V Domingo Ordinario, 7 de Febrero del 2016

 Es evidente que nos ha tocado vivir un momento privilegiado de la historia en donde destaca el pluralismo no sólo sociológico, ideológico, político, sino también religioso.

 


Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

7 de Febrero del 2016, V Domingo Ordinario.

Es evidente que nos ha tocado vivir un momento privilegiado de la historia en donde destaca el pluralismo no sólo sociológico, ideológico, político, sino también religioso. Para el católico que disfrutó su fe en un ambiente tradicional y sin mayores cuestionamientos, la nueva realidad, a algunos, los puede desconcertar, causándoles desencanto y hasta desenganche de su fe tradicional, a otros, les puede venir cierto complejo de inferioridad ante los militantes de otros credos o ideologías o ante los continuos ataques y críticas al tesoro de su fe. La liturgia de hoy nos presenta a tres grandes creyentes: Isaías, Pablo y Pedro, que con su experiencia religiosa nos ayudarán a redescubrir la belleza de la vocación cristiana y nos motivarán a reaccionar adecuadamente en un mundo tan plural.

En la primera lectura hemos escuchado la narración de la vocación del profeta Isaías; es una página bellísima que jamás nos cansaremos de contemplar. Antes de confiarle la misión profética, Dios, lo prueba como en un crisol: sumergido en la luz deslumbrante de la santidad y de la majestad de Dios, el hombre se siente perdido porque descubre lo que es en realidad, pecador. Pero, he aquí que el fuego de Dios toca sus labios y se siente purificado; deja sus pensamientos terrenales y sus criterios personales y se presenta disponible a la voz de Dios que dice: "¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía?" Isaías responde sencillamente: "Aquí estoy, Señor, envíame".

En la segunda lectura nos encontramos con San Pablo que sinceramente reconoce lo que era, un perseguidor de la Iglesia, pero ahora orgullosamente se gloría de haber sido elegido y enviado a predicar: "Por la gracia de Dios, soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí". Sencillamente transmite lo que recibió: "Que Cristo murió por nuestros pecados, como dicen las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día. Este mismo orgullo y alegría de San Pablo lo manifestaban los primeros cristianos, que vivían en un ambiente más adverso que el nuestro, y lo manifestaban sencillamente presentándose como "pescadillos", pequeños peces, que habían sido sacados del mar profundo de la perdición y de las tinieblas y trasladados a la luz admirable de Cristo.

El Evangelio también nos ha presentado una vocación, pero en contraste con la de Isaías que se desarrolla en el arcano de una teofanía, ahora Dios ha tomado un rostro y una voz humana y es así como Dios llama por medio de Jesús. Sin embargo, la reacción de Pedro es semejante a la de Isaías: "¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!". Aquí hay algo maravilloso, difícil de explicar, hasta que nos sucede personalmente. Algo maravilloso y fascinante que hace que los discípulos dejen apresuradamente la barca y las redes, su oficio y su familia; lo dejan todo para seguir a Cristo. Así lo recordará, feliz y orgulloso, San Pedro: "Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido". Hay algo maravilloso en la vocación que Dios hace, Jeremías lo expresa con un lenguaje muy plástico: "Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir; me forzaste y has vencido".

Algo muy claro nos enseñan las tres vocaciones que hemos contemplado: Los que nos sentimos llamados continuamente debemos reconocer nuestra condición de pecadores y al mismo tiempo llamados a la conversión: "Yo soy un hombre de labios impuros" para llevar el mensaje a los demás, reconoce Isaías. Pablo humildemente confiesa, "Yo soy el último de los apóstoles, indigno de llamarme apóstol". Y San Pedro exclama: "Apártate de mí, Señor, que soy un gran pecador".

Pero la sensación de indignidad ante la llamada del Señor no paraliza; estimula. Isaías reacciona: "Aquí estoy, Señor, envíame". San Pablo: "Su gracia no ha sido estéril en mí; al contrario, he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios". Los apóstoles: "dejándolo todo, le siguieron". Esta disponibilidad de los elegidos no se basa en las propias fuerzas, sino en la confianza plena en Aquel que nos ha llamado.

Toda vocación pide una respuesta, y no una respuesta cualquiera, sino una respuesta totalmente libre y generosa. No se puede ser cristiano solamente por tradición o costumbre. Llega el momento en que personalmente nos encontramos con el Señor, y a él, debemos responderle. Este encuentro se da en el templo, es decir en el silencio de la oración. Así es la teofanía en Isaías. Por esto Pascal ha escrito: "Toda infelicidad de los hombres deriva de una sola cosa; no saber permanecer en silencio". Pero, la vocación, también puede nacer en el ruido de la calle, en la vida diaria, en el trabajo, con rostro humano. Así aconteció a los apóstoles.

Pero tan importante como las características y las actitudes de la vocación es el contenido de ese llamado y de ese envío. El embajador debe hablar como portavoz de quien representa. Nosotros hemos sido llamados para ser el Cuerpo de Cristo, para ser su rostro en este mundo, para ser sus manos que transforman, para anunciar su plan de salvación. Nosotros somos legados de Jesús ante los demás. En esta cultura que afortunadamente tanto defiende la libertad de expresión y el pluralismo de opinión, hay que ser fieles a la pureza del mensaje del Señor, hay que tener identidad y ser definidos. Hay muchos que sufren la tentación de querer combinarlo y mezclarlo todo, terminando por no ser ni chicha ni limonada. Si perdemos nuestra identidad católica, el pluralismo se acaba, dejamos de enriquecer nuestro mundo. ¿Para qué sirve la sal que no da sabor, la luz que no ilumina, la levadura que no fermenta?

También es de suma trascendencia la estrategia o el modo en que se debe ejercer la vocación y el envío. En la llamada de Pedro se dan dos notas que nos deben iluminar. La primera es: "Rema mar adentro". Es una orden de inmersión en la realidad cultural y social, huyendo del aislamiento. Adentrarse en el mar es encarnarse en la historia para poderla transformar. Debemos vivir en el mundo sin ser del mundo, debemos ser conscientes y sentirnos orgullosos de ser enviados para transmitir al mundo un mensaje único y original. La segunda nota es: "Serás pescador de hombres". Esta metáfora, tomada por Jesús de la realidad circundante es válida en su sentido de procurar atraer a los demás. Hay que evitar cualquier aplicación de la pesca como proselitismo coactivo o conquista violenta, pero hay que lanzar las redes con toda valentía y con la alegría de saber que estamos presentando el proyecto de Dios que es salvación.

 

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