jesús inicia su ministerio en la sinagoga de Nazaret, se atribuye esta cita de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor". ¿Puede haber un programa humano y social más positivo? La misión de Jesús y de la Iglesia es de bondad, de liberación, de luz, de gracia. Para conseguirlo no basta con repetir intemporalmente el Evangelio, sino aplicarlo al aquí y al ahora de cada comunidad, leer "en aquel tiempo" en este tiempo. Como hizo Jesús en Nazaret al decir: "Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír".

El Evangelio hay que leerlo con ojos de hoy, cargados con los problemas y situaciones actuales para que salte la chispa de su luz, liberación, bondad y gracia para nosotros. Entonces será de verdad Buena Nueva. Cristo es carne y eternidad, la Palabra es historia y divinidad: San Lucas insiste en esta realidad inseparable. En consonancia, la respuesta del hombre a esta Palabra debe de ser, carne y fe, es decir existencia moral y adhesión interior. En Nazaret Cristo anuncia un evangelio que es "El espíritu del Señor" pero también es liberación, curación.

El misterio de Cristo se revela a través del anuncio de los "ministros de la Palabra". La Iglesia, Cuerpo de Cristo, es el lugar privilegiado para el anuncio del Evangelio. Un anuncio variado, diversificado según los carismas, amplificado en el mundo con voces diferentes. San Pablo, en su carta de hoy, nos explica el fenómeno que debe darse en el anuncio del Evangelio que se hace en la Iglesia: Por una parte la diversidad de interpretaciones y de aplicaciones que nos muestra la vitalidad del Espíritu; pero simultáneamente la profunda unidad en la verdad revelada por Dios y en el destino común de aquellos que recibimos la Palabra.

El domingo para el cristiano no es sólo el día en que escucha a su Señor sino el día en que de manera especial se encuentra con su Señor resucitado. La misa del domingo responde a un deseo expreso de Cristo: "hagan esto en memoria mía". Así lo entendieron desde sus primeros discípulos que se reunían cada domingo a celebrar la Cena del Señor. La memoria eucarística es encuentro, se revive el momento en el que Dios se hace más cercano al hombre. Cristo encarnado se hace pan, se da en comida, se convierte en el verdadero alimento del hombre, el alimento que permanece para la vida eterna. En este alimentarnos del Señor se produce el encuentro más profundo entre Dios y su criatura amada. El hombre se alimenta de Dios y Dios se da en comida.

Los discípulos desesperanzados que regresaban a su aldea de Emaús, reconocen que su corazón ardía cuando Jesús les hablaba en el camino y les explicaba las Escrituras, pero es en la fracción del pan cuando reconocen a su Señor Resucitado. Este encuentro con claridad se sitúa en un domingo. De este encuentro salen fortalecidos, entusiasmados y lanzados a descubrir a los demás que Cristo ha resucitado, a compartir su experiencia, una experiencia que los llenó de esperanza en la desconsolación que vivían. Los hombres que se sentían defraudados, ahora se convierten en testigos. El domingo, día de la resurrección, se convierte así en encuentro con Cristo y lanzamiento a la vivencia de la misión profética.

La Eucaristía del domingo es también un momento privilegiado en que el hombre se acerca a Dios. En la santa Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra pascua y pan vivo, que, en su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres que de esta forma son invitados y estimulados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas, juntamente con él. Ante esta invitación de Cristo que se hace presente en el pan y en el vino, el hombre responde con actitud de fe, de esperanza y de amor.

Por la Eucaristía que juntos celebramos nos vamos haciendo Iglesia. Cristo vino a constituir el nuevo pueblo de Dios y lo hace sobre todo en el momento en que instituye la Eucaristía como sacramento de la nueva y definitiva alianza: "esta es la sangre de alianza". Somos Iglesia, somos el nuevo pueblo de Dios en base a la alianza que se sella con la sangre de Cristo. Todos los miembros de la Iglesia estamos unidos en un mismo cuerpo y en una misma sangre. Como Iglesia, domingo a domingo, nosotros celebramos la eucaristía y celebrando la eucaristía nos hacemos Iglesia, nos hacemos cuerpo de Cristo.

 

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