IV domingo ordinario, 31 de enero del 2016.

Hoy la primera lectura nos presenta el elemento religioso más importante del Antiguo Testamento: La profecía y el profeta. Hemos escuchado la narración de la vocación profética de Jeremías en donde se resaltan los rasgos más significativos de su personalidad.

Homilía Pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

31 de enero del 2016, IV domingo ordinario.

 

Hoy la primera lectura nos presenta el elemento religioso más importante del Antiguo Testamento: La profecía y el profeta. Hemos escuchado la narración de la vocación profética de Jeremías en donde se resaltan los rasgos más significativos de su personalidad. Es un diálogo lleno de ternura y de sinceridad, del cual surgen claramente dos verdades: la fragilidad del hombre y la fuerza creadora de Dios. Jeremías es "un joven" que "no sabe hablar"; pero Dios, que lo ha elegido desde el vientre materno le transmite su palabra y le da su Espíritu. Jeremías así se convierte en "ciudad fortificada, columna de hierro y muralla de bronce, frente a toda esta tierra, así se trate de los reyes de Judá, como de sus jefes, de sus sacerdotes o de la gente del campo", ante los cuales no debe temer, ni titubear porque "no podrán contigo, porque yo estoy a tu lado".

La tradición cristiana, desde el principio, ha descubierto en el drama de Jeremías una figura del drama de la pasión de Cristo: "Yo estaba como manso cordero llevado al matadero, sin saber que contra mí tramaban maquinaciones". Este es quizá el sentido más profundo de la narración que hoy nos ha presentado San Lucas: Jesús viene como profeta a su propia tierra, con sus propias gentes, y es rechazado. ¿Por qué ningún profeta es aceptado en su propia tierra? Sencillamente porque el bien que el profeta quiere para su gente es el bien de Dios: no adula, no adormece con falsas seguridades, sino que es exigente, llama a la decisión y a la conversión, es el bien que un verdadero padre quiere para su hijo: quiere que su criatura crezca. Lo que San Lucas nos ha narrado al principio de la vida pública de Jesús es lo mismo que San Juan nos presenta en su prólogo: "Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron".

La importancia de la profecía la enmarca San Pablo en la novedad del cristianismo: "Aunque yo tuviera el don de profecía y penetrara todos los misterios..., si no tengo amor, nada soy..., el amor dura por siempre; en cambio, el don de profecía se acabará... cuando llegue la consumación". Es cierto, la caridad es más grande que la profecía; amar es más grande y más útil que la denuncia. Pero no es San Pablo el que dijo esto primero, es el mismo Cristo que así nos lo ha enseñado. La profecía es la que llevó a Jesús a la muerte, pero la grandeza de su muerte no consiste sólo en que fue una muerte profética, sino en que fue una muerte por amor: "Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por el amigo" y Jesús tanto nos amó "que se entregó por nosotros".

Definitivamente, el anuncio profético debe estar subordinado a la caridad. Esto no significa que el profeta debe callar cuando su palabra sea desagradable a sus oyentes. Pablo mismo no dejaba de predicar la verdad aunque esta causara malestar o provocara reacciones violentas. La solución, por tanto, no está en renunciar a la profecía ni en renunciar a la caridad, sino en la conciliación de estos dos dones salvíficos. La cruz es la suprema conciliación de estos dos carismas: la cruz es, al mismo tiempo, la suprema profecía de la historia y la máxima expresión del amor. No hay verdadera profecía si no esta animada por el amor y no hay verdadero amor si no está animado por la profecía. De nada sirven la denuncia y la crítica si no se hacen por amor, sólo quedan en expresión de amargura y resentimiento; de nada sirven la ciencia, la técnica, los actos heroicos y los mejores programas, si no se encaminan al desarrollo integral del ser humano.

Pero, aunque la profecía se armonice con la caridad y la caridad con la profecía, no dejan de causar escándalo y rechazo. Jesús pasó su vida haciendo el bien y termina, como hoy lo hemos escuchado, rechazado e insultado por los de su propio pueblo. Es impresionante verlo en los evangelios cómo pasa rápido del "Hosanna" triunfal del Domingo de Ramos al "Crucifícalo" del Viernes Santo.

A Jesús se le aprueba y se le aclama por su mensaje de amor, de gracia, de liberación: "Todos le expresaban su aprobación y se admiraban por las palabras de gracia que salían de sus labios". Este entusiasmo arrancado por la doctrina de Jesús a sus compaisanos en la primera visita de su vida pública a la sinagoga de Nazaret, lo ha cosechado de millones de hombres a lo largo de dos mil años, porque "jamás hombre alguno habló como él". Pero, al mismo tiempo, así entonces como ahora, el mensaje de Jesús es rechazado por quienes no soportan que la defensa de los derechos humanos propios tenga, como reverso de la moneda, los deberes humanos para los demás. Por esto, ante el Jesús fustigador de las injusticias y del egoísmo, muchos exclaman: "¡¡¡Dura es esta doctrina!!! ¿Quién podrá aceptarla?"

En la historia del cristianismo encontramos grupos que con gusto aceptan las palabras piadosas y espirituales de Jesús, pero ponen mala cara a su mensaje de justicia y liberación; otros, por el contrario, son sensibles a las diatribas de Jesús contra los escribas y fariseos pero no sintonizan con su mansedumbre, misericordia y su mensaje de perdón. La solución para evitar que la doctrina de Jesús resulte signo de contradicción es aceptarla toda entera y no estarla acomodando a nuestros propios criterios.

Jesús no es sólo signo de contradicción en su anuncio profético, también lo es en su personalidad. Por una parte, creyentes y no creyentes, están revalorizando su dimensión humana, como hombre ideal, como figura ejemplar, como líder indiscutible, sin embargo, al mismo tiempo que se potencia la humanidad de Jesús, se pone sordina a su divinidad, hasta vaciar su personalidad de su componente divino y trascendente. Aquí también, para no mutilar el evangelio, la solución es al mismo tiempo reconocer que Jesús es el Hombre con mayúscula, que pasó por la tierra haciendo el bien y, al mismo tiempo, proclamar con San Pedro: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo".

 

Back to top