I Domingo del Tiempo de Cuaresma y día de la Familia, 5 de Marzo del 2017

 Estimados hermanos en el Señor, sobre todo hoy me dirijo a los matrimonios y familias de nuestra Iglesia en la Ciudad de México:

 

Homilía pronunciada por el Sr. Cardenal Norberto Rivera C.,
Arzobispo Primado de México, en la Catedral Metropolitana de México.

5 de Marzo del 2017.
I Domingo del Tiempo de Cuaresma y día de la Familia.

Estimados hermanos en el Señor, sobre todo hoy me dirijo a los matrimonios y familias de nuestra Iglesia en la Ciudad de México:

Este domingo celebramos el “Día de la Familia”, y con él también quiero dar oficialmente el “banderazo” de arranque al “Mes de la Familia”, al que he querido convocar a toda la Iglesia que peregrina en la Ciudad de México. Para lo cual, por medio de la Comisión de Pastoral Familiar, hemos preparado un subsidio -el cual ya se ha entregado a los párrocos hace algunas semanas, pero que hoy entregaré simbólicamente a los matrimonios delegados de la Pastoral Familiar en cada Vicaría de nuestra Arquidiócesis- de cara a la preparación y vivencia de este periodo dedicado especialmente a la “célula fundamental de la sociedad y de la Iglesia” -como ya la definía el Concilio Vaticano II, lo cual los Papas posteriores a éste no se han cansado de recordar y ampliar constantemente y de muchas y distintas maneras-, que es precisamente la familia.

Por ello queremos dedicar nuestra homilía dominical a esta realidad sagrada, cuyo fundamento es la unión del hombre y la mujer con amor total, exclusivo y fiel a lo largo de la vida.
Y me parece la liturgia de la Palabra de este primer domingo de Cuaresma viene muy a cuento con esta nuestra celebración de la familia, pues en la primera lectura, tomada del primer libro de la Biblia, y más en concreto del segundo capítulo del libro del Génesis -el cual refiere el segundo relato de la creación por parte de Dios- nos habla precisamente de cómo Dios, “después de haber creado el cielo y la tierra, tomó polvo del suelo y con él formó al hombre; le sopló en la nariz un aliento de vida, y el hombre comenzó a vivir” (Gen. 2). Después narrará el pasaje conocido del pecado original. El demonio, representado en forma de serpiente, tienta a la mujer, Eva, y ésta cae en el engaño. Comió el fruto del árbol prohibido, pues “era agradable a la vista y codiciable, además, para alcanzar la sabiduría”, y le dio a comer también a su marido, “pues estaba junto a ella” (Gen. 3).

Ya desde el inicio, la Palabra de Dios deja en claro esas dos grandes verdades: Por una parte, Dios es Creador y crea al hombre a su imagen y semejanza; por otra parte, el hombre es débil y pecador. Y por eso fue necesario que Dios Padre enviara a su propio Hijo para salvarnos, para perdonar los pecados del mundo, de cada uno de nosotros y de todos los hombres, y abrirnos las puertas del cielo, concediéndonos la gracia de la reconciliación con Dios y entre nosotros, el amor y la paz. Es por eso que san Pablo, en la segunda lectura que escuchábamos, nos recuerda esa gran verdad, pero afirmando que “si por el delito de un solo hombre reinó la muerte, ¡con cuánta más razón los que reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia reinarán en la vida por uno solo, Jesucristo!” (Rom. 5). Y añadía que así “como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo procura para todos los hombres la justificación, que da la vida” (Ibid). Y el nexo de ambas lecturas y realidades teológicas lo constituye el estribillo del salmo responsorial que hace poco recitábamos: “Misericordia, Señor, hemos pecado” (Sal. 50). Y es que, como nos recuerda con tanta frecuencia el Papa Francisco, la esencia misma de Dios es la misericordia; no sólo da misericordia, sino que Es Él mismo la Misericordia. Por eso el profeta David clama a Dios el perdón, pues sabe que en Dios hay una “inmensa compasión y misericordia”; y por eso le pide: “Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas” (Ibid.).

Por tanto, la Palabra de Dios nos habla hoy de la vida natural, biológica, obra de la fuerza creadora de Dios, y de la vida sobrenatural, que es la vida de la gracia santificante en el alma, que instaura en el ser del hombre la misma vida de Dios, la vida divina que se da dentro de la Santísima Trinidad, gracias al misterio Pascual de Cristo, que es el rostro mismo de la Misericordia; gracias a Su Encarnación, Vida, Pasión, Muerte y Resurrección y Ascensión gloriosa a los cielos. Y finalmente, en el Evangelio, llamado de “las tentaciones de Cristo”, el evangelista Mateo nos dice que “Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentando por el demonio”. Y señala que después de ayunar “cuarenta días y cuarenta noches”, finalmente el Señor “tuvo hambre”. Y es entonces que “el tentador” se le acercó para tentarlo, efectivamente, tres veces. La primera tentación tiene que ver con el hambre, y por lo tanto la incitación del maligno buscaba que Jesús convirtiera una piedras en panes; en un segundo momento el diablo proponía al Maestro que se tirara “desde la parte más alta del templo”, y así “probar” que Dios Padre enviaría a sus ángeles para “cuidarlo y tomarlo en sus manos” –es decir para “cacharlo”, diríamos en lenguaje coloquial; finalmente, satanás pretende hacer caer a Nuestro Señor en la soberbia, pues le ofrece darle todos los reinos del mundo “desde un monte muy alto”, desde el cual “le hizo ver la grandeza” de cuanto contemplaba. Es interesante ver cómo el demonio utiliza citas de la Escritura para lograr su cometido; sin embargo, Jesús no cayó en la trampa, y en cada caso responde citando también la Palabra de Dios.

Ahora bien, como decimos, nos parece que las lecturas que hoy ofrece la Iglesia a nuestra meditación se aplican perfectamente a la temática que hemos elegido y que proponemos al pueblo de Dios en la Arquidiócesis, y más específicamente a los matrimonios y familias, con el subsidio que hoy presentamos: “Matrimonio y familia: camino de amor y comunión sobrenatural”, y que versa precisamente sobre la “espiritualidad matrimonial y familiar”, título del último capítulo de la Exhortación del Papa Francisco, Amoris Laetitia. Quizás es en el ámbito de la espiritualidad donde está la verdadera solución a tantos problemas y retos de hoy que a todo lo largo del documento se han expuesto. Porque lo que hay que recuperar, sanar, y quizás a “reconstruir” es la inteligencia, la voluntad y el corazón de los hombres, y entre éstos también están los cristianos, los católicos. Por ende, no se trata de “interpretar” -como se dice tanto hoy-, ni mucho menos de “adaptarse”, y ya no se diga “alterar” o de plano “cambiar” la doctrina perenne de la Iglesia, que no es sino la enseñanza permanente del Evangelio, de la Tradición y del Magisterio constante de la Iglesia, máxime cuando se trata de realidades esenciales y sagradas como la familia y el matrimonio, sobre el cual se funda aquélla, que es, cuando se trata de la familia cristiana, “pequeña iglesia doméstica”, y por ende base también de la Iglesia y de su ser fermento de fe, de amor y esperanza, de paz y  justicia en el mundo. Por eso nos atrevemos a afirmar que, en el fondo, el último capítulo de la Amoris Laetitia es mucho más que una manera más o menos bella y espiritual de concluir un documento que, por otra parte, ha tocado temas sí bellos y profundos, pero también otros nada fáciles de enfrentar y darles una solución pastoral que no desdijera de la doctrina. Por el contrario, más bien creemos que, al hablar de “espiritualidad de la vida matrimonial y familiar” al final de la Exhortación, lo que se pretende en realidad es señalar esta dimensión profunda de dichas instituciones naturales y divinas como el fruto real del documento, con lo cual precisamente éste ha querido culminar todo su análisis, meditación y proponer también algunas líneas de acción pastoral.

El subsidio cuenta con una breve introducción, la cual recuerda lo que la misma Amoris Laetitia afirma sobre el hecho de que existe una verdadera y auténtica espiritualidad específica del matrimonio cristiano y de la familia cristiana del cual aquél es base y fundamento.

En primer lugar, se nos hablar de cómo el misterio de la “inhabitación de la Santísima Trinidad” en el alma, que es una realidad en el alma de todo bautizado, tiene una concreción muy específica en el caso de la “comunión matrimonial”. En ésta los matrimonios católicos dan gloria a Dios de manera muy particular. Y por ello la Amoris Laetitia dirá que “la espiritualidad matrimonial es una espiritualidad del vínculo habitado por el amor divino”. Es decir, el sacramento realmente añade una dimensión sobrenatural, divina, al matrimonio natural.

Después, en un segundo momento se hablará de la vida de oración, en donde se dirá que “si la familia logra concentrarse en Cristo, él unifica e ilumina toda la vida familiar”. ¡Qué gran verdad!, pues cuando falta un principio unificador en la vida de todo individuo, pero también en la de la familia, se corre el riesgo que las preocupaciones diarias de la vida hagan que se disperse la persona, como también la familia, al mismo tiempo que se puede perder fácilmente de vista lo esencial.
El tercer apartado del capítulo se centra en el matrimonio en cuanto tal, al hablar de una “espiritualidad del amor exclusivo y libre”. En ese sentido se hablará de cómo en el matrimonio se vive también “el sentido de pertenecer por completo sólo a una persona”. Y es interesante que se hable de “sentido” y de “pertenencia”, pues en realidad son conceptos que, en el caso del matrimonio, se implican en uno al otro, ya que el “sentido” profundo y pleno del matrimonio es la “pertenencia” al otro; y sólo en la pertenencia total al otro se encuentra el sentido de la propia vida.

Finalmente, la última parte del capítulo y del documento se centrará en la dimensión apostólica del matrimonio cristiano y la familia cristiana. Para ello lo primero es considerar dichas realidades desde la fe, recordando que cada cristiano, por el mero hecho de ser bautizado, es un apóstol para su prójimo, comenzando por sus más próximos, es decir su familia. Y en ese sentido se citará aquí el decreto sobre el apostolado de los laicos del Concilio Vaticano II, cuando dice que “los esposos cristianos son mutuamente para sí, para sus hijos y para los restantes familiares, cooperadores de la gracia y testigos de la fe” (Apostolicam Actuositatem, n. 11).

Pidamos a Dios Nuestro Señor, por medio de la Virgen de Guadalupe, Madre del Dios por Quien se vive, que con estos sentimientos y actitudes vivamos este mes de la familia, viviendo de verdad una “espiritualidad matrimonial y familiar” verdaderamente cristianas, es decir aprendiendo a creer, a esperar y sobre todo a amar más y mejor. Así sea.

 

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