Domingo de Cuaresma, 21 de Febrero del 2016

La liturgia de la palabra, en este segundo domingo de cuaresma, nos ha presentado tres grandes revelaciones: La revelación de la fidelidad de Dios al hombre en la persona de Abraham, narrada hermosamente en el libro del Génesis

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

21 de Febrero del 2016, 2º Domingo de Cuaresma.

La liturgia de la palabra, en este segundo domingo de cuaresma, nos ha presentado tres grandes revelaciones: La revelación de la fidelidad de Dios al hombre en la persona de Abraham, narrada hermosamente en el libro del Génesis; la revelación del destino glorioso del hombre que se nos manifiesta en Cristo, quien "transfigurará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante al suyo", según el mensaje de San Pablo a los Filipenses y finalmente, en la Transfiguración, la revelación de la divinidad de Cristo, hecha por el Padre, que nos dice: "éste es mi Hijo, mi escogido, escúchenlo".
En la primera lectura hemos visto a Abraham caminar en la oscuridad de la fe. La promesa de Dios de una gran descendencia parece un sueño que no tiene ningún fundamento en la realidad de su vejez y la esterilidad de Sara su mujer. En esa aventura de la fe Dios se le revela con un gesto simbólico: "Mira el cielo y cuenta las estrellas, si puedes... Así será tu descendencia". "Abraham creyó lo que el Señor le decía y, por esa fe, el Señor lo tuvo por justo". Entonces Dios confirma solemnemente su alianza y compromiso con Abraham, por medio de una revelación nocturna al más puro estilo oriental, pasando por entre aquellos animales partidos.

En la segunda lectura San Pablo nos recuerda que nuestra verdadera patria está en el cielo y que Cristo Jesús un día transfigurará nuestro cuerpo mortal a semejanza del suyo. Para el apóstol de los gentiles la transfiguración no sólo fue un acontecimiento que se dio en Cristo, sino que es un signo y una profecía de aquello que nos sucederá a nosotros, es decir, que aquello que se realizó en nuestra Cabeza, Cristo Jesús, se completará en nosotros que somos su cuerpo: no sólo completando en nosotros lo que le faltó a la pasión de Cristo, sino también resucitando con Él. Para esto es decisivo y necesario entrar a la pasión y no vivir "como enemigos de la cruz de Cristo", teniendo al vientre como dios y enorgulleciéndonos de lo que deberíamos avergonzarnos.

En el evangelio hemos escuchado la máxima revelación que Dios ha hecho al hombre: Dios se revela en Cristo. En la humanidad de Jesús está presente la gloria de Dios. Se nos revela la realidad profunda del misterio escondido en Jesús de Nazaret: Éste es el Hijo de Dios. En la humildad de la carne y de la muerte se esconde la presencia salvadora de Dios que libera al hombre por medio del Hijo-Siervo paciente. La transfiguración se convierte así en la gran revelación del misterio de Jesús y el descubrimiento total de su realidad a la cual somos invitados a entrar, como Abraham, "por la oscuridad luminosa de la fe", según expresión de Pascal.

Es fácil descubrir en los Evangelios que las grandes revelaciones que nos hace Jesús están relacionadas con los montes. Las Bienaventuranzas fueron pronunciadas en el Sermón de la Montaña, el domingo pasado vimos a Jesús victorioso de las tentaciones en el Monte de la Cuarentena, la pasión y la muerte tendrán lugar en el Monte Calvario, la Ascensión cerrará el ciclo de las revelaciones en el escenario del Monte Olivete, y hoy subimos al Monte Tabor para asistir a la gran revelación de la divinidad de Cristo y al anuncio de su resurrección después de subir a Jerusalén a padecer.

Es el Monte Tabor el marco de este acontecimiento de gloria, de poder divino, en la que Jesús se muestra resplandeciente y acompañado por Moisés y Elías, los dos grandes profetas del Antiguo Testamento. Y pareciera que esta escena no tiene nada que ver con el tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión y de arrepentimiento, de penitencia y de perdón. Pero el mismo evangelio nos da la clave para entender el sentido profundamente cuaresmal de la Transfiguración de Jesús: Moisés y Elías, nos dice el Evangelio, hablaban con Jesús "de la muerte que le esperaba en Jerusalén". Se acerca el día doloroso de la Pasión, sí, el día de la Redención de la humanidad, pero antes Cristo quiere dar a nuestra fe, a nuestra confianza en Él, la seguridad de su divinidad, la seguridad de su resurrección. El Cristo que días más tarde veremos colgar de la Cruz en un gesto de infinito amor a cada uno de nosotros, es el mismo Cristo que ahora resplandece, es el mismo Cristo que ha resucitado y a quien el Padre declara: "Éste es mi Hijo predilecto, escúchenlo".

El Evangelio de hoy comenzó diciéndonos: "En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes". Jesús no subió al monte para ser transfigurado; la Transfiguración, en cierto sentido, sólo fue un efecto de su oración, querido por el Padre. Mientras oraba, Jesús se fue transfigurando. Esto es un reclamo fuerte para todos nosotros. No hay revelación de Dios, no hay encuentro verdadero con Jesucristo vivo, si no hay oración, y oración como la que Jesús nos ha mostrado, la oración hecha con calma, en un tiempo y en un lugar aparte, en silencio y hecha con insistencia y con frecuencia. Junto al ayuno espiritual, a la escucha de la Palabra de Dios, la oración es el tercer ejercicio esencial para una fructuosa Cuaresma.

En la reciente visita que el Papa Francisco nos ha hecho, con palabras y con hechos simbolicos nos ha enseñado que no podemos ser verdaderos discipulos de Cristo si no oramos como Cristo nos enseñó. También nos insistió, para que nuestra fe sea viva, debe traducirse en compromisos concretos con el Señor que nos ha llamado, solo asi será una fe como la de abraham nuestro padre. Vino el Papa Francisco, y asi lo afirmó expresamente, como peregrino para descubrirnos a todos que somos peregrinos en camino hacia la Patria definitiva hacia el Santuario donde Dios mora. Un peregrino necesitado continuamente de la misericordia del Señor.

Hoy hemos escuchado al Hijo amado del Padre, hoy lo hemos contemplado transfigurado revelándonos su divinidad y profetizándonos su resurrección, hoy hemos contemplado la fidelidad de Dios y la respuesta de fe de Abraham, hoy se nos ha anunciado lo que seremos, ciudadanos del cielo, transformados a semejanza de Cristo. Para que esto sea una realidad participemos de la transfiguración eucarística de Jesús, y comamos su cuerpo y bebamos su sangre para transformarnos en él. Miremos a Cristo transfigurado en los hombres, sobre todo en los más pobres y excluidos y ayudémosle en sus necesidades. Contemplemos a Jesús en los maestros de la Iglesia, y escuchemos su magisterio, seguros de que "el que a ustedes escucha a mí me escucha y el que a mí me escucha, escucha al Padre que me ha enviado". Miremos al Cristo transfigurado en la gloria del Tabor y preparémonos para "mirar al que traspasaron", colgado del madero.

 

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