Sin duda alguna el tema central de la Palabra de Dios que hoy se ha proclamado es la vocación, el llamado que Dios hace.

leer másXIII Domingo Ordinario, 26 de junio del 2016

  

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera Arzobispo Primado de México,
en la Catedral Metropolitana de México.

19 de Junio de 2016, XII Domingo del Tiempo Ordinario.

Es necesario e interesante hacer vivo y actual el diálogo que Jesús tuvo con sus discípulos hace veinte siglos. Lanzados como reporteros podríamos recoger muchas respuestas a la pregunta de Cristo: "¿Quién dice la gente que soy yo?" Para ser honestos deberíamos hacer un reportaje completo y decirle a Jesús la gran variedad de opiniones que hay sobre su persona y no sólo reflejarle una opinión, por cierta que esta sea. La personalidad de Jesús es compleja, muy rica, y no podemos reportear un sólo rasgo, por ejemplo el de la violencia, hoy tan de moda, porque eso sería mutilarlo. A juzgar por ciertos pasajes que nos han conservado los evangelios, como cuando echa a los vendedores del templo o reprocha la hipocresía de los fariseos, la gente podría pensar que Jesús es violento, pero sería caricaturesco y falto a la verdad presentarlo como un líder de la violencia.

Siempre que Jesús emplea la violencia, lo hace, no contra las personas, sino contra las miserias que rebajan a esas personas, para conseguir su bien. Como el maestro que reprende al alumno indisciplinado, no con ánimo de humillarle, sino de formarle. Como la madre que es exigente con sus hijos, no para hacerles mal, sino precisamente porque los quiere y quiere su crecimiento. Jesús no habla ni actúa contra los ricos, los vendedores o los fariseos, movido por el odio o el rencor, sino por el amor que les tiene y buscando su salvación.

Si queremos dar una respuesta adecuada a la pregunta de Jesús: “¿Quién dice la gente que soy yo?” tenemos que aceptar que Jesucristo no es catalogable o definible con una sola etiqueta o con un solo título por importante que este sea. Si decimos que para algunos Jesús es el profeta del Reino de Dios, tendremos que añadir que para otros es el legislador de la nueva alianza. Si algunos lo consideran como un maestro, hay que clarificar que no es un maestro entre otros muchos, sino, “el Maestro”. Si sus seguidores lo reconocen como Mesías o Cristo, hay que entender esto no con el esquema mental de sus contemporáneos, sino con la originalidad con la que él realizó esta misión. Si en algunos ambientes se le reconoce como un filósofo con una doctrina excepcional, hay que decir que los que lo escucharon reconocieron en él mas bien a un pastor práctico que supo encarnar la buena nueva en la vida de todos los días. Si alguien le reconoce cualidades de sociólogo religioso, tendremos que completar diciendo que fue un reformador del hombre. Si para algunos fue un líder político, debemos añadir que es líder porque es capaz de convertir el corazón del hombre, donde se fraguan todos los egoísmos y los altruismos, que luego repercuten en las estructuras sociales.

Si es fascinante investigar quién dice la gente que es Cristo, mucho más trascendente es responder a la segunda pregunta que hoy ha hecho Jesús a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Pedro, a nombre de los demás discípulos, a nombre de toda la Iglesia, dio una respuesta: “Tú eres el Mesías de Dios”. Pero esta respuesta de Pedro no nos dispensa de dar nuestra respuesta personal, ya que nuestra fe ciertamente tiene un aspecto social o comunitario, pero también tiene un aspecto individual o personal.

En esta respuesta personal que debemos darle a Cristo ojalá y no nos perdamos en el mosaico multicolor de su riqueza infinita, quedándonos en los detalles, en lo accidental. Para no errar en la respuesta veamos qué es lo que explica todo en su vida, veamos cuál es la característica de todo su ser y actuar y descubriremos lo mismo que sus discípulos descubrieron: que Jesús es Amor. Porque tanto amó Dios al mundo que nos envió a su propio Hijo. Porque Jesús tanto amó a los suyos que los amó hasta el extremo. Porque incluso cuando Jesús saca el látigo de sus palabras enérgicas, lo hace con la intención bienhechora de quien desea no herir, sino curar. Este es el Cristo verdadero: el que vino a traer fuego a la tierra, no como un coctel molotov para lanzarlo contra los demás, sino el amor de su corazón para que prendiera en nosotros sus discípulos y lo contagiáramos a todos los hombres. Por eso quiso dejar como foto final de su vida un corazón traspasado por la lanza, para que en él encontráramos el secreto de su personalidad.

Nadie que lea con atención los evangelios puede pasar por alto que Jesús tiene como centro de su vida a su Padre, hasta tal punto, que llega a reprender a Felipe cuando le pide que les muestre al Padre de quien tanto habla: “Felipe el que me ve a mí, ve al Padre”. La conciencia de la presencia del Padre es tan profunda en Jesús que llega a exclamar que “el Padre está en mi”, “el Padre y yo somos una misma cosa”. Por esto pasaba las noches enteras en diálogo con su Padre y exclamaba que su alimento era hacer la voluntad de su Padre que lo envió. San Mateo nos ha dejado una página hermosísima de esta relación de Jesús con su Padre: “Yo te bendigo, Padre mío, Señor del cielo y de la tierra: porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños y sencillos. Sí Padre mío, porque así te ha parecido bien. Todas las cosas me las ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni conoce nadie al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo revelare”. Cuando lleguemos a descubrir a Jesucristo como el Hijo de Dios, descubriremos la gran novedad del Cristianismo y descubriremos nuestra grandeza y el porqué podemos llamar a Dios, “Padre nuestro”. Ojalá un día podamos darle una respuesta diciéndole con convicción personal: “tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”.

Y ya que nos hemos asomado a la relación que hay entre Cristo y su Padre y nuestro Padre Celestial, descendamos a descubrir y a valorar la paternidad humana, en este día en que la sociedad celebra el día del padre. Trasmitir la vida humana es participar del poder creador de Dios. Engendrar a un hijo o a una hija es un acto sublime, misterioso y trascendente, por el cual se trae a este mundo a una persona nueva, singular, única e irrepetible, la cual debe ser acompañada en su crecimiento con amor y responsabilidad. Agradezcamos a Dios la vida que nos ha dado a través de nuestros padres, y agradezcamos también a nuestros papás el amor y el cariño que nos han dado, agradezcamos todos los trabajos y sacrificios que han hecho para hacernos crecer y correspondamos con obras concretas al cariño que de ellos hemos recibido.

El domingo pasado, un servidor y nuestra Arquidiócesis de México fuimos los primeros en emitir un comunicado en el que de manera firme condenamos el demencial atentado cometido en Orlando donde perdieron la vida 50 personas inocentes, seguimos orando y lo seguiremos haciendo por el eterno descanso de las víctimas, por la recuperación de los heridos y por el consuelo para sus familias.

Reitero que la fe en Jesús nos invita a dar la vida, incluso a ofrendarla en el martirio, pero jamás a quitarla a nadie, Jesús denunció y nos llama a denunciar el pecado, pero nunca a odiar a los pecadores, incluso, el Señor nos dice que si queremos ser perfectos, debemos amar a los que nos odian, a no devolver mal por mal, a amar a nuestros enemigos y a rezar por ellos. Defender nuestra fe y nuestros principios, como el matrimonio natural entre un hombre y una mujer, o el derecho de los niños, no es odiar, ni discriminar, ni perseguir a nadie, usar el lenguaje de la Sagrada Escritura para llamar mal al mal y pecado al pecado no es un lenguaje de odio, pues si realmente amamos a alguien tenemos que decirle la verdad, nadie ama realmente disimulando la verdad y usando la mentira. No debemos olvidar que todos somos hijos de Dios, que tenemos una dignidad única, la Iglesia no odia a nadie, la Iglesia tiene innumerables enemigos, pero ella no es enemiga de nadie, y la voluntad de la Iglesia no es la de condenar a nadie, sino que es la misma de Jesús, que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Quiero honrar la memoria de mi amigo, recién fallecido, el Filósofo de Güemes, cito: “Lo que no es parejo es Chipotudo”. Versión de lo que dijo otro más amigo de los dos, Jesucristo: “No hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti”. No pidamos, exijamos, el respeto y la tolerancia que con todo derecho los demás nos piden y exigen.

 

En pocos años se ha dado una profunda transformación en muchos cristianos en cuanto a su concepción religiosa y moral.

leer másXI domingo ordinario, 12 de junio del 2016
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