Miércoles de Ceniza, 10 de febrero de 2016

Muy queridos hermanos, hermanas, fieles laicos de Cristo Jesús; queridos hermanos miembros del Venerable Cabildo Metropolitano:

 

Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

10 de febrero de 2016, Miércoles de Ceniza

Muy queridos hermanos, hermanas, fieles laicos de Cristo Jesús; queridos hermanos miembros del Venerable Cabildo Metropolitano:
La ceremonia que vamos a tener en estos momentos es sumamente sencilla, pero con un grande significado. Vamos a bendecir las cenizas pidiéndole a Dios Nuestro Padre que, a través de las prácticas cuaresmales nosotros sus fieles, podamos llegar con alma purificada a celebrar las fiestas Pascuales de su Hijo.

La oración nos descubre el sentido profundo de la ceniza, el sentido profundo de la Cuaresma: no es otro más que prepararnos para celebrar las fiestas Pascuales.
¿En qué consiste celebrar las fiestas Pascuales? Por supuesto que dentro de cuarenta días, en esta misma Catedral, llegaremos a celebrar esos ritos solemnes por los cuales Cristo Jesús Resucitado se hace presente en medio de nosotros después de haber pasado por el sufrimiento, la cruz y la muerte. Es celebrar la muerte y la resurrección del Señor; pero no solamente con unos ritos litúrgicos, con una ceremonia, sino celebrar en nuestra propia vida esa muerte y esa resurrección de Cristo. Eso es celebrar el Misterio Pascual: muriendo cada día al pecado y comenzando la novedad de vida, un camino nuevo.

Evidentemente ninguno de nosotros puede morir al pecado, puede ser un hombre nuevo con sus propias fuerzas, con sus propias capacidades. Necesitamos atender la voz del profeta: "Vuélvanse al Señor; todavía es tiempo, vuélvanse al Señor". Y eso es lo principal que tenemos que hacer como prácticas cuaresmales: acercarnos al Señor. Son muchos caminos por los cuales podemos llegar a una intimidad de estar realmente cerca del Señor, tener un encuentro vivo con Jesucristo.

En primer lugar, por supuesto, con la oración, la oración continua. Esa comunicación familiar con el Señor que se hace presente en nuestra vida. Es un camino, pero un camino ante todo de amor. Ese amor es el que tiene que llevarnos a una relación más cercana con Cristo Jesús, presente en nuestro caminar. Nosotros no podemos cambiar nuestra vida, nosotros no podemos dejar el pecado por nuestras propias fuerzas, no podemos emprender la novedad de vida si Cristo Jesús no nos guía, si Él no nos da la fuerza para vencer al enemigo, si Él no se hace presente en nuestro caminar. Por eso, en las prácticas cuaresmales está la oración.
La oración que tiene que brotar, no como una exigencia impuesta, sino como una exigencia del amor. Y también esta el amor al prójimo: ahí es donde tenemos que descubrir el rostro del Señor.

En la vida de todos los días tenemos que encontrarnos con el Señor que vive en medio de nosotros y se hace presente, sobre todo, a través de los más necesitados, de aquellos que necesitan una palabra nuestra, una sonrisa, una ayuda económica, una visita porque están enfermos o están encarcelados. Ahí es donde el Señor quiere que nosotros lo descubramos, que nosotros nos encontremos con Él. Le pedimos al Señor llegar con el alma purificada a celebrar las Fiestas Pascuales. Sólo el Señor nos puede purificar, sólo el Señor puede darnos la fuerza para poder vivir en nosotros esa muerte y esa resurrección de Cristo.

Por supuesto que esa cercanía con el Señor no produce en nosotros cambios mágicos. El Señor siempre espera de nosotros una respuesta; una respuesta que se tiene que dar día tras día, por eso tenemos que emprender el camino de una conversión interior. No solamente con obras externas; sino desde dentro tenemos que cambiar. Tenemos que cambiar nuestro corazón, nuestros sentimientos, nuestros afectos, tenemos que cambiar interiormente para emprender ese camino de muerte y novedad de vida.

Esa conversión es exigente, necesita un verdadero esfuerzo, necesita actos de penitencia que se deben manifestar, sobre todo como decía anteriormente, en la vida diaria, en aquello que el Señor nos ha encomendado. No es fácil cambiar, aunque el Señor nos ofrezca su gracia y su fuerza. Necesitamos poner también nuestra decisión para el estudio, para el trabajo, para llevar a cabo aquella empresa que el Señor ha depositado en nuestras manos.

Muchas veces quisiéramos nosotros que el cambio personal, que el cambio social se diera como por arte de magia, por unas elecciones, por una ley, por un decreto. No: es necesario el esfuerzo, es necesario el trabajo, es necesaria la renuncia. Por eso el Señor nos pide ese camino de conversión que lleva consigo siempre penitencia, esfuerzo, sacrificio.

Nosotros muchas veces pensamos que eso del sacrificio ya es cosa del pasado. No hay redención, no hay salvación, sin la cruz, sin el sacrificio. Sería engañar al pueblo cristiano si dijéramos que eso es de siglos pasados. Si realmente queremos una transformación personal y social tenemos que amar el sacrificio, tenemos que amar la renuncia, tenemos que amar el trabajo, tenemos que amar esa dedicación con la cual se pueden construir las personas y la sociedad.

Hermanos, hermanas, éste es el tiempo de gracia, éste es día de salvación. Que al bendecir las cenizas se realice en nosotros ese anhelo, que a través de las prácticas cuaresmales lleguemos con alma purificada a celebrar los Misterios Pascuales, la muerte y la resurrección del Señor, la muerte propia al pecado y la novedad de vida en nuestra existencia.

 

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